Esa maldita costumbre

Cristina Fernández tiene la mala costumbre de haber estado cerca de gente que muere misteriosamente. Desde aquella chica que le hizo una pregunta incómoda en Harvard, hasta el fiscal Nisman, la ex presidente parece tener un sino que la persigue: muertes inexplicables de personas que en algún momento la complicaron.

Fabián Gutiérrez era su secretario privado. Lo fue durante mucho tiempo. Se conocían de Santa Cruz desde donde aquel había acompañado al matrimonio Kirchner cuando Néstor era gobernador. De allí pasó -siempre acompañando a Cristina Fernández y a Néstor Kirchner- a la política nacional, desempeñándose como secretario privado de la señora.


Gutiérrez comenzó a amasar una fortuna inexplicable para los ingresos que le reportaba el cargo que ocupaba. Construyó una mansión fortificada en El Calafate. Tenía barcos, más de 35 autos y se daba una vida como lamentablemente pocos pueden disfrutar en la Argentina.

Cuando estalló la causa de los cuadernos y el Congreso sancionó la ley del arrepentido, Gutiérrez se presentó ante el juzgado del entonces juez Claudio Bonadio y declaró en carácter de testigo protegido acerca de cómo eran las particularidades del robo kirchnerista: los aviones al sur, los bolsos con dinero, quienes llevaban y traían, donde se guardaban; describió la bóveda que se encontraba en la casa de los Kirchner en El Calafate; en fin, una serie de detalles que debía ahora aportar presencialmente en la etapa oral del juicio. Lamentablemente no va a poder hacerlo; ese testimonio se perdió para siempre.

Los corrillos que se sucedieron al hallazgo del cadáver son lógicos. Algunos podrán catalogar de apresurado el comunicado de Juntos por el Cambio, pero no hay dudas que todos los elementos se combinaron para que la escena oliera mal.

Nadie dice que Cristina Fernández haya mandado a matar a Gutiérrez. Pero, especialmente en el sur, es un secreto a voces que hay ciertas personas que pueden saber dónde se encuentra parte del botín kirchnerista.

Quienes fueron detenidos por el asesinato son personas también conocidas en la provincia y en El Calafate. El abuelo de uno de los imputados fue el escribano actuante en todas las escrituras por las que los Kirchner adquirieron propiedades en el sur, incluidas aquellas increíbles compras de tierras fiscales a $7,50 la hectárea.

El kirchnerismo, rápido para ofenderse, salió, desde el Instituto Patria a poner el grito en el cielo por las insinuaciones que millones de pícaros habían lanzado a las redes y por el propio comunicado de la oposición. Pero nadie le prestó mucha atención. Tiene todos los números en la rifa de la sospecha. Quizás no en las que rodean al asesinato de Gutiérrez, pero sí en lo que los asesinos andan buscando.

Porque si bien junto con el móvil pasional, es probable que haya que descartar el móvil directamente político, no hay dudas que las motivaciones económicas que todo el mundo coincide pueden estar detrás de esta muerte, están vinculadas con la política. Y con los Kirchner.

Porque esas fortunas que más de uno trata de cazar, se originaron en la política; en el robo perpetrado al Tesoro Público de modo sistemático y rapaz durante doce años.

Gutiérrez era tan solo el beneficiario de algunas migas pequeñas que caían del mantel de la abundancia. Y con esa micronésima parte fue suficiente para disfrutar de una vida de magnate.

Esas excentricidades en un pago chico como todos los del sur, se saben y se conocen. Hay muchos traviesos dispuestos a jugársela para conseguir una tajada que los vuelva multimillonarios.

Todo el mundo conocía a Gutiérrez en Calafate y Río Gallegos. Todo el mundo sabía sus orígenes y a qué se había dedicado toda su vida. No hace falta mucha cabeza para saber cuántos pares son tres botas.

La casa de Gutiérrez en El Calafate era una verdadera fortaleza. Rodeada de cámaras de seguridad y de domos 360°, parecía más un fuerte que una vivienda. La gente se pregunta y saca conclusiones: ¿por qué tanta seguridad? Algunos, quizás, estuvieron dispuestos a proponerle una “charla” a Gutiérrez para “acercar posiciones”. Quién sabe qué pudo haber ocurrido en esa “charla”.

Pero lo que quizás deberíamos advertir de toda esta realidad macabra, es la suerte que correrá el sistema creado por la ley del arrepentido.

¿Quién tendrá ganas, a partir de ahora, de presentarse a declarar lo que sabe en materia de corrupción y de robo público si esos “testigos protegidos” terminan ahorcados y envueltos en una sábana?


Todo ese sistema creado durante el gobierno de Cambiemos ha sufrido un verdadero tiro en la línea de flotación. ¿Y qué dirá Massa, el ubicuo presidente de la Cámara de Diputados, que también era un fuerte impulsor de aquella norma cuando se sentaba en la vereda de enfrente de Cristina Fernández?

La Argentina siempre da la nota con sucesos como este. Con sucesos oscuros, con hallazgos macabros. Una rara coincidencia del destino siempre pone, al lado de esos hechos, a quien hoy se sienta en el sillón de los vicepresidentes. La misma persona que debería estar sentada en el banquillo de los culpables.

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