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El refugio argentino donde los millonarios tecnológicos se preparan para el apocalipsis

En las estribaciones de los Andes, un grupo de empresarios convirtió 32.000 hectáreas en un proyecto de autosuficiencia pensado para afrontar una eventual catástrofe global

Luis Pedro López Bosch, The Post FMGN Press, Corresponsal en Europa

En un remoto rincón del oeste argentino, entre montañas, extensiones áridas y una enorme distancia respecto de los grandes centros urbanos, está tomando forma un proyecto tan singular como revelador de los temores que atraviesan a una parte de las grandes fortunas tecnológicas.

Se trata de Wamani, una propiedad de unas 32.000 hectáreas ubicada en Mendoza que sus propietarios están transformando en un refugio capaz de funcionar con un alto grado de autonomía frente a una eventual crisis global.

La iniciativa tiene como principal impulsor al empresario tecnológico Martín Varsavsky, quien adquirió el establecimiento en diciembre de 2023 junto con un grupo de socios argentinos y estadounidenses. Entre ellos se encuentran el empresario tecnológico Alec Oxenford y Dan Lubetzky, fundador de Kind.

De acuerdo con el Financial Times, el grupo habría destinado alrededor de 10 millones de dólares a la adquisición y puesta en marcha del proyecto.

La filosofía que inspira la inversión es tan sencilla como inquietante: si alguna vez se produce una guerra de alcance global, un conflicto nuclear o un colapso generalizado de las estructuras económicas y tecnológicas, probablemente sea mejor encontrarse lo más lejos posible de los principales centros de poder mundial.

Y, en ese cálculo, la Argentina aparece como un territorio particularmente atractivo.

La apuesta por la Argentina

La ubicación de Wamani responde a una combinación de factores geográficos y estratégicos.

La Argentina está situada a miles de kilómetros de los principales focos de tensión militar del hemisferio norte, cuenta con enormes extensiones de territorio poco poblado y posee recursos naturales capaces de sostener una población durante períodos prolongados.

Mendoza agrega otro elemento: su cercanía con zonas agrícolas y ganaderas de gran productividad, aunque el propio establecimiento busca desarrollar buena parte de sus propios recursos.

La idea no consiste simplemente en construir un búnker y esperar que pase una catástrofe.

El proyecto apunta a algo mucho más ambicioso: crear una comunidad que pueda seguir funcionando incluso si las redes convencionales de energía, comunicaciones, transporte y abastecimiento dejan de estar disponibles.

Un refugio pensado como una pequeña civilización

En las 32.000 hectáreas comenzaron a instalarse viviendas prefabricadas y otras estructuras destinadas a alojar a los residentes y visitantes.

El establecimiento también dispone de una pista de aterrizaje y de caminos internos que permiten recorrer una propiedad cuya extensión dificulta imaginarla como una simple casa de campo.

La producción de alimentos ocupa un lugar central en el proyecto. La intención es desarrollar actividades agrícolas y ganaderas que reduzcan la dependencia del exterior.

La energía, por su parte, tiene como uno de sus pilares a la generación solar.

Pero quizás el componente más llamativo sea el tecnológico.

Los propietarios están estudiando la posibilidad de almacenar localmente grandes modelos de inteligencia artificial y hacerlos funcionar mediante computadoras alimentadas por energía solar.

La finalidad sería disponer de una especie de sistema tecnológico autónomo en caso de que Internet y los grandes centros de datos desaparecieran o dejaran de prestar servicios.

En otras palabras, no se trataría solamente de sobrevivir físicamente, sino también de conservar parte del conocimiento y de las herramientas tecnológicas acumuladas por la humanidad.

El nuevo miedo de Silicon Valley

La idea de prepararse para un eventual colapso global dejó hace tiempo de ser patrimonio exclusivo de los aficionados a las teorías conspirativas.

Algunos de los empresarios más ricos de Silicon Valley han invertido en propiedades aisladas, refugios subterráneos y sistemas independientes de energía y abastecimiento.

Nueva Zelanda, por ejemplo, se convirtió en uno de los destinos preferidos por algunos multimillonarios preocupados por escenarios extremos.

En Estados Unidos también crecieron las inversiones en instalaciones capaces de garantizar cierta autonomía frente a pandemias, guerras, crisis políticas o desastres ambientales.

La diferencia de Wamani es que sus impulsores parecen imaginar algo más que la supervivencia individual.

El objetivo es desarrollar una comunidad capaz de producir alimentos, generar energía, mantener infraestructura y preservar conocimientos incluso después de una crisis de dimensiones extraordinarias.

En ese mundo hipotético, tener dinero podría dejar de ser suficiente.

Saber cultivar, reparar maquinaria, producir electricidad, administrar recursos y mantener una comunidad cohesionada podría convertirse en una forma de riqueza mucho más valiosa.

La Argentina de Milei como parte del cálculo

El proyecto también se desarrolla en un momento particular de la historia argentina.

Varsavsky es un conocido defensor de Javier Milei y ha participado en encuentros con empresarios tecnológicos vinculados al Gobierno argentino.

Su apuesta por el país coincide con la llegada de una administración que busca atraer inversiones, reducir regulaciones y convertir a la Argentina en un destino más amigable para el capital internacional.

El empresario incluso ha planteado la posibilidad de crear mecanismos destinados a atraer personas de grandes patrimonios que busquen establecerse en el país.

En ese contexto, la Argentina puede ofrecer algo que pocos países desarrollados están en condiciones de ofrecer: espacio, recursos naturales y distancia física de los principales escenarios de conflicto mundial.

Paradójicamente, algunas de las características que durante décadas fueron consideradas obstáculos para el desarrollo argentino —su distancia de los grandes mercados y su baja densidad poblacional— pueden adquirir un valor diferente en un mundo preocupado por la seguridad y la supervivencia.

Del refugio privado a un eventual negocio

Wamani tampoco está necesariamente destinado a permanecer como una propiedad cerrada exclusivamente para sus propietarios.

Entre las posibilidades que se analizan aparece la utilización turística de algunas de sus instalaciones cuando no sean requeridas por los integrantes del proyecto.

La eventual explotación comercial permitiría generar recursos para mantener una propiedad de semejante dimensión.

Sin embargo, existe una contradicción inevitable.

Cuantas más personas lleguen y más infraestructura se construya, mayor será la dificultad para conservar precisamente aquello que convierte al lugar en atractivo: su aislamiento.

Por ahora, Wamani mantiene una escala reducida y quienes trabajan allí deben desplazarse por una enorme superficie de terreno en vehículos todoterreno y bicicletas.

La fauna local —entre ella zorros y guanacos— forma parte de un paisaje que tiene poco que ver con los entornos urbanos donde habitualmente viven los empresarios que impulsan este tipo de proyectos.

El problema del agua

La vida en un territorio tan aislado también presenta dificultades.

La región está expuesta a fuertes vientos y a importantes diferencias de temperatura entre el verano y el invierno. Las instalaciones requieren sistemas de calefacción durante los meses fríos y refrigeración durante el verano.

Pero el desafío más importante puede ser el agua.

El establecimiento dispone de fuentes propias, aunque la disponibilidad hídrica en la región andina constituye una cuestión estratégica de largo plazo.

El cambio climático y la evolución de los glaciares y cursos de agua de los Andes podrían convertir el acceso al recurso en uno de los principales desafíos para cualquier proyecto que pretenda alcanzar una verdadera autosuficiencia.

Es una de las paradojas de la iniciativa: el mismo aislamiento que protege a Wamani de determinados riesgos también puede aumentar su vulnerabilidad frente a otros.

¿Y si el apocalipsis nunca llega?

Existe, naturalmente, una pregunta inevitable detrás de todo el proyecto.

¿Qué ocurre si nunca llega la catástrofe?

En ese caso, Wamani seguirá siendo una enorme propiedad privada en uno de los paisajes más extraordinarios de la Argentina, con posibilidades de convertirse en una reserva, un emprendimiento turístico o una comunidad exclusiva.

Pero para sus propietarios la inversión parece responder a una lógica diferente.

Es, en definitiva, una póliza de seguro.

Una póliza extraordinariamente cara, diseñada para un escenario que quizá nunca ocurra.

El fenómeno también revela un cambio significativo entre algunos de los grandes empresarios tecnológicos del mundo. La generación que durante años apostó a que la tecnología resolvería prácticamente todos los problemas humanos parece estar incorporando una segunda hipótesis: que la tecnología también puede fallar.

Por eso, mientras algunos invierten miles de millones en inteligencia artificial, otros empiezan a pensar qué ocurriría si algún día no hubiera Internet, electricidad, satélites ni centros de datos.

Y en ese escenario aparece una Argentina muy distinta de la que suele figurar en los titulares internacionales.

Una Argentina enorme, despoblada, fértil en buena parte de su territorio, rica en recursos naturales y situada a una distancia considerable de los grandes conflictos del planeta.

Para los propietarios de Wamani, el cálculo parece ser que, si alguna vez llega el fin del mundo tal como lo conocemos, quizás el mejor lugar para sobrevivir no sea el búnker más sofisticado, sino un remoto rincón de los Andes argentinos.

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