El verdadero crimen socialista

¿Cuál es, en el fondo, la explicación última -si es que pensamos bien- de por qué el socialismo (en todas sus formas) restringe la libertad?

Primero aclaro por qué dije “si pensamos bien”. Lo dije porque está claro que si pensamos mal -y a veces sin tanto esfuerzo- la verdadera inspiración del socialismo consiste en elevar a un conjunto de vivos, que explota un discurso sensiblero y demagógico, a una posición de privilegio; a un escalón desigual en cuanto a derechos y fortuna respecto del pueblo raso.

Pero hagamos un esfuerzo mayor y pensemos bien.


El socialismo dice perseguir una igualdad de hecho (materializada en una tendencia a lograr una relativa igualdad de ingresos) por la vía de limitar la libertad general para evitar que, en el uso de esa libertad, algunos escalen en la pirámide social más rápido y más alto que otros.

El socialismo supone que si rige la libertad en una sociedad algunas personas alcanzarán el éxito material y otras no. Para evitar eso le impide el éxito material a todos y encumbra una superestructura (el Estado) que vigilará que la guadaña le corte la cabeza a todos a la misma altura.
Pero si seguimos indagando y preguntando,  ¿qué hay verdaderamente detrás de esta concepción que, aparentemente, se pone del lado de los más débiles?

La respuesta a esa pregunta nos hace desembocar sin rodeos en lo que los socialistas de cualquier origen le ocultan a aquellos a quienes pretenden endulzarle los oídos.

Porque, en efecto, la respuesta a aquella pregunta es que el socialismo presume que hay una porción de la sociedad incapaz de usufructuar los beneficios de la libertad.

En el fondo, detrás del discurso sensiblero y demagógico se esconde una profunda subestimación de las personas; una creencia sedimentada en el sentido de que la mayoría de las personas en una sociedad son minusválidos que si no existiera la casta estatal que los protegiera, moriría a expensas de los más fuertes que se los “comerían” para su propio provecho.

Resulta francamente triste verificar cómo una parte de la humanidad ha creído este verso ofensivo e intragable.

Ofensivo porque considerar a ciertas personas discapacitadas para desenvolverse en libertad resulta un agravio de una magnitud lascerante.
E intragable porque suponer que la parte de la sociedad a la que le ha ido mejor pretenda terminar con aquella que aún lucha por ascender es no conocer la naturaleza humana.

Por lo general, en un sistema libre quienes más progresan son aquellos que han tenido éxito en proveer a las necesidades que la sociedad demanda ya sea con la provisión de bienes o servicios.

Que esa gente pretenda destruir a sus consumidores sería lo mismo que pegarse un tiro en el pie. Generalmente el productor quiere tener consumidores que consuman, no consumidores muertos o indigentes.

De modo que la lógica socialista (siempre pensando bien, es decir olvidando el hecho de que el socialismo, en realidad, es una pantalla política teñida de altos valores solidarios para embaucar a muchos y encaramar a unos pocos a un sitial de privilegios y fortuna inalcanzable para el resto) falla desde su mismísima base.

El socialismo es una concepción que ofende a los que dice ayudar, además, claro está, de allanar el camino hacia el robo de los recursos públicos por una manga de impresentables que, con aquellas mentiras, se adueña del Estado.

El socialismo es un pecado. Una concepción ominosa del hombre que no cree que el ser humano esté dotado con la suficiente energía, astucia, inteligencia y fuerza como para salir adelante en la vida.

El socialismo constituye un insulto para todo el que cree que la vida es conquistable y que merece ser vivida de acuerdo al plan que cada uno haya decidido para sí, cualquiera sea ese plan.

El socialismo es una basura que cualquiera que se precie a sí mismo debería condenar como el último insulto que un ser humano pudiera tolerar.

Su idea esencial reside en la desconfianza en las fuerzas creativas del individuo y toda su arquitectura ofende el mínimo orgullo que toda persona debería tener.

Es una concepción maliciosa que, cuando duda que alguien crea en sus denigrantes principios, entonces diseña un plan para llevar al inconsciente colectivo esa convicción malsana, de que cada uno no puede valerse por sí mismo por ser, básicamente, un inútil.


El socialismo debería ser condenado no solo en los tribunales por ladrón: debería ser condenado en el fondo de las conciencias de todos los hombres de buena voluntad que se saben aptos para vivir la vida que han elegido.
Su crimen mayor no consiste en encumbrar a un conjunto de facinerosos para convertirlos en multimillonarios con el dinero del pueblo, sino en denigrar la dignidad humana de vivir una vida libre del yugo de lo que no son más que una banda de delincuentes.

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