Un plan para conseguir un objetivo

Estos son algunos de los titulares con los que amaneció la Argentina: “El oficialismo se quedó con el 80% de los juzgados que creó antes de aprobar la reforma judicial en el Senado”; “Frenaron en el Senado bonaerense un nuevo intento kirchnerista de liberar presos en forma masiva”;  “Tensión en Diputados: legisladores de Juntos por el Cambio irán al recinto para evitar que el Frente de Todos sesione en forma virtual”, “El almuerzo de Alberto Fernández y CFK: diferencias por Larreta y coincidencias en la Economía”; “Juntos por el Cambio quiere que Frederic explique en el Congreso su posición ante las tomas en Villa Mascardi”; “Coronavirus: Argentina ya está entre los 10 países con más contagios”; “Los tributaristas afirmaron que el impuesto a la riqueza generará una ola de juicios”; “Dólar: demoras y complicaciones para comprar divisas en el primer día hábil del mes”; “La prensa europea afirma que la extensa cuarentena argentina es un desastre.”


¿Qué clase de gobierno es este? ¿Qué perfil de país se está delineando en la Argentina? Si esto no es un gobierno que tiende a la imposición de un régimen de partido e idea única, de corte dictatorial, en donde se priorice la profundización de la pobreza y se fomente el pobrismo como forma indigna de dependencia del Estado, se le parece bastante.

La patota kirchnerista está avanzando sobre la justicia incluso antes de contar con la infausta reforma judicial que empuja. Los diques institucionales no alcanzan para contener la marabunta de una chusma que copa los lugares donde se decidirá la suerte de los derechos civiles.

La intención oficial es seguir sacando delincuentes peligrosos a la calle directamente en manada para que tengan vía libre para matar y robar a la sociedad trabajadora.

La pandilla legislativa del oficialismo amenaza con cerrar el Congreso para que no se pueda debatir presencialmente un proyecto que a su vez somete a una espada de Damocles la suerte de la honradez en la función pública y prepara el camino para que el robo y la corrupción del Tesoro no tenga consecuencias para los funcionarios mafiosos que perpetren el saqueo.

La comandante de El Calafate sigue presionando para declararle la guerra a la ciudad de Buenos Aires, buscando su empobrecimiento y decadencia, mientras Grabois dice que Macri es un enemigo con el que hay que confrontar hasta el final y con el que es un pecado dialogar.

La ministra de Seguridad asegura que el hecho de que un grupo de forajidos tome lo que no es suyo en el Sur por la vía de la fuerza y ejerciendo la violencia no es un tema de seguridad. No conforme con eso, sí intima y denuncia a los vecinos propietarios de Bariloche que intentaron manifestarse en contra de los facinerosos para defender sus derechos. La bandera mapuche flamea por sobre la argentina en la mente de la ministra, mientras el grupo de disfrazados subversivos se sale con la suya.

La Argentina es el ejemplo del fracaso mundial más ostensible en materia de coronavirus: hace seis meses que mantiene presa a su población con cientos de miles de argentinos fundidos y convertidos en pobres, habiendo perdido su negocio familiar de años, construido con el esfuerzo de generaciones de abuelos y padres bajo los principios de un país que permitía trabajar y que reconocía el trabajo como la forma digna de progresar en la vida y, sin embargo, ya se encuentra entre los diez países más contagiados del mundo. Si eso no es un ejemplo paradigmático de incompetencia y burrez, díganme qué es. Es posible, obviamente, que alguien perspicaz e inteligente me responda: “es la prueba del éxito del plan de utilizar la pandemia para acelerar los plazos que se habían puesto a sí mismos para convertir a todo el mundo en pobre”.

La Argentina es el único país del mundo que ha decidido castigar a sus emprendedores por encima del castigo del virus. La envidia y el resentimiento vio la oportunidad de echar mano una vez más al engañoso discurso demagógico para convencer a incautos de que era el momento de gravar a “los ricos” con un impuesto “solidario”. El único país que decidió pegarse un tiro en el pie.

Uruguay, aquí al lado, lo explicó muy bien por la boca de su presidente: “Ellos son los que pondrán al país en marcha nuevamente cuando todo esto termine… Si los desvalijamos ahora no tendrán esos recursos para impulsar la economía luego… Porque nadie se llame a engaño: son los particulares los que hacen que todos progresemos”.

Aquí, de la mano de Máximo Kirchner y del comunista Carlos Heller, se está por imponer ese gravamen cuya consecuencia menor serán los juicios que se avecinan: el peor efecto será robarle a la gente los recursos que podrían dedicar a la inversión.


Mientras tanto, más y más obstáculos se ponen para que la gente se cubra del desastre recurriendo a una moneda que vale. Es otro camino para dirigir a todos a una pobreza impuesta desde las alturas: la bota militar que te obliga a ser pobre condenándote a utilizar unos papeles pintados que el Banco Central imprime con menos rigor que el que se usaba para imprimir las historietas de Patoruzú.

Desde estas columnas siempre hablamos de un plan pensado y orquestado para conseguir un objetivo: el de gobernar despóticamente sobre un yermo pobre, enfermo y mal educado. Es el mismo plan que mantuvo a la Argentina recién independizada cruzada por la miseria durante casi medio siglo hasta que la modernidad de la Constitución la rescató de sus escombros.

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