La culpa del presidente

El presidente dijo que la ciudad de Buenos Aires lo avergüenza y que se siente culpable por su “opulencia”. Ya son varias las veces que me ocurre que el desvarío de Fernández es tan grande que no sé por dónde empezar.

Es tanto lo que podría decirse frente a tamaño disparate que las respuestas se agolpan atropelladamente en el cerebro, deseosas de explotar.

Empecemos por preguntar ¿cómo piensa Fernández saciar su culpa? ¿Cómo preferiría Fernández ver a Buenos Aires? ¿Qué imagen visual de Buenos Aires quisiera tener el presidente? ¿Con qué tipo de Buenos Aires estaría contento el presidente?  ¿Acaso con una ciudad decrépita, que se cae a pedazos y cuyos ciudadanos vivan en la miseria? Si pudiera, ¿llevaría a Buenos Aires hacia eso para dejar de sentir vergüenza?


La capital tiene enormes carencias, pero se ve que para Fernández no son suficientes o no afectan a suficientes porteños. Debería haber más pisando el barro.

Hay, en la capital, muchos sectores que aún viven mal y hay asentamientos que la avergüenzan.  Pero, aún así, es por lejos, efectivamente, la ciudad más moderna y más rica del país.

Sin embargo, para Fernández, todos esos son motivos de amargura y tristeza. Factores que lo cargan de culpa y vergüenza.

Habría que ver si la vida en toda la ciudad fuera como es en sus zonas más pobres o incluso marginales, si el presidente estaría feliz. Pareciera insinuar que sí. El presidente quiere hacer que Buenos Aires se parezca al resto pobre y decrépito. No quiere que ellos se parezcan a Buenos Aires. No dice: “Muchas ciudades nos llenan de vergüenza y culpa. Trabajaremos sin pausa hasta que todas se parezcan a Buenos Aires”. No dice: “Buenos Aires es rica y las otras ciudades son pobres: lo que está bien es la riqueza de Buenos Aires y lo que está mal es la pobreza del resto. Nuestro trabajo consistirá en llevar a todas a la riqueza de Buenos Aires”. No. Dice: “Buenos Aires nos avergüenza: haremos que Buenos Aires sea igual a las demás”.

La cuestión no es menor porque, en efecto, permite discernir qué modelo mental persigue Fernández, no ya para la ciudad, sino para el país todo.

Resulta particularmente repugnante que el presidente sienta vergüenza y culpa por el éxito, el buen nivel de vida y el desarrollo. Porque, contrario sensu, lo lleva a uno a concluir que prefiere la carencia, el subdesarrollo y la miseria.

Sentir culpa y vergüenza porque una parte infinitesimal del país haya logrado zafar del fracaso y, al contrario, en lugar de tratar de llevar al resto a ese nivel, pretender arrastrar al barro a quien logró dejarlo atrás, revela una mentalidad de resentimiento y envidia que alarma.

¿Cuáles serán los modelos citadinos que dejen tranquila la conciencia del presidente? ¿La Matanza, quizás? ¿Formosa, capital de la provincia que a juicio de Fernández cuenta con el gobernador “ejemplar” de la Argentina, Gildo Insfran? ¿O será tal vez Concordia, la ciudad más pobre del país?

¿Querrá el presidente llevarnos a la igualdad miserable de Caracas o de La Habana, mientras él vive en el lujo de la ciudad que lo avergüenza?

Hay que estar muy enfermo para criticar la riqueza y mucho más paranoico para utilizar el poder para llevar a todos a una pobreza igualitaria y servil.

Ese es el modelo del fascismo kirchnerista: odiar al que triunfa y disponer lo que haga falta para arrastrarlo a la miseria.

Así ocurrió en Venezuela, un país rico y con futuro, al que se hizo regresar a la prehistoria y en el que hoy no alcanza la comida.

Así también había ocurrido en Cuba, en donde un régimen atroz petrificó al país en los años ‘50 como si una bomba paralizante le hubiera tomado una fotografía que el tiempo se encargó de corroer.

Hay que tener el corazón muy lleno de una bilis verde que sube y baja por la tráquea para insinuar que se impondrán medidas para que los porteños muerdan el polvo y se revuelquen en el barro de la escasez.

Disponer eso a propósito, como castigo al que tuvo éxito, refleja lo que se está haciendo con la Argentina: un enorme experimento de castigo al progreso, a la inventiva y al desarrollo.

Basta que cualquiera se tope con una idea productiva que lo catapulte a la “opulencia” para que la vergonzante, culposa y resentida legislación nacional lo castigue hasta hacerle perder todo.

Basta que cualquiera toque los umbrales del éxito lícito para que la confiscación y la persecución no cesen hasta devolverlo a la pobreza.

Y recalco la idea del “éxito lícito” porque ese es el tipo de éxito que se persigue con la guadaña de la envidia. La opulencia conseguida de la mano del delito, de la corrupción, del robo y de la estafa, no se condena. Esa se imita y se expande.

Allí está, también, Sabrina Frederic, la ministra de seguridad, enfrentando a los propietarios que quieren defender sus tierras de las tomas ilegales en el sur: el gobierno federal poniéndose del lado de los facinerosos okupas y en contra de los legítimos dueños.

Será que la señora (obviamente con el aval de Fernández) también siente vergüenza y culpa porque un grupo de personas tuvo éxito en su vida y eso le permitió comprar esos terrenos. La ley, en lugar de generar las condiciones para que todos puedan tener la oportunidad de acceder a la propiedad, pretende arrebatársela a sus dueños, así todos son iguales en la escasez de la miseria.

Las señales del rumbo argentino son cada vez más preocupantes. Ya se dicen sin escrúpulos cosas impensables tan solo unos años atrás.

Hacer un culto público de la pobreza igualitaria en contra de la riqueza de algunos y confesar que se hará lo que se tenga que hacer para que la igualdad sea en la carencia y no en la opulencia, es haber derribado las últimas vallas del descaro.


El presidente lucha por un país en donde todos seamos La Matanza y en donde todos condenemos Puerto Madero y Recoleta (el lugar, paradójicamente, donde viven ellos)

Nos quieren convencer, en efecto, de que esas cosas son para ellos. Nosotros, el pueblo raso, debemos vivir igualitariamente en la penuria, en donde es pecaminoso y vergonzante levantar cabeza; algo que nos debería hacer sentir culpables a todos.

Pero lo peor es que los oídos de todos deberían estar tronando por la sonoridad de las respuestas… Y en realidad, no se escucha nada.

También puede interesarte

Dejar comentario: