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Un presidente que deshonra el cargo

El presidente de Ucrania apareció en la pantalla del Parlamento Europeo y el recinto se transformó en una explosión de aplausos. Incluso no sería raro que Ucrania se transforme en un miembro pleno de la Unión Europea en un trámite express basado en la clara señal de oposición a la dictadura y a la servidumbre que quiere dar Europa en este momento.

El contraste de esa imagen con la pusilánime posición argentina da vergüenza. 

El país carece de convicciones. No tiene ninguna. Y está hoy representado por un gobierno que refleja cabalmente esa falta de posturas. El gobierno es la impostura de un país sin posturas.

La Argentina, de la mano de Cristina Fernández de Kirchner, sigue coqueteando con lo peor del mundo, con lo más execrable de la delincuencia internacional de la cual, naturalmente, Putin es un exponente máximo, un nuevo Hitler en pleno siglo XXI.

La Argentina tiene un gobierno que duda en ponerse del lado de la democracia, de la libertad, de los derechos civiles y de la dignidad humana, como lamentablemente ya lo ha hecho otras veces, también con gobiernos peronistas.

Este es el kirchnerismo, señores. Esto es lo que la Argentina tiene sentado en los sillones del Estado. Una verdadera calamidad institucional.

En este contexto dramático, el presidente se presentó en el Congreso para inaugurar las sesiones ordinarias del año legislativo, un hecho que pertenece a los símbolos de un sistema que el peronismo kirchnerista detesta porque prefiere los regímenes que encabezan los Putin de la vida: sistemas en donde el mandamás no respeta la división de poderes, se eterniza  en el poder, carece de empatía con lo que el pueblo espera y opera impunemente para su propio beneficio.

El presidente confirmó una vez más que es un mentiroso serial: leyó un discurso en donde parecía que la Argentina fuera un parque de diversiones en donde todos los problemas han sido resueltos. No mencionó una sola medida para bajar la inflación. No mencionó una sola vez la palabra pobreza. Tuvo el tupé de insinuar que su gobierno defiende y mejora la vida de los jubilados. Silenció completamente la palabra “Corrientes”, provincia para la que no tuvo el menor atisbo de  cercanía pese al momento dramático que  viven esos argentinos.

Desafió la clásica máxima de Einstein que considera locos a los que esperan obtener resultados diferentes de hacer siempre lo mismo, cuando aseguró que en la Argentina no habrá reforma laboral, ni previsional, ni adecuación tarifaria: si el país mantiene la legislación que tiene en esos campos no llegará a otro puerto que no sea el que ya conoce: la antigüedad, el atraso, la pobreza, la miseria y el clientelismo de un conjunto de vivos que vive chupándole la sangre a quienes producen.

El presidente dio una imagen lamentable. Un lacayo al que todos reconocen al servicio de un amo, habría hecho un mejor papel.

Mintió en las cifras, relató una realidad que lo desmiente apenas uno abre los ojos, ahondó la división y el resentimiento, volvió a dar muestras de preferir un poder que no esté sujeto a ningún límite cuando vapuleó a la Corte Suprema, cuyos jueces estaban allí sentados enfrente y se mostró como un siervo de la verdadera jefa del poder que lo contrató al solo efecto de usarlo como un agente que la libere de sus múltiples crímenes.

No repudió la invasión rusa tajantemente, no mencionó el drama del narcotráfico y de la inseguridad ciudadana. No dio una sola idea de cómo piensa sacar al 50% del país del atraso y de la pobreza en la que lo hundieron las ideas de su partido.

Tampoco se refirió al presupuesto, ni a cómo piensa modificar la estructura de gastos e ingresos para hacerla compatible con el acuerdo con el Fondo Monetario Internacional. No dio un solo avance sobre cuáles son las bases de ese acuerdo que sigue siendo sólo un compendio de trascendidos periodísticos.

Lo de ayer fue otra cachetada a la institucionalidad argentina; una nueva mofa que quizás quedó plasmada en la metáfora escénica del comienzo cuando Fernández pidió un minuto de silencio por los muertos en Europa y por las víctimas del Covid en la Argentina, tiempo durante el cual la vicepresidente se dedicó a hacer mohínes con una sonrisa sádica mientras se arreglaba el pelo y él a tirar besos a la tribuna. 

Por Carlos Mira
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One thought on “Un presidente que deshonra el cargo

  1. Jorge Lema

    Se te extraña en la radio

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