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La revolución detrás de las aulas: ¿quién mueve los hilos de la rebelión juvenil?

De Chile a Europa y de las calles de Buenos Aires al trotskismo internacional, una sospecha inquietante: el comunismo no ha renunciado a conquistar el poder. Quizás haya aprendido a camuflar sus objetivos detrás de causas nobles, utilizando a estudiantes y otros colectivos como fuerza de choque de una estrategia que apunta mucho más lejos que sus reclamos originales.

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

Hay algo que se repite en distintas partes del mundo: una reivindicación social legítima, una movilización juvenil, una escalada de confrontación y la aparición de grupos radicalizados que parecen tener objetivos muy diferentes de los que llevaron a los manifestantes a la calle. ¿Son episodios inconexos o distintas expresiones de una misma estrategia revolucionaria? Mi sospecha es que hay mucho más de lo segundo de lo que estamos dispuestos a admitir.

No se trata de afirmar que cada estudiante que protesta sea un comunista convencido. La hipótesis es más inquietante: organizaciones revolucionarias profesionales pueden aprovechar conflictos reales, canalizar la indignación juvenil y convertir reclamos sectoriales en instrumentos de desestabilización política. La educación sería la bandera. La calle, el instrumento. La conquista del poder, el objetivo final.

Las movilizaciones chilenas contra Sebastián Piñera y el estallido social de 2019 tuvieron causas económicas y sociales reales. Pero reconocerlas no obliga a ignorar los intentos de distintas organizaciones por orientar aquella crisis hacia objetivos ideológicos más ambiciosos. En Europa, las protestas y los disturbios responden a contextos diversos, pero plantean una pregunta semejante: ¿cuándo el reclamo deja de ser una demanda concreta para convertirse en una herramienta de erosión de la autoridad y las instituciones?

Para una organización revolucionaria, una crisis puede ser mucho más que un problema que resolver. Puede ser la oportunidad para desacreditar al gobierno, radicalizar a los manifestantes y presentar la ruptura del orden establecido como una necesidad histórica. La protesta comienza con una demanda. Después puede transformarse en una impugnación general del sistema. Y, finalmente, algunos pretenden convencernos de que la única solución es destruirlo.

Los acontecimientos del jueves 15 de octubre en Buenos Aires plantean una pregunta que va mucho más allá del presupuesto educativo. Según los videos y testimonios mencionados sobre aquella movilización, algunos participantes habrían llegado con tareas previamente asignadas, entre ellas neutralizar cápsulas de gas lacrimógeno. Si esos testimonios reflejan lo ocurrido, estaríamos ante algo muy diferente de una protesta espontánea de estudiantes preocupados por su educación.

Neutralizar dispositivos policiales no es una reivindicación educativa. Es una acción táctica de confrontación. Y hay un detalle todavía más inquietante: las declaraciones atribuidas a jóvenes chilenos que habrían participado con funciones específicas. ¿Quién los convocó? ¿Qué organización distribuyó las tareas? ¿Qué objetivos perseguían?

Mi sospecha es que aquella movilización pudo representar algo más que una protesta sectorial: un ensayo de confrontación prerrevolucionaria, con la consigna estudiantil como cobertura política y la calle como escenario de una operación de desestabilización. Si ese fuera el propósito, el objetivo ya no sería discutir la educación pública, sino provocar una reacción estatal, exhibirla como represión y utilizarla para profundizar la crisis política. La pregunta no es solamente quién protestaba el 15 de octubre. Es quién tenía un plan para después de la protesta.

¿Los estudiantes son utilizados o son cómplices? No todos los participantes saben lo mismo. Algunos concurren honestamente convencidos de que defienden una causa justa. Otros son militantes que conocen el proyecto ideológico de las organizaciones a las que pertenecen. Y también están quienes aceptan acompañar una escalada porque consideran que cualquier método sirve para derrotar al adversario político.

La diferencia importa. El estudiante que reclama por una universidad mejor no es cómplice de un proyecto totalitario por el simple hecho de marchar. Pero quien conoce un plan de confrontación, recibe instrucciones y participa deliberadamente en una operación de desestabilización ya no puede refugiarse detrás de la etiqueta de estudiante.

La eficacia de una estrategia revolucionaria puede residir precisamente en esa combinación: jóvenes movilizados por causas legítimas, militantes profesionales que conducen la acción y grupos radicalizados que intentan transformar la protesta en un conflicto de poder. La pregunta que cada estudiante debería hacerse es elemental: ¿quién está utilizando mi indignación y para qué?

La caída del Muro de Berlín, la implosión de la Unión Soviética y el fracaso histórico de Cuba desacreditaron buena parte de las promesas comunistas. Pero no eliminaron sus organizaciones ni su ambición de conquistar el poder. El trotskismo conserva una tradición internacionalista y revolucionaria. Eso no significa que toda organización trotskista recurra a la violencia ni que cada protesta sea parte de un plan coordinado. Significa que no debemos ignorar la posibilidad de que determinadas estructuras aprovechen conflictos sociales para avanzar hacia objetivos que exceden ampliamente las reivindicaciones que dicen defender.

¿Es posible que organizaciones de distintos países compartan métodos, contactos y una lógica estratégica semejante? ¿Es posible que algunas coordinen acciones para debilitar gobiernos y erosionar instituciones? Mi sospecha es que deberíamos investigar mucho más seriamente esa posibilidad.

El comunismo puede haber perdido sus grandes referencias históricas, pero no necesariamente abandonó su aspiración de extender su poder. Allí donde la vieja retórica revolucionaria ya no convence, la defensa de los estudiantes, los trabajadores o los inmigrantes puede ofrecer una nueva puerta de entrada. No hace falta que todos los participantes conozcan el destino del recorrido. Basta con que algunos sepan adónde quieren conducirlo.

La educación pública no pertenece a la izquierda, como tampoco la libertad ni los derechos sociales son patrimonio exclusivo de una ideología. Defenderla significa exigir calidad, oportunidades, responsabilidad en el uso de los recursos y libertad académica. No implica aceptar que organizaciones partidarias monopolicen la representación estudiantil ni que conviertan las aulas en plataformas de agitación revolucionaria.

Lo mismo vale para los inmigrantes y otras causas humanitarias: nadie debe ser reducido a instrumento político por su origen o condición. La crítica debe dirigirse a quienes manipulan esas causas, no a los colectivos que legítimamente las integran. El problema no son los estudiantes. Es la posibilidad de que alguien esté utilizando a los estudiantes. Y el problema no es la protesta. Es que, detrás de ella, pueda desarrollarse una estrategia que muchos de sus propios participantes desconocen.

¿Estamos ante una acción internacional vertebrada, con distintos actores y escenarios, destinada a aprovechar conflictos sociales para erosionar gobiernos y avanzar hacia una transformación revolucionaria del poder? Esa es mi sospecha. Chile, Europa y Buenos Aires no son necesariamente piezas idénticas de un mismo tablero, pero las semejanzas merecen atención. Sería ingenuo descartar de antemano que existan organizaciones que compartan métodos y objetivos más allá de las fronteras.

Una democracia liberal debe defender el derecho a protestar y, al mismo tiempo, impedir que sus libertades se conviertan en instrumentos para destruirla. No se trata de perseguir ideas, sino de reconocer cuándo una reivindicación legítima puede estar siendo utilizada para fines muy distintos.

El comunismo no desapareció con el Muro de Berlín. Y su ambición de poder tampoco tiene por qué haber desaparecido.

La pregunta final es incómoda: ¿estamos viendo jóvenes que luchan por su educación o una nueva generación a la que algunos revolucionarios están preparando para luchar por algo muy distinto?

Mi sospecha es que, en determinados casos, ambas cosas ocurren al mismo tiempo. Y que ignorar esa posibilidad sería el mejor regalo para quienes todavía sueñan con conquistar el poder en nombre de una revolución que la historia ya ha desmentido demasiadas veces.

Por Carlos Mira
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