La fascinación argentina por el fascismo

La tendencia fascista de la Argentina no sólo viene retroalimentada desde el peronismo en el poder.

Es más, podría decirse que esa tendencia del movimiento creado por Perón encuentra en las reacciones espontáneas y estomacales de los argentinos su mejor sustento.

Esas pulsiones están enraizadas en las más cotidianas conversaciones y opiniones que los argentinos vierten sin notarlo, de modo natural, en una amplísima gama de temas.El viernes un grupo de periodistas deportivos discutía las nuevas normas del enésimo período de la cuarentena más larga y más ineficiente del mundo.


Uno de ellos desde, La Plata, con tono de asombro, contaba que en la capital de la provincia habían empezado a regir las nuevas aperturas por las cuales la gente podía salir a tomar una cerveza con amigos en bares con mesas al aire libre. “Yo no considero esencial ir a tomar una cerveza con mis amigos a un bar… Se puede ir a un parque, a andar en bicicleta o salir a caminar… ¿Pero qué necesidad de ir a tomar una cerveza con amigos a un bar?”, continuaba con su mismo tono admonitorio el periodista.

Es increíble la inclinación fascista del argentino de pretender imponer su plan de vida al otro.

¿Quién sos vos para decirme lo que es “esencial” o no? ¿No te das cuenta que lo que opines vos me lo paso por las tumbas etruscas y tiene valor cero para mi? ¿Por qué no dejas que la gente viva la vida de acuerdo a sus decisiones? ¿Por qué no te ocupas vos de lo tuyo y dejas a la gente vivir en paz?

Ese espíritu inquisitivo de pretender imponer los pareceres propios sobre los demás es distintivamente fascista. Y es ese gen, argentino como pocos, el que usa y representa el peronismo para intentar imponerlo desde el gobierno.

¿Por qué no dejan a la gente vivir su vida como quiera? La respuesta a esa pregunta es porque el gobierno responde a los impulsos genéticos del pueblo. Y los impulsos genéticos de los argentinos son tal como lo describe el comentario de este periodista platense.

Todos se creen con derecho a trazar las líneas de vida de los demás. “¿Cómo vas a ir a tomar cerveza con tus amigos? Eso no es esencial”.

Los argentinos no pueden entender el concepto de la soberanía individual. No logran comprender la simplísima idea de que yo puedo no coincidir contigo y de que tú opinión, además de no interesarme en lo más mínimo, no tiene ningún peso por encima de la mía.

Si para vos es mejor salir a andar en bicicleta o a caminar, pues hacelo. Pero no pretendas imponerme esa conducta a mi que creo que es más importante ir a tomar una cerveza con mis amigos.

Esa petulancia intelectual que tienen los argentinos es la que luego se traduce en la soberbia fascista del peronismo.

Ese afán por imponer a otros el plan de vida propio es típico y distintivo también del peronismo que se cree con derecho a imponerle a los demás la concepción que ellos tienen de la vida, sin siquiera admitir que los demás tengas concepciones diferentes.

Este gen es de muy difícil eliminación. Salta espontáneo, nacido del estómago. Tampoco hay ninguna formación instructiva que tienda a bajar una línea para educar a la gente en la línea de respetar el plan de vida ajeno.

Es lo que los norteamericanos consideraron el tercer derecho inherente a la condición humana (junto a la vida y a la libertad): el derecho a perseguir la felicidad propia.

A tal punto ha sido importante eso para ellos que figura nada menos que en el documento que declara la Independencia del país.


En la Argentina, en cambio, ese respeto a las decisiones individuales de los demás está muy disminuido y cualquiera se cree con derecho a rotular y a juzgar la vida de los demás desde una imaginaria posición de preeminencia. Algo que el peronismo hace cotidianamente como parte de su plexo político.

Aquella imagen, dicha casi risueñamente, sobre la existencia de un “enano fascista” dentro de cada argentino es absolutamente cierta.

¡Y adivinen qué régimen tiene más posibilidades de prosperar en un país lleno de “enanos fascistas”! Si, si, claro adivinaron…

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