Un misterio incomprensible

“El problema es que, como la vacuna es estatal y rusa, ustedes no le dan crédito”.

a conversación sucedía entre dos periodistas que ni siquiera son analistas políticos. Hablaban en la radio, cómo podrían hablar en un café, sobre la “Sputnik”, la vacuna rusa que, sincronizadamente, había sido ese día tapa de Página 12 y Crónica (¡oh, casualidad!).

Increíblemente, al día siguiente Fernández anunciaba que, en un laboratorio británico, la Argentina produciría la vacuna de Oxford. Pero eso dará, quizás, para otro comentario.

El punto aquí es que el periodista que observaba lo que anotamos al inicio de esta columna, estaba dando en el blanco, quizás sin querer, de una increíble curiosidad.


Porque, en efecto, hay un mundo dividido entre los partidarios del Estado y los partidarios de la sociedad libre.

Quizás en la Argentina, aunque desbalanceada, esa división sea más notoria aún.

Y es perfectamente coherente que haya ciudadanos privados, contribuyentes agobiados por impuestos confiscatorios, trabajadores cansados de una expoliación constante que defiendan la sociedad libre. Que quieran desembarazarse del peso de una estructura elefantiásica que no hace otra cosa que aplastarlos.

Lo que resulta un misterio es que haya ciudadanos privados, contribuyentes abnegados, trabajadores honestos que defiendan una estructura de opresión, de privilegios para unos pocos y de dominación de las iniciativas libres del individuo.

Porque el “Estado” -al menos en la Argentina- hace rato que dejó de ser aquella organización institucional limitada creada para velar por la vigencia de los derechos civiles y para garantizar las libertades públicas.
Hace mucho tiempo que el “Estado” fue cooptado por un conjunto de vivos se dio cuenta que estaba enfrente de un extraordinario negocio personal si lograba vender el verso de venir a cuidar a todo el mundo al tiempo que se adueñaba de esos sillones privilegiados que significaban millones de dólares. Literalmente.

Cuando lograron su cometido, es decir, convencer a millones de idiotas útiles de que ellos estaban allí para salvar a los pobres, era obvio que debían alinearse con otras mentiras similares en el orden internacional y, al mismo tiempo, hablar pestes de las organizaciones sociales que significaban su opuesto, sus antípodas.

Durante la guerra fría esa división (muy idiota) estuvo marcada por el respaldo a la URSS como expresión máxima del enamoramiento del Estado.
Con su humillante desmoronamiento hoy esa opción resentida de la vida se alinea con China y con Rusia, dos autocracias repugnantes donde el pueblo vive vigilado y sometido por una corte de privilegiados que simulan la nobleza medieval.

Cualquier cosa con tal de no admitir la superioridad moral y práctica de la sociedad libre.

Pero aquí, lo curioso, es que semejante organización social sea defendida por un ciudadano que debe sostener con su dinero y con su libertad a ese conjunto de sátrapas. Yo entiendo que la cofradía de privilegiados que, sin trabajar, vive como reyes a expensas de la sociedad, defienda al “Estado” como centro social porque eso es como defenderse a sí mismos. Sin un grupo de vivos que solo piensa en sus bolsillos, no habría latrocinio y la idea original de una estructura que provea a la administración general y proteja los derechos renacería.

Es más, desde la lógica más fría también entiendo a los que aspiran a entrar a ese círculo de la nomenklatura gobernante que es una verdadera casta desigual, porque de ese modo tendían su vida resuelta… para siempre.

Lo que no entiendo, siguiendo esa racionalidad lógica, es que un ciudadano normal que ve lo desigual que es frente a aquellos, que ve cómo viven ellos y cómo vive él, que ve cómo la ley impacta diferente en él y en ellos, que ve cómo ellos viven seguros mientras la vida propia pende de un hilo, que ve cómo aquellos acceden a un estándar de vida (viajes, ropa, casas, autos, empresas, propiedades en el exterior) que él nunca alcanzará (viviendo, precisamente, bajo ese sistema) defienda ese tipo de organización social y crea que alguna vez él verá algún beneficio por vivir bajo esas normas. Sencillamente no lo entiendo. Es como patear en contra del arco propio.

En estos días circuló por las redes un vídeo de la quinta de Olivos con una cola de ómnibus en la puerta y algunos vehículos de catering.

La gente estalló indignada porque los mismos que salen por la televisión notificándote decretos que te prohíben ver a tus hijos, se reúnen con comilonas incluidas, en casas del Estado mantenidas con el aporte impositivo de los ciudadanos.

¿Pero de qué se extrañan me pregunto yo? ¿No entendieron aún que ellos son diferentes a nosotros? Viven chupándonos la sangre bajo el verso de la justicia social y se dan la gran vida mientras la sociedad se hunde en la pobreza.

Por eso sigo sin entender cómo los imbéciles que financian con su esfuerzo toda esa gran desigualdad se pongan de su lado, comiéndose el caramelito de que en realidad están defendiendo un sistema social basado en la supremacía del Estado.

¿No se dieron cuenta aún que “la supremacía del Estado” es, en realidad, la supremacía de ellos y que encima la pagamos nosotros? ¡Y solo recibiendo órdenes y rebencazos e impuestos a cambio!

Esta impostura resulta francamente increíble. En la más pura de las teorías, aplicando la lógica pura y la racionalidad más fría, no debería haber, entre los ciudadanos privados, un solo defensor de la organización social estatal.
Solo podría entenderse, bajo ese sentido lógico, a aquellos que aspiran a trepar a ese escalón desigual que da la pertenencia al Estado, en cualquiera de sus formas. Pero que ciudadanos rasos, pagadores de impuestos, trabajadores honestos y normales, defiendan un tipo de organización social que no pone a la sociedad libre en su centro sino al Estado (es decir a un conjunto de delincuentes que lo copó) es lisa y llanamente incomprensible.
Tiene que haber mucho resentimiento anidado en el fondo de esos corazones para estar dispuestos a permitirle a una banda criminal la desigualdad legal que otorga el Estado y sus privilegios y no admitir la desigualdad que proviene del ejercicio libre de los derechos individuales.

Privilegiar una organización estatista (al precio de permitir la formación de una nomenklatura medieval con acceso a privilegios que yo nunca voy a alcanzar) por sobre la vigencia de una sociedad libre (en donde efectivamente mi vecino puede progresar más que yo) para evitar, justamente, que un par mío me supere, es estar enfermo; es padecer de un envidia interior que justamente hace posible que se sostengan las mas inexplicables preferencias.

Hace mucho tiempo que el Estado, esa creación liberal destinada a proteger derechos, dejó de ser eso para convertirse en una guarida de facinerosos que logró convencer a un conjunto de idiotas envidiosos que la igualdad consiste en no permitir que nadie sobresalga en la sociedad civil; que toda diferencia sea reputada como injusta.

Cómo han logrado convencer a esas masas resentidas que la desigualdad de ellos no es “desigualdad” sino la compensación por un “servicio a la patria”, pero que la desigualdad que Juan logró sobre Pedro porque trabajó más, porque se esforzó más, porque estudió más, porque fue más creativo sí es un crimen de lesa humanidad es todo un misterio moderno.


Cómo un hombre libre, ciudadano común, pagador de impuestos, puede defender a esta manga de delincuentes bajo el sofisma de defender un tipo de organización social en donde la “economía es manejada por el Estado” es un enigma insondable que me supera.

Cómo, en aras de imponer ese resentimiento, se puede venerar a totalitarios salvajes como Putin o la nomenklatura china, también está más allá de mi entendimiento.

Pero, bueno, ya se sabe que las pasiones más bajas del ser humano son generalmente las que terminan matándolo.

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