Una infección mucho más profunda que la del CoVID

El fútbol no podía quedar al margen de la grieta de odio. Y no quedó.

Carlos Tévez, el capitán de Boca y quien le dio el título en la última fecha con su gol frente a Gimnasia de La Plata, quedó envuelto en una guerra claramente partidista desde hace dos semanas cuando dos esbirros de Juan Román Riquelme salieron a atacarlo en los medios a tan solo  un par de semanas de que su contrato venciera.

Nadie había hablado con él desde que el campeonato terminó el 7 de marzo. Y, de pronto, el 15 de junio Raúl Cascini y Jorge Bermúdez salieron por separado a decir en los medios que Carlos era un “ex-jugador” cuando ellos llegaron al club.


Durante un par de días se especuló con una respuesta dura del 10 de Boca. Pero al viernes siguiente Tévez enfrió las cosas al decir que no tenía problemas en donar su ingreso y en firmar un contrato por seis meses.

Fue entonces cuando apareció nuevamente Bermúdez con un tuit en donde reproducía un artículo periodístico que vinculaba a Tevez con los parques eólicos creados bajo la administración de Macri.

Tevez es, efectivamente, amigo de Macri y cuando esas oportunidades se presentaron invirtió U$S 17 millones en comprar una compañía del ex presidente para participar del negocio de la energía eólica.

Muchos entienden que ese fue un entuerto armado por Macri para asegurarse un lugar en el negocio sin aparecer él. Es más, hay una causa judicial abierta investigando el tema.

Pero lo importante aquí es cómo la división nacional no deja ninguna actividad sin tocar. Tevez claramente apoyaba a Gribaudo en las elecciones de Boca de diciembre del año pasado. Gribaudo era el delfín de Angelici y, éste, claramente, el alter ego de Macri en Boca.

El gobierno ya asumido de Alberto Fernández jugó muy fuerte en esa elección a manos de Jorge Ameal (que llevaba a Riquelme como uno de los vicepresidentes para encargarse específicamente de todo el fútbol del club) en su afán de destronar a Macri de todo.

Ameal ganó esa elección por una diferencia apreciable y Riquelme se instaló, con su grupo de amigos (el hermano, Cascini, Bermúdez y Marcelo Delgado) en la secretaría técnica.

Riquelme siempre fue un mal bicho. Le hizo perder a Boca una final de Copa Libertadores en Brasil, con Angelici de presidente, armando un revuelo en el vestuario a pocas horas del partido decisivo, mandando al hermano a twittear versiones sobre su salida de Boca.

Cuando Macri era presidente de la institución asumió el papel de “guerrero contra el poder”, tomando partido por Bianchi, cuando el entrenador se peleó con Macri y plantándose delante de su palco con la famosa pose del Topo Giggio luego de marcar un gol en La Bombonera.

A Boca le hizo de todo. Desde decir que en realidad era hincha de Tigre, hasta irse a firmar con Argentinos Juniors, pasando por cobrar contratos millonarios pero decir, públicamente, que había jugado gratis, “por amor al club”, en una de las mentiras más sonoras que recuerdan los últimos años del fútbol argentino.

Cuando tuvo a Tevez a tiro no perdió la oportunidad. Mandó a sus secuaces a matarlo en público con lo de “ex jugador”, se mantuvo en silencio y cambió por lo menos cuatro veces las condiciones del acuerdo, hasta que llegó el 30 de junio y Tevez quedó libre.

Muchos dicen que aquí no hay inocentes y que Tevez también especuló con la donación de su contrato luego de haber pedido cifras millonarias. Pero lo que importa a los fines de éste comentario es que el odio nacional no deja lugar por donde no termine colándose.

Riquelme sabe que llegó adonde quería por la presión del gobierno kirchnerista. A su vez siempre tuvo una relación tensa con Macri (si bien nunca nadie le firmó un contrato más ventajoso para él que Angelici) y siempre fue un tipo taimado, de andar con el cuchillo debajo del poncho.

Tampoco pueden dejarse de lado los celos personales del hoy vicepresidente de Boca para con el nuevo ídolo que usa la camiseta que él considera que le pertenece (“Yo, la camiseta número 10, la presté, porque es mía, lo cual es lógico”, dijo sin que se le moviera un pelo)

Lo que revela la intromisión de la grieta que cavó el kirchnerismo en los primeros años del siglo es la salida de Bermúdez con su tuit que alude a la cuestión de los parques eólicos. Porque los parques eólicos fueron un estandarte de la era Macri por lo que todo golpe que se pegue allí es un golpe al ex presidente.


Resulta francamente repugnante verificar lo lejos que han llegado los efluvios del odio que el kirchnerismo encendió en el país desde que se instaló en el poder nacional. Ni el fútbol que, más allá de los millones que mueve, no deja de ser una actividad recreacional, se ha salvado de sentir la fuerza de su furia y la profundidad de su rencor.

Hoy los protagonistas son Riquelme por un lado y Tevez por el otro. Mañana podrán ser otros o incluso la actividad distinta. Pero de lo que no cabe ninguna duda es que el odio que el kirchnerismo instaló en la sociedad no ha dejado de infectar ningún rincón argentino. 

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