Una estrategia para fabricar zombies

Lo que está ocurriendo hoy hace mucho que empezó a pasar.

No fue algo casual. Fue pensado. El kirchnerismo es la etapa superior de una táctica, de un diseño que ocurrió fuera de la Argentina y al que una franja tilinga y hueca de la sociedad adhirió hace unos 50 años.

El peronismo había iniciado, obviamente, un proceso putrefacto que subvirtió el orden de progreso de noventa años de la Constitución.

Pero esa corriente con lo nociva que fue -por haber dividido a la sociedad y por haber impuesto un orden fascista de prohibiciones, delación y pobreza- no habría terminado de destruir el país de no ser por haber sido infiltrado por corrientes neomarxistas entristas que, siguiendo a Gramsci, se propusieron cambiar el sentido común medio del hombre de a pie.


Sabían que se embarcaban en un método lento, tan lento que quizás muchos de sus jerarcas no llegarían a ver sus resultados. Pero estaban convencidos que la conquista de la Argentina debía tener esas formas.

Un grupo de iluminados intentó, durante un interregno de casi 20 años, una variante armada de la toma del poder. Pero fracasaron. Ese fracaso, paradójicamente, reafirmó la estrategia alternativa.

El sentido común suele definirse como lo que la gente piensa cuando no está pensando y lo que la gente dice cuando no piensa lo que está diciendo.

Se trata de esas convicciones estomacales que uno no sabe bien de dónde vienen pero que son útiles para resolver disyuntivas; para elegir entre “A” o “B”.

Si un plan metódico, pertinaz, trasmitido de generación en generación, podía lograr cambiar ese orden medular, casi inconsciente, que trocara para siempre las bases sobre las cuales los argentinos decidían sus preferencias, se podría decir que media guerra estaría ganada.

La generación del ‘80 en el siglo XIX, había hecho eso con el país analfabeto y desierto. Apostó a dos políticas de siembra: la educación y la inmigración.

Con ello, en 25 años, el antiguo yermo sembrado de cabezas decapitadas había pasado a ser el faro del hemisferio sur.

Algo parecido, pero inverso, hizo la generación del ‘70, en el siglo XX.

Los “intelectuales” de esos años intensificaron el plan que muy embrionariamente sólo habían esbozados algunos adelantados de los ‘60, especialmente por su influencia en las carreras de raíz social y por el inicial copamiento del sesgo educativo en las escuelas primarias y los colegios secundarios.

Parte de su primer trabajo fue la tergiversación completa de lo que había ocurrido en las ‘70. Hoy muchos docentes enseñan las andanzas de la “juventud maravillosa” convirtiéndola en una cruzada por la defensa de la democracia, movida que resulta ciertamente grotesca para todo contemporáneo de aquellos años.

Un papel preponderante en ese plan lo jugó el nacionalismo católico (ese engendro de envidias que no soporta el progreso occidental) y la “teología del pueblo” -a la que adhiere Bergoglio- y la “teología de la liberación”.

El peronismo cerró el funcionamiento del monstruo entregando la figura de los maestros a los sindicalistas que, por dinero, empezaron a formar cerebros que se convencieron de que Sarmiento era un asesino y Roca un genocida.

La escuela pasó a ser un centro de denuncias antes que un lugar para trasmitir conocimiento.

Este adoctrinamiento se aggiornó fuertemente con las lecciones de Laclau según las cuáles debía dejarse atrás la teoría del conflicto unilateral -proletariado vs burguesía, que profesaba el marxismo clásico- para estimular un conflicto permanente y multilateral que le de un denominador común a reclamadores heterogéneos.

Eso explica porqué, en una concentración callejera, pueden encontrarse codo a codo al Partido Obrero con catequistas de Bergoglio, burócratas sindícales, militantes de género, estudiantes revolucionistas y chavistas admiradores de Irán, todo bajo el atronador silencio de una sociedad adormecida.

Este plan logró finalmente avanzar mucho en la tarea de cambiar aquel sentido común.

Hoy la “lucha” es entre “liberales cipayos de Occidente” y “patriotas”; entre el “pueblo” y la “poderosos”; entre “explotadores” y “explotados”.

Hoy, como diría Fernández Díaz, integrarse al mundo y convocar inversiones es ser un entreguista; Estados Unidos es el diablo; el propietario un malvado y el inquilino un santo; el ajuste para equilibrar las cuentas es “neoliberal”; competir y crecer por los méritos es “darwinismo salvaje de derecha”; una empresa no es una estructura que da trabajo sino una organización para esclavizar al hombre; la ley y el derecho son estratagemas de los “centros hegemónicos de poder”; lo estatal es bueno y lo privado malo; el encierro es “vivir con lo nuestro ” y la apertura una forma de terminar con el trabajo y favorecer lo extranjero; el que emprende es sospechoso, el esfuerzo reaccionario; la propiedad un robo; el imperio de la ley es represión; y la pobreza la mayor redención.

Si todo esto no era ya suficiente apareció la figura del Papa para hacer jugar su indudable influencia en el sentido del resentimiento y la esclavitud.

La perseverante posición de Bergoglio acerca de la supuesta supremacía moral de lo que él llama “periferia” (algo así así como la marginalidad del mundo) vino a agregar un gramaje “moral” al pobrismo fascista del “Estado presente” según el cual la riqueza es “mala” y la pobreza “buena”.

Este es el “Nuevo Orden” que ha logrado permear incluso el inconsciente de aquellos que jurarían no estar infectados por él.

Recordemos: el sentido común es lo que pensamos cuando no pensamos y lo que decimos cuando hablamos sin pensar.


Dados los convencimientos medios actuales de la sociedad no caben dudas de que el plan ha resultado exitoso.

La estrategia no se diseñó para mejorar la vida de los pobres sino para encumbrar a una élite soberbia y altanera que se ve a sí misma como iluminada y que por ese motivo entiende que debe ser sostenida y protegida por una sociedad esclava, mientras usufructúa su posición privilegiada para saquear el Tesoro Público.

Su plan siempre fue el poder y el dinero. Para obtener ambos debían construir un ejército de zombies que al pensar sin pensar “pensaran” como ellos, y que al hablar sin pensar lo que decían se convirtieran en poleas de transmisión de sus mantras totalitarios.

Por Carlos Mira
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2 thoughts on “Una estrategia para fabricar zombies

  1. 01101001b

    “El peronismo […] entre[gó] la figura de los maestros a los sindicalistas que […] empezaron a formar cerebros que se convencieron de que Sarmiento era un asesino y Roca un genocida.”
    Amén! Recuerdo q exactamente eso pretendían hacernos tragar en las clases de historia en la secundaria (al menos en las q cursé) allá x el 85 (!)
    Como detalle muy menor, 19 en números romanos es XIX (diez y nueve) y no IXX (nueve y diez).
    Buen artículo como siempre!

  2. Ricardo

    Muy bien pensado y expresado.
    El drama Argentino es que el mundo busca la excelencia y no la mediocridad.
    Cuando secsubvierten esos valores.
    Se entra en la irremediable decadencia en la que estamos. En lugar de buscar mejorarnos a través del esfuerzo y el trabajo se apelaca la inversa.
    La izquierda Argentina y los populismos son hijos de la envidia y el rencor.

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