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Comodidad versus resultados: el partido que la Argentina todavía no quiere jugar

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

Ya es casi un lugar común decir que el problema argentino no es solamente económico. Que, antes que cambiar un esquema de precios, impuestos, regulaciones, gasto público o relaciones laborales, la Argentina necesita cambiar una cultura social.

La afirmación tiene bastante sentido. Después de todo, fue precisamente esa cultura social la que durante décadas terminó sintiéndose cómoda dentro de un esquema económico que, paradójicamente, produjo buena parte de los males de los que hoy se queja. Y aquí aparece una palabrita que, a mi juicio, es mucho más importante de lo que parece: comodidad.

Porque la pregunta verdaderamente incómoda es ésta: ¿qué hacemos cuando una sociedad se siente cómoda con determinadas reglas, hábitos, privilegios y formas de relacionarse con la economía, pero al mismo tiempo se queja de los resultados que esas mismas reglas producen?

Ahí aparece el partido. De un lado está la comodidad. Del otro, los resultados. Y el problema es que la Argentina parece querer ganar los dos.

Quiere conservar las conductas, las protecciones, los privilegios, las regulaciones, las rigideces y las excepciones que le resultan familiares y, por lo tanto, cómodas. Pero pretende, simultáneamente, obtener resultados completamente diferentes de aquellos que esas mismas conductas produjeron. Es como querer modificar el marcador sin tocar el juego.

La contradicción no es exclusivamente argentina. Hay algo parecido, por ejemplo, en cierta manera en que la Iglesia Católica aborda la cuestión de la pobreza. Durante mucho tiempo, desde determinados discursos religiosos se ha tendido a conferir a la condición de pobre una suerte de superioridad moral. El pobre aparece como alguien especialmente virtuoso, mientras que la riqueza es observada con sospecha.

Pero entonces surge una pregunta elemental: ¿qué hacemos con la pobreza? Porque una cosa es reivindicar la dignidad de quien es pobre —algo absolutamente legítimo— y otra muy distinta es convertir la pobreza en una categoría moralmente virtuosa.

¿En qué quedamos, maestro? ¿La pobreza es moralmente superior pero después nos quejamos de la escasez que condena a los pobres a seguir siendo pobres? ¿Queremos eliminar la pobreza pero conservando a los pobres? ¿Queremos que los pobres dejen de ser pobres, pero sin salir de la pobreza? Francamente, no se entiende.

El problema aparece cuando una sociedad transforma en valores positivos algunos de los mecanismos que luego pretende eliminar por sus consecuencias. Y algo de eso parece estar ocurriendo nuevamente en la Argentina.

El gobierno de Javier Milei intenta avanzar sobre una nueva ronda de reformas que, entre otras cosas, busca desregular actividades económicas, reducir trabas, modificar estructuras laborales y remover determinadas protecciones que durante años fueron presentadas como conquistas intocables.

Naturalmente, cada una de esas reformas tiene ganadores y perdedores. Y es perfectamente legítimo discutirlas, cuestionarlas o incluso rechazarlas. Pero hay algo que no parece demasiado coherente: rechazar sistemáticamente los cambios que afectan nuestra comodidad y, al mismo tiempo, exigir desesperadamente que cambien los resultados. Porque cuando la comodidad es atacada, aparecen las fuerzas vivas de la Argentina: gobernadores, gremios, corporaciones, organizaciones empresariales, dirigentes políticos, opinadores. Y, por supuesto, una parte de la opinión pública.

Y el mensaje parece ser bastante claro: “No, no, no. Yo quiero que me cambies el resultado, pero no me cambies la comodidad.” Ahí está el nudo de la cuestión.

Porque si la sociedad argentina realmente quiere resultados diferentes, tendrá que aceptar que algunas de las condiciones que produjeron los resultados anteriores también tendrán que cambiar. No existe una ley económica que permita conservar intactas las causas y modificar mágicamente las consecuencias.

Si una determinada estructura genera déficit, inflación, baja productividad, informalidad, falta de inversión, empleo precario o estancamiento, no parece demasiado razonable pretender eliminar esos resultados sin tocar la estructura que los genera.

Es una cuestión casi matemática. Y entonces aparece una pregunta todavía más incómoda. Si los cambios que exige mejorar los resultados afectan nuestra comodidad, ¿qué preferimos realmente? ¿Los resultados? ¿O la comodidad?

Porque también existe una posibilidad perfectamente humana: que, llegado el momento de pensarlo nuevamente, una parte de la sociedad prefiera conservar la comodidad aun cuando los resultados continúen sin satisfacerla.

En ese caso, quedaría además una maravillosa yapa argentina: la queja. Porque quejarse también puede convertirse en una zona de confort. Nos permite atribuir nuestros problemas a otros, reclamar soluciones, denunciar injusticias y exigir resultados diferentes sin asumir necesariamente el costo de modificar aquello que contribuye a producirlos. Es una posición extraordinariamente cómoda. Y justamente por eso es tan difícil abandonarla.

Quizás algunos me digan que, en definitiva, para que la Argentina mejore los argentinos deberían dejar de ser un poco “argentinos”.

Si por “ser argentino” entendemos conservar activos determinados patrones de conducta —la aversión al cambio, la búsqueda permanente de excepciones, la defensa del privilegio propio, la sospecha frente al esfuerzo ajeno, la expectativa de que el Estado resuelva aquello que nosotros no queremos resolver y la tendencia a reclamar resultados diferentes sin modificar las conductas que los producen—, entonces mi respuesta es bastante sencilla: Y… dicho fría y matemáticamente, sí. Algo de eso hay.

No se trata de dejar de ser argentinos. Se trata de abandonar algunas de las cosas que hemos convertido en parte de nuestra identidad y que, sin embargo, nos conducen exactamente al lugar del que después queremos escapar. La Argentina enfrenta, entonces, un partido bastante particular. De un lado, la comodidad. Del otro, los resultados.

Y quizás lo más interesante sea que todavía nadie sabe quién va a ganar. Aunque probablemente no tengamos que esperar demasiado para que aparezca algún nuevo personaje dispuesto a explicarnos que no hay ningún partido que jugar. Que podemos conservar todas nuestras comodidades. Que podemos mantener intactos nuestros hábitos. Que nadie tendrá que resignar nada. Que nadie tendrá que cambiar.

Y que, de alguna manera misteriosa, casi mágica, vamos a conseguir resultados extraordinarios. Es decir: nos volverán a vender, una vez más, el viejo cuento argentino de que podemos tener las dos cosas al mismo tiempo: Comodidad y resultados. Quizás el verdadero cambio cultural que necesita la Argentina consista, precisamente, en dejar de creerlo.

Por Carlos Mira
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