Y lo harán de nuevo.

La información dice que la Afip y el ministerio de economía estudian llevar la alícuota del impuesto a las ganancias del 35% al 41%. Casi paralelamente algunos indican que el objetivo del gobierno es que los argentinos inviertan aquí al menos U$S 170 mil millones de los que, según  ellos, tienen guardados.

La verdad que uno no sabe por dónde empezar este comentario.

A ver… Pretender que alguien invierta (olvidémonos de la nacionalidad por ahora) cuando lo que se promete es una persecución policíaca que desplume a los inversores, es completamente esquizofrénico. Por eso uno se desorienta y no sabe si está en presencia de burros, enfermos o mal paridos. Aunque las posibilidades mayores es que se trate de todo eso junto.

La Argentina era un desierto infame, analfabeto y deshabitado cuando las ideas dominantes eran justamente esas: esquilmar los bolsillos de los súbditos.


Una vez pasados los episodios de mayo de 1810 y de julio de 1816, la Argentina estuvo cruzada por décadas de miseria, guerras, sangre, brutalidad, atraso y pobreza. La independencia política estuvo muy lejos de coincidir con la libertad de los ciudadanos.

Ya lo decía Alberdi: “el país dejó de ser súbdito de la corona para pasar a serlo del fisco local, que heredó las mismas leyes y las mismas costumbres españolas”.

Por eso, cuando se propone el regreso de la Argentina a su etapa verdaderamente revolucionaria (la que se animó a enarbolar la Constitución) y la respuesta es que “aquella era otra Argentina, otra época, un modelo que quedó atrás porque eso hoy no se puede hacer” (como si la Constitución fuera “antigua” y lo que se hace ahora fuera “moderno”) uno no sabe si ponerse a reír o a llorar por ver tanta ignorancia y tanta falta de formación.

Lo que se hace ahora (y lo que se pretende seguir haciendo) es lo mismo que hacía la Casa de Contratación de Sevilla, hace 400 años. Eso es lo antiguo. Es el régimen extractivo, fiscalista y opresor que genera la miseria que caracterizó al mundo antes de la irrupción del liberalismo.

Lo moderno, lo que genera trabajo, riqueza, opulencia, innovación, sueños, emprendimiento es la libertad y la limitación del Estado. Un Estado pequeño que absorba pocos recursos de los particulares hace que estos dispongan de más dinero en sus bolsillos para reinvertir en un lugar que no los roba.

Eso produce un efecto bola de nieve en los recursos que multiplica geométricamente la riqueza por cada giro de la rueda productiva.

Al contrario, un Estado que todo lo absorbe para alimentar un barril sin fondo cortesano, monárquico, de castas, desigual e impúdico, deja a los individuos escuálidos y con un único pensamiento: escapar y protegerse. No importa que, a lo mejor, no se vayan físicamente. Lo que importa y lo que hace pobre al país es que todos retiran el fruto de su trabajo para evitar que sea confiscado.

Hace muy pocos meses, cuando estalló la pandemia, el presidente Lacalle Pou de Uruguay tuvo tremendas presiones para aplicar impuestos extraordinarios. Pero no lo hizo. Y menos aún contra aquellos que tuvieran una capacidad innovadora mayor. Porque ellos son, dijo, “los que van a sacar al país adelante cuando esto termine… Si los desvalijo ahora, no van a tener ese impulso para encender los motores cuando las cosas vuelvan a la normalidad”. Al contrario, lo que sí dispuso, fue un impuesto extraordinario del 20% sobre los ingresos de los funcionarios del Estado.

Ese sí es un pensamiento moderno, que coincide con el espíritu de la Constitución argentina que hizo grande a esta nación y que la convirtió en un fenómeno tan inentendible como ahora, pero con la única diferencia que aquella vez era por las buenas razones.

E “inentendible”, digo,  para aquellos que solo tuvieran una mirada superficial sobre aquel ignoto país del sur que, de pronto, asombraba al mundo. Porque para los que se hubieran tomado el trabajo de estudiar las razones del secreto habría quedado claro que aquel resultado no era otra cosa más que la consecuencia lógica de ese instinto natural que Von Mises llama “acción humana”.

Era completamente racional que una tierra que llamaba al mundo a venir aquí bajo la promesa constitucional de bajos impuestos, libertad de expresión, libertad de cultos, propiedad inviolable, gobierno de la ley, independencia de la justicia, poder limitado e imperio de la autonomía de la voluntad, explotara en una orgía de opulencia. Y eso, precisamente, fue lo que ocurrió. No hubo ningún secreto ni nada del otro mundo; simplemente una rendición incondicional frente al más primario de los instintos humanos: conservar lo propio.

La Argentina dejó el barro -literal- de la miseria atrás y se transformó en el país de la innovación, de los inventos, de la explosión del trabajo, de las fábricas (porque también hay que terminar con el cuento ese del “modelo exportador”: aquí nacieron y se desarrollaron empresas industriales, a fuerza de inventos, creatividad y pujanza) de las vías férreas, de los subtes, de las cosechadoras industriales, de las ciudades que nacían en el interior…

El presidente Trump ayer, en el cierre de la Convención Nacional Republicana, prometió mayores rebajas de impuestos para un eventual segundo período. En la primera parte de su gobierno creó casi 10 millones de puestos de trabajo -75% de los cuales fueron aprovechados mayormente por afroamericanos, hispánicos y mujeres- también en base al enorme llamador del instinto humano: “no te voy a sacar la plata de tu bolsillo”. Ahora, luego de la pandemia, se propone hacerlo de nuevo para crear otros 10 millones.


Son los impuestos bajos los que crean la riqueza. A más impuestos más miseria; a menos impuestos más riqueza. Es así de sencillo. La fórmula tiene mil años. Es moderno quien la entiende y antiguo quien la desafía.

Estar frente a un gobierno que no entiende, ya no las complicadas ecuaciones de la economía, sino las más sencillas reacciones del instinto humano, es la mayor desgracia que puede sufrir un país. Creerse con la capacidad de decretar la realidad porque se tiene el poder de tomar papeles en blanco y encabezarlos con el pomposo nombre de “ley”, es padecer un desvarío tan profundo que solo puede ser explicado por el imperio de la ignorancia, la enfermedad o la malicia. O, tal vez, por la explosiva combinación de todo eso junto.

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