Aruba

En el prólogo de una vergüenza

El fiscal Fernando Domínguez, que interviene en el caso mediaticamente conocido como “Olivosgate”, aceptó la oferta del presidente de pagar 1.6 millones de pesos y la de su pareja de pagar 1.4 millones, para cerrar definitivamente la causa abierta como consecuencia de la violación  de la estricta cuarentena que el mismo presidente había establecido y con la cual había hecho alarde de guapo de pulpería, amenazando con meter presa a la gente que no la acatara.


Yo entiendo que en Derecho hay distintos puntos de vista y que uno puede valerse de tal o cual interpretación para sustentar el propio.

Pero no termino de entender qué tiene que ver el ofrecimiento de plata para extinguir la acción penal en un caso donde no hubo daño material alguno.

Porque, efectivamente, la gran repugnancia causada por ese caso, la enorme reprobación pública que merecidamente tuvo el presidente y el gobierno todo por un hecho que no se olvidará y que produjo un quiebre inlevantable en el Frente de Todos, no fue motivada por un daño medible en dinero. 

Fue provocada por la indignidad moral de andar, por un lado, amenazando por televisión a ciudadanos que se estaban fundiendo y que solo pedían trabajar y, por el otro, reuniéndose con sus amigos y con las amigas de su mujer en la casa que el pueblo le presta a los presidentes para que vivan mientras ejercen su mandato.

Si la ley permite que un delito tan ofensivo de la ética como éste pueda ser borrado de la faz de la Tierra por el poder del dinero, entonces la que está mal es la ley.

Una ofensa moral de la magnitud que tiene la que cometió el presidente no puede subsanarse por las posibilidades de un hombre con dinero que, con rollos de plata, le tapa la boca a los miles de familiares de otros tantos miles que morían mientras ellos festejaban.

Incluso visto el tema desde el punto de vista de la igualdad la cuestión es ofensiva: ¿no es acaso un atentado a la igualdad que un ciudadano común por un hecho igual vaya preso y el presidente que violó las disposiciones que él mismo firmaba arregle el entuerto con plata?

El Código Penal (y yo estoy muy lejos de ser un penalista) habla del resarcimiento económico que permite la extinción de la acción penal por la reparación completa del daño.

¿Cuál ha sido aquí el daño material que el presidente y su mujer se proponen reparar?

¿Que activo medible monetariamente se ha dañado aquí como para que el dinero del presidente y del de su mujer lo restauren a las formas que tenia en el segundo exactamente anterior al que la acción del presidente lo dañara?

Ninguno. La respuesta es: ninguno. Aquí no se ha dañado otro activo que no sea la moral y la ética que se le exigía rigurosamente a la ciudadanía.

Y ese quiebre no puede ser reparado con plata.

Es posible que en los patrones morales de Fernández todo se reduzca a tener dinero y a resolver todo a billetazo limpio. (Más allá, claro está, que luego se las den de defensores de los pobres y de únicos intérpretes legítimos de los que están peor).


El presidente se parece a los protagonistas de Ozark, que pretenden comprar con el dinero sucio de la droga la voluntad de todo cuanto personaje los amenace con un problema.

Habrá que ver si el juez Lino  Mirabelli homologa este pacto espurio. Pero aún si lo hace, Fernández no podrá borrar jamás el oprobio de haber engañado a un pueblo al que amenazaba con los modales de un taita y al que defraudó con las acciones de un sinvergüenza.

Por Carlos Mira
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