Una mente capitalista

¿Recuerdan cuando hace más o menos un mes el ministro de economía, con el aval del presidente, echó al subsecretario de Energía, Federico Basualdo?

En aquel momento la disputa se había generado alrededor de las tarifas de los servicios públicos, en especial las aplicables al gas y la electricidad.

Guzmán quería aprovechar las negociaciones por la deuda para dar una muestra de racionalidad económica en el manejo de las cuentas públicas y de los precios de los servicios, mientras que el ala cristinista del gobierno, a la que pertenece Basualdo, se negaba rotundamente siguiendo las indicaciones del Instituto Patria y de Cristina Fernández de Kirchner.

Si uno bien se fija, la primera mente en pensar como un especulador capitalista frente a su mercado de clientes es la comandante de El Calafate, más allá de su conveniente y marketinera careta socialista.


En efecto, la vicepresidente sabe que su base electoral vive de la demagogia del engaño y de los espejitos de colores que ella sea capaz de crear para venderles, de modo que puso toda su enjundia para transmitir la idea del no-aumento o de un aumento vendible. Se plantó en el 9% para las tarifas eléctricas y el 6% para el gas y lo mandó a Basualdo a la primera línea de la infantería.

Se trata de una triste repetición de la política aplicada desde que Kirchner asumió en 2003 y notoriamente profundizada durante el dantesco periodo presidencial de Fernández desde 2011 a 2015, con Axel Kicillof como ministro.

Un mes después ¿adivinen qué ocurrió? Exactamente: Basualdo sigue en su puesto y Guzmán se tuvo que tragar el sapo de un aumento del 9% en las tarifas eléctricas y del 6% en gas para todo el año; es decir, tal cual había dispuesto la comandante.

Más allá de la especulación política que apuntábamos hace un rato -que Fernández hace en un año electoral para sus votantes del congourbano- la medida está destinada a destruir a las empresas, a envilecer sus activos y su patrimonio para luego seguramente enviar a algún socio local a comprarlas, como ya ocurrió con Edenor, por ejemplo.

Toda esta discusión sobre los precios de los servicios públicos naturalmente sucede porque el país no tiene moneda. De existir un signo monetario estable sin inflación nada de todo esto existiría, ni en el mercado de los servicios públicos ni en ningún otro.

La estabilidad monetaria permitiría mantener los precios y apostar a la generación de utilidades por el mejoramiento de la oferta y de la productividad. Las empresas ofrecerían mejores productos que la gente con buen ingreso -fruto también de la estabilidad monetaria- compraría generándose un círculo virtuoso de riqueza.

La destrucción de la moneda (recordemos que en los últimos 50 años los gobiernos le quitaron 13 ceros al signo monetario) arruina la capacidad de proyectar, de hacer cálculo económico, de invertir y de generar productos nuevos con mayor valor agregado.

Todo ello redunda en el envilecimiento de la infraestructura y en la caída de la tasa de inversión con lo que el empleo se hunde y la productividad cae, generando más pobreza y dependencia de la dádiva pública.

Aquí se ve de nuevo la mentalidad “capitalista” de Cristina Fernández: ella trabaja para acrecentar la base de sus clientes, independientemente de lo que ello signifique para el país y para sus propios clientes en términos de nivel y calidad de vida. Nada de eso le interesa a ella, sino sólo expandir su base de “compradores”.

Quien genera las distorsiones monetarias que producen el envilecimiento del peso es aquel que tiene el poder de generación de pesos. La moneda es un bien cuyo valor está determinado por la cantidad. Las cosas menos valiosas son las más abundantes; las que valen más son aquellas de las que hay menos.

La inundación de la plaza con papeles pintados (a los que el gobierno se empeña en llamar “dinero”) hace que esos papeles valgan cada vez menos y que se necesiten más cantidades físicas de ese bien para adquirir otros a cambio.


En un contexto en donde el producto cae en la Argentina la ecuación se agudiza aún más porque hay más océanos de billetes para equiparar con menos bienes y servicios. O sea, la situación sería también dramática si la oferta de bienes se mantuviera estable; es mucho más aguda si la oferta cae.

En este contexto el maquiavélico cerebro de Cristina Fernández acaba de anotarse otro poroto: pese a las sugerencias de su propio ministro de economía (que, a propósito, estuvo reunido hoy con ella para ver qué es lo que Su Majestad le permite hacer con el Fondo) condenó a las empresas de energía a conformarse con una actualización irrisoria de sus tarifas.

No debe faltar mucho para que volvamos a ver atracar en el puerto de Buenos Aires al buque gasificador del cual dependerá la sociedad para poder cocinar y el que le brindará a la casta, una vez más, la posibilidad de hacer suculentos negocios… No hay mayor mente “capitalista” que la de Cristina Fernández de Kirchner.

Por Carlos Mira
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