Queda prohibido reírse

Hasta que un día prohibieron que nos riamos… Ya sé que es una metáfora. Ya sé que es una exageración (por ahora). Ya sé que es un giro permitido por el vuelo de la escritura. Pero ya se rompió ese primer velo de protección consistente, simplemente, en que las palabras no se digan. Y se dijeron: el gobierno sugirió que no nos riamos en lugares cerrados; que no cantemos y que no hablemos fuerte.

El mundo de las alegorías se abrió como una flor, una vez que ese paso fue dado. Hasta ahora la invasión del Estado a los círculos más íntimos de las personas había tenido -cómo no- otras expresiones. Pero es la primera vez que cruza los límites del absurdo.


El Estado insinuó perseguir a la gente con una jeringa por la calle para someterla a análisis de sangre forzosos, hizo desaparecer personas por una supuesta violación de la cuarentena, como los casos de Astudillo Castro y Espinoza, escrachó a ciudadanos por cadena nacional, se metió en la privacidad económica de todos con miles de regulaciones inconstitucionales.

Pero es la primera vez que insinúa prohibir la risa. La intromisión en esos pliegues últimos de la dignidad personal denota la creencia en un modelo de país, en una concepción del mundo.

Los jerarcas del actual gobierno efectivamente pertenecen a una cosmovisión que tiene a la casta burocrática que se enquista en el Estado como una suerte de minoría calificada y superior que, por ese solo hecho, tiene abierta la vía para intervenir en los aspectos más cotidianos y espontáneos de nuestra vida.

Y no acepto aquí la excusa que durante estos meses viene justificando todo: “¡Y qué querés, es por la pandemia!” La pandemia, las pelotas. La pandemia no es más que un expediente que les ha venido como anillo al dedo para que la sociedad naturalice comportamientos totalitarios inaceptables.

Por la propagación de un terror mediático inconcebible -alimentado desde el gobierno- se ha horadado la mente de las personas para que, por miedo, estén completamente a la defensiva y listas para aceptar poco menos que cualquier cosa, tanto en materia de ampliaciones inaceptables del poder como el consiguiente achicamiento de los derechos civiles, la libertades públicas y las garantías constitucionales.

Este paso gradual, sin prisa y sin pausa es monocorde. Siempre lleva el mismo ritmo de increscendo. Por eso muchos no lo notan. Hoy es un poquito; mañana otro poquito. Al cabo de un mes nuestra libertad se vio reducida sin mosqueos, sin protestas, hasta tal vez con algún apoyo, comprensión y justificación.

El movimiento siempre es ascendente, aun cuando la curva de contagios demuestra que el plan del gobierno (si es que alguna vez lo tuvo) es un completo fracaso.

Sobre un total de 215 países, la Argentina está 11ma en casos totales, 4ta en nuevos casos, 18va en muertos totales, 6ta en nuevas muertes, 10ma en casos aún activos, 7ma en casos críticos, 32da en casos por habitantes, 36ta en muertos por habitantes, 124 en tests por habitante y entre los primeros lugares en caída del PIB. Todo un enorme fiasco.

Pero, ahora, el gobierno sugiere que no podemos reírnos en ambientes cerrados. Señores, los que son una risa (si es que no condujeran al país a una lágrima) son ustedes; sus desvaríos totalitarios ya no tienen límites. Es más, no sé cómo cuando alguien apareció con la idea de sugerir no reírse en lugares cerrados, no salió alguien a pararlo en seco: “No maestro, aunque sea por decoro, no podemos decir eso”. Pero no tuvieron ese dique de contención y lo dijeron.

Lo dijeron porque están desbocados. Realmente creen que pueden manejar la vida de la gente como si ustedes fueran unos titiriteros y la gente unas simples marionetas. Lo llevan en la sangre; la cultura totalitaria que absorbieron toda la vida los dirige a eso imperceptiblemente; para ustedes es natural, es lo que corresponde; ustedes son los dioses, la gente una pobre estúpida.


Y lo más lamentable de todo esto es que la gente, bombardeada por décadas con esa línea de ideas, ha terminado por creer que, efectivamente, no puede hacer nada por sí misma si no es con la inconmensurable ayuda del Estado o, para mejor decir, con los jerarcas que se sientan en sus sillones, sin cuya participación su vida sería una verdadera mierda.

Si no hay una reacción contundente frente a esto, el avance gradual, progresivo y pertinaz del totalitarismo continuará hasta que efectivamente haya un agente estatal que verifique si nos hemos reído más de lo que la autoridad permite… Para terminar en la cárcel si hemos superado el límite tolerado.

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