Elecciones en EEUU y la Argentina

Recién hoy, el día mismo de la elección en los EEUU, el tema llegó a las primeras planas de los diarios argentinos, marcando una clara diferencia con el tratamiento que el resto de la región le dio al acontecimiento que hace varias semanas ocupa un lugar de privilegio en las noticias.

Recientes investigaciones arrojan que  mientras casi la mitad de los argentinos encuestados creen que la elección norteamericana tiene un impacto grande en la Argentina, solo 3 de cada 10 argentinos se muestran interesados en su seguimiento: otro de los clásicos misterios del país, no le interesa lo que considera importante.

La Argentina siempre ha tenido esta relación de tensión con los EEUU derivada de varios factores históricos. En primer lugar, los EEUU son el derivado del Reino Unido de la Gran Bretaña, una especie de Leviatán para los argentinos, que por diversos motivos -también arraigados en la historia- ha sido considerado un enemigo del país.


Desde esa perspectiva (invasiones inglesas, toma de las Malvinas, “suelta de mano” en la crisis de 1929, guerra de las Malvinas) el país adoptó una postura negativa respecto de todo lo “anglo” que es notoria en todos los aspectos de la vida social.

Si bien parte de la cultura inglesa, como la música, los deportes y ciertas tendencias son aceptadas, existe respecto de todo lo que huela a “anglo” una alergia importante.

Se trata sin duda de una circunstancia desgraciada. La Argentina fue durante su medio siglo largo de gloria una especie de primo bastardo del Commonwealth Británico. Sin ser parte natural de él, obviamente, era de tal profundidad la relación comercial y financiera con el Reino Unido que la Argentina era uno más dentro de los países de esa comunidad próspera.

Solo así se entiende la proliferación de tantos colegios ingleses (más que todos los que hay en los países de la región combinados), la pasión por tantos deportes ingleses, y la existencia de comunidades enteras construidas a imagen y semejanza de las comunidades inglesas vecinas de las estaciones de ferrocarril (que los mismos ingleses tendieron).

Esta relación cercana se quebró en 1930 lo que enfureció a la dirigencia argentina que se tornó particularmente anglofóbica, con su traducción en el comportamiento argentino durante la Segunda Guerra Mundial. Esa apuesta a perdedor, le salió carísima a la Argentina.

Los herederos de aquella hegemonía decimonónica inglesa, particularmente desde su triunfo en la guerra, fueron los EEUU. Y la Argentina trasladó su anglofobia a este país.

Brasil, por ejemplo, cumplió el trayecto opuesto: de tener su vista en la Europa continental en el siglo IXX, pasó rápidamente a leer con inteligencia el nuevo tablero mundial de mediados del siglo XX y se alió con los EEUU, enviando incluso hombres al frente de batalla.

Brasil tiene en las primeras planas de sus diarios las noticias de las elecciones norteamericanas desde hace una semana, compitiendo palmo a palmo con las informaciones nacionales. La Argentina siguió girando, durante todo ese tiempo, en su propia órbita de aislamiento.

También existen con los EEUU factores competitivos. La Argentina se perfilaba, a juicio de muchos politólogos del siglo IXX, a ser los nuevos EEUU del Sur. Por dimensiones, por inventiva, por estructura jurídica, por creatividad, por tasas de crecimiento, por innovación, el país era muy diferente del resto de América Latina.

Y la dirigencia europeísta aprovechó esa circunstancia para presentarse como un polo competitivo de los EEUU. Es muy posible que los EEUU también hayan advertido esa cuestión geopolítica y hayan tratado de balancear el poder regional con un respaldo al Brasil.

Como fuere, si no fue cierta esa movida, muchos en la Argentina la creyeron, y esa convicción no hizo más que profundizar la anglofobia, ahora encarnada por la nueva potencia a nivel mundial.

Por eso las sucesivas administraciones populistas que siguieron a la Segunda Guerra Mundial coquetearon con los países que se suponían enfrentaban a los EEUU.

Allí surgió el Movimiento de los No-Alineados, un subterfugio para ocultar países que odiaban a los yanquis y que decían formar un cuerpo tan separado de ellos como de los comunistas.

En los hechos ese engendro fue rápidamente cooptado por Moscú, que hizo con ellos lo que quiso. La Argentina, claro está, no solo lo integraba, sino que era uno de sus principales fogoneros.

Hoy el cambio de mando mundial, hace que el país coquetee con China, naturalmente el gran adversario de los EEUU, en todos los terrenos.

Si uno se pone a pensar quizás no haya una cultura más “contra-argentina” que la cultura China. No nos une con ellos nada; simplemente estamos en las antípodas, no solo territoriales, sino en casi todo lo que el ciudadano común valora.

Nuestro acercamiento a China es el que tienen los resentidos: aquellos que germinaron un sentimiento de furia contra alguien y por el solo hecho de mostrar una diferencia completa con él se arriman a su enemigo.


Pero, mal que nos pese, y por mucho que queramos torcer las cotidianeidades de nuestras costumbres, la Argentina sigue siendo un país occidental (no sé si a esta altura debería decir “con perdón de la palabra”, pero casi). Y como país occidental deberíamos prestar más atención a lo que ocurre en el país líder de esa cultura a la que, nos guste o no, pertenecemos.

El coqueteo del kirchnerismo cristinista con China y Rusia (hace unos días nomás la vicepresidente tuvo una reunión muy poco publicitada con funcionarios rusos) es solo una jugada movida por la ignorancia de los burros. O por la malicia de los odiosos.

Esos países representan modelos sociales que matan la democracia. Más allá de nuestras broncas, lo que deberíamos pensar es si queremos que nuestra democracia muera o que nuestra democracia viva. Y dentro de ese planteo simple, también deberíamos incluir a quienes miramos, más allá de las fronteras argentinas.

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