
Aldo Leporati, Especial para The Post FMGN Press (*)
BA, 19 de octubre de 2026.- El presidente Donald Trump anunció el viernes 9 de octubre que Katie Zacharia ocuparía el cargo de nueva secretaria de prensa. Su debut oficial, un martes 13, recuerda el refrán que asocia ese día con la mala suerte: «En martes 13 no te cases ni te embarques», ni inicies proyectos, podríamos agregar. Ella subió al atril por primera vez apenas cuatro días después, un plazo muy ajustado que dejó escaso margen para una preparación adecuada.
Los críticos calificaron su primera intervención como irregular y señalaron que mostró cierto nerviosismo y cometió algunos errores. Sin embargo, el punto más llamativo surgió cuando los periodistas acreditados le preguntaron dónde había aprobado el examen de acceso a la abogacía, algo que ella misma había afirmado haber hecho. Su respuesta fue que lo había aprobado en China.
¿Una fake news? El examen de acceso a la abogacía (bar exam) es una prueba jurídica administrada por cada estado que habilita a los abogados para ejercer en esa jurisdicción. Aunque es posible que ella haya ejercido alguna forma de práctica jurídica en China, eso no equivale a haber aprobado el examen de acceso a la abogacía en Estados Unidos. Independientemente de si hubo o no intención de engañar, los periodistas ya estaban en alerta ante la posibilidad de que Zacharia distorsionara o embelleciera la verdad. Fue incapaz de dar explicaciones convincentes sobre un vacío en su currículum.
Debut y despedida. Sin darse cuenta, había iniciado su cuenta regresiva, porque su intervención generó dudas entre algunos aliados de la Administración sobre si estaba preparada o no para asumir uno de los cargos más escrutados del mundo. Leyó directamente de una lista los logros del presidente Trump, con una voz que por momentos se mostraba vacilante. Sus titubeos, sus expresiones faciales y su lenguaje corporal también transmitieron inseguridad. La vocera solo respondió a tres preguntas de medios afines antes de enviar a la prensa a hablar directamente con el presidente. Además, se refirió por error a su marido como «mi presidente». En resumen, su primera rueda de prensa duró menos de 15 minutos. Su falta de manejo de la situación dejó una señal de debilidad y causó una pésima impresión, al transmitir desconfianza ante la audiencia.
Volvamos a su ¿polémico título? de abogada. Cuando el presidente Trump anunció que Katie Zacharia ocuparía el cargo de secretaria de prensa de la Casa Blanca, se refirió a ella como abogada, del mismo modo que ella misma lo había hecho en apariciones públicas. Pero los periodistas, que ya estaban en alerta, averiguaron rápidamente que no había aprobado el examen de acceso a la abogacía en Estados Unidos. Se había presentado al examen de California tras graduarse en la Facultad de Derecho de la Universidad Pepperdine en 2011, pero no lo había aprobado. Se señaló que Zacharia rindió el examen en una época en la que estaba organizando su boda y preparándose para mudarse a China con su futuro esposo.
Estas imágenes se amplificaron y polarizaron en distintas plataformas digitales. El poder de las redes sociales para potenciar la difusión de sus intervenciones y multiplicar las interacciones en torno a su figura funcionó como un arma de doble filo: maximizó su alcance a costa de un marcado incremento de los niveles de rechazo y negatividad. El «sentimiento» (Net Sentiment Rate) que generó la conversación a su alrededor mantuvo saldos marcadamente negativos. Esto demostró que el ecosistema digital premia y amplifica la controversia, haciendo que sus comentarios se vuelvan rápidamente virales mediante reels, videos de TikTok y tendencias en X (Twitter).
Su fugaz periplo podría resumirse parafraseando los textos bíblicos: «Al quinto día renunciarás». Zacharia fue crucificada y su breve y accidentada carrera como vocera presidencial quedó sepultada.
Poco antes de la una de la tarde del viernes 16, Katie Zacharia se encontraba en plena entrevista con The Wall Street Journal en su nuevo despacho como secretaria de prensa de la Casa Blanca. Estaba sentada detrás de su nuevo escritorio, en una oficina estrecha que apenas contaba con algunos toques personales: una orquídea blanca, un rizador de pelo y un par de zapatos de tacón guardados en un estante, junto a un neceser. La nueva secretaria de prensa, de 41 años, le contaba al periódico sus planes para el futuro en el cargo. Quería transmitir seguridad, destacar su estrecha relación con el presidente Trump y expresar su confianza en su equipo de prensa. «No se va a producir ningún cambio en el personal», afirmó ante los periodistas.
Entonces, Jason Miller, asesor principal del presidente, golpeó a su puerta. «JD quiere hablar un momento con nosotros», dijo Miller, refiriéndose al vicepresidente J. D. Vance, quien había visitado la Argentina en noviembre. Zacharia nunca regresó: ni a la entrevista ni al puesto. Menos de una hora después, estaba fuera.
Aquí comienza una serie de preguntas que invitan a analizar este papelón, a dos semanas de las midterms: ¿Tenía la experiencia y la preparación suficientes para ocupar ese desafiante cargo? ¿Estaba preparada para anticiparse y reaccionar bajo presión? ¿Tuvo el apoyo de su equipo o fue víctima de un ataque interno premeditado?
Más tarde, ella se excusó alegando que su equipo le había enviado los materiales iniciales el lunes por la noche y que había recibido una sesión informativa completa el martes a las 8 a. m., menos de dos horas antes de su encuentro con los periodistas acreditados de la Casa Blanca. Admitió, además, que había estado despierta desde las 3 a. m. preparándose para su primera conferencia de prensa. Claramente, este error podría haberse evitado con una breve introducción: «Solo estoy aquí para presentarme. Una vez que termine de reunirme con todos los miembros del Gobierno esta semana, estaré a disposición para interactuar con todos ustedes».
El ABC que los voceros siempre deben tener en cuenta es que una conferencia de prensa comienza en el mismo momento en que entran en la sala o se conectan a una videollamada, no cuando empiezan a hablar. Si se acercan a un atril, deben hacerlo con confianza, establecer y mantener contacto visual inmediato con los presentes y tener muy claro su discurso antes de hablar. Estos pasos básicos pueden ayudar a establecer el tono y la dirección de lo que digan y hagan a continuación.
También deben evitar las sorpresas preparando una lista de preguntas y repreguntas probables, sin olvidar las inesperadas, las desafiantes y las agresivas. Conviene practicar en voz alta cómo responder a cada una de ellas, frente a un colega o ante un espejo, y grabarse para escuchar las respuestas posteriormente. Es clave saber redirigir las preguntas difíciles hacia el mensaje principal mediante la técnica del puenteo, sin evadirlas.
Si el estilo conversacional hace que parezcan y suenen poco auténticos, como bien dicen los GPS, hay que recalcular. Zacharia confió excesivamente en la lectura de gran parte de su guion, en lugar de mantener una comunicación fluida y natural.
Tener a mano una lista de tres mensajes clave que sirvan como recordatorio de los puntos centrales que se deben explicar y respaldar es una buena forma de ajustar y repetir las respuestas según las preguntas que reciba el vocero. Cuanto más cómodo se sienta con las explicaciones, más probable será que parezca creíble y auténtico.
Las lecciones del caso de Katie Zacharia se convertirán en un ejemplo clásico de las consecuencias de la falta de entrenamiento, que los voceros empresariales y gubernamentales no deberían repetir.
Dicen que los récords están para romperse. Cuando el primer vocero de Trump, Anthony Scaramucci, había durado tan solo 11 días en el cargo, nadie creía que esa marca pudiera ser superada. Pero Katie Zacharia duró menos tiempo en el cargo que una lechuga antes de marchitarse.
(*) Aldo Leporati es CEO & Partner, Porter Novelli Argentina, member of OmnicomPRGroup / Reputation Guardian, Issues & Crisis Communications / MBA Professor UdeSA & Ucema / Ristretter
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