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Los secretos del idioma, el presidente, la vicepresidente y el éxodo

El idioma español se caracteriza por lo pródigo en giros y palabras que suele ser cuando quiere entregar herramientas para describir una acción, una imagen o un lugar. Es florido y barroco y, aunque otros lo superen largamente en practicidad y precisión, el español es amable en la abundancia y no se sonroja cuando ocupa más renglones que otro para decir lo mismo.

Pero hay veces que hasta la propia lengua de Cervantes se da cuenta de que en su amplio abanico de expresiones y palabras no alcanzan para describir lo que ven los ojos; para transmitirle a un oyente ausente lo que se ha visto en un determinado lugar.


En esos casos, el propio idioma resuelve el problema reservando un término para confesar su propia estrechez y su propia impotencia para explicar lo que ha ocurrido. Esa palabra es la palabra “incalificable”. Cuando el idioma sugiere echar mano a su uso es porque admite su incapacidad para conformar a quien debe contar lo sucedido: “no hay calificación, dentro de mis palabras y mis términos, para que yo pueda transmitirte con cabal plenitud lo que ha sucedido allí”, parecería decir cualquier interlocutor cuando usa la palabra “incalificable”.

Y el espectáculo que dio la vicepresidente el miércoles en Avellaneda frente al presidente y frente a todo el país fue incalificable. Si alguien nos persiguiera, bajo algún tipo de apercibimiento, con la obligación de encontrar, de todos modos, alguna palabra que se acerque lo más posible a la descripción de los hechos, deberíamos decir que lo que ocurrió allí fue patético.

Si algo le faltaba a la palabra y a la figura presidencial para caer en el más bajo de los conceptos, en la más embarrada de las consideraciones, era lo que pasó el miércoles en el acto de campaña del Frente de Todes, que, encima, fue pagado con el dinero de todos los contribuyentes.

Allí el presidente -que cada día transmite una imagen más lamentable desde lo físico- fue interrumpido varias veces por la vicepresidente que, con la cara de furia que muchas veces ocupa su rostro, asumió el protagonismo de la realidad, mostrándole a todos los que hasta ahora no se habían dado cuenta, que ella es la que manda.

Cuando el presidente intentaba explicar el impuesto a la inversión (mal llamado a la riqueza) la comandante de El Calafate lo interrumpió para anotar una de sus típicas sandeces de resentimiento, referida a las mayorías y las minorías. Al lacayo no le quedó otra alternativa más que cederle el micrófono para que se escuchara por los parlantes los sinsentidos que hasta ese momento aparecían en un segundo plano. Una vez que la comandante satisfizo su propio protagonismo, Fernández remató: “es así, es exactamente así, como dice Cristina”.

Qué decodificación hizo la sociedad de un país hiperpresidencialista como la Argentina de ese episodio, solo Dios lo sabe, pero, naturalmente, la figura de Fernández había sufrido otro revolcón en el fango.

No habían pasado más de tres minutos cuando el presidente necesitó tomar agua. Se acercó a un taburete donde descansaba una botella de agua mineral. Se disponía a destaparla cuando la vicepresidente le dijo: “no tomes de ahí”. Fernández, visiblemente sorprendido, respondió: “no, no, es mía la destapé yo recién” (creyendo, obviamente que Kirchner lo reconvenía por la higiene, en tiempos de pandemia). La comandante continuó: “pero queda horrible, no tomes de la botella”. Fernández, sin poder creer lo que le estaba pasando y en medio de una risa forzada, atinó a decir: “me reta, me reta…” Y enseguida agregó: “¿y a Máximo que le decís?”, como si reclamara una especie de justicia distributiva a la hora de dar consejos de estilo. “Ya se lo dije a él también”, respondió la comandante, mientras las cámaras enfocaban a su hijo, que no podía disimular el embarazo de sentirse un adolescente reprendido en público, por la mamá.

Si García Márquez buscara imágenes para agregar a la descripción de Macondo, en Cien Años de Soledad, no podría haber encontrado mejores ejemplos que en ese paso de vaudeville que los argentinos tuvieron que aguantar una vez más. Porque por cierto: esta puede haber sido una de las berretadas públicas más obscenas de los últimos tiempos, pero no ha sido la única desde que este conjunto de grasas asumió nuevamente el gobierno.

La pregunta es justamente esa: ¿la señora Fernández tiene estos arranques con el presidente que ella puso, a propósito, porque es una mal nacida, o porque no puede contener una personalidad mersa y carente de toda categoría?

Obviamente a esta altura poco importa. Mientras esta señora solo intenta salvar la estructura que le asegure 100 años de impunidad el país se cae a pedazos. La base monetaria actual acaba de tocar los 3 billones de pesos, creciendo desde diciembre de 2019 un 80%. La deuda cuasifiscal -que son los pasivos remunerados del BCRA (Leliq más pases)- acaba de tocar los 4 billones de pesos, creciendo, desde diciembre de 2019 un 265%.

El país no tiene moneda. Hasta el fútbol argentino queda fuera de toda competencia porque los jugadores quieren jugar en ligas donde los papelitos con los que les pagan tengan algún valor.

Las llamadas organizaciones sociales, muchas de las cuales son del palo de ellos, cortan la ciudad de Buenos Aires poco menos que todos los días en reclamo de “trabajo genuino”.


El problema es que el “trabajo genuino” (que entre paréntesis no son pocos los que dudan que lo quieran de verdad) es el fruto de las usinas que esos mismos personajes -junto con el gobierno que defienden y que ayudaron a ganar- asesinan todos los días con impuestos, gravámenes, costos impagables, legislación laboral fascista, trabas, persecuciones, estigmatizaciones… Es como si alguien reclamara huevos pero al mismo tiempo fuera un militante del asesinato de gallinas: no hay huevos sin gallinas, del mismo modo que no hay “trabajo genuino” sin inversores. La ecuación es tan evidente que quedan convalidadas las dudas sobre si de verdad quieren trabajar o si en realidad buscan consolidar un esquema en donde un grupo de esclavos trabaje para mantenerlos a ellos.

El éxodo de los mejores argentinos y de las empresas que dan trabajo no cesa. Es la respuesta de la realidad a los exabruptos, a los pases de comedia de mala muerte protagonizados enfrente de todos y a las decisiones de política económica e internacional que han situado a la Argentina al lado de los peores países de la Tierra.

Por Carlos Mira
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2 thoughts on “Los secretos del idioma, el presidente, la vicepresidente y el éxodo

  1. Alicia Zelada

    Y a esto agregaria que puede ser que algunos busquen trabajo genuino, pero lamentablemente muchos no estan preparados para eso, por que no solo destruyeron la economia sino que tambien destruyeron la educacion, factor fundamental para que el ser humano pueda realizarse, tambien el otro factor importantisimo es la alimentacion desde el momento que nacenos, sin buena alimentacion las neuronas no se desarrollan, si no hacemos algo pronto nuestro pais se muere!!!!!!!!!!!

  2. Jorge

    Es verdad ! Esta gente va a volver a ganar, nos hemos dormido y ellos han llevado un gran trabajo de destrucción de la educación, han roto los engranajes de la máquina y no hay materia prima para salir adelante. Si los chicos no terminan la secundaria, si los que terminan no comprenden un texto, que podemos hacer con ellos ? Que trabajo les podemos dar en el 2021? No hay salida, seremos un país más del narcotrafico Latinoamericano, con ricos y pobres ! Es muy triste, pero lo logramos, porque todos somos responsables.

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