Un choque de vocaciones

Si tomáramos una brocha gorda y una línea del tiempo, podríamos dividir de manera muy rápida la historia argentina luego de la Constitución en dos siglos contrapuestos: uno claramente gobernado por la vocación de grandeza y otro en donde lo prevalente es la vocación de pequeñez.

En efecto, en los 100 años siguientes a la jura de la Constitución el 1 de mayo de 1853, en Santa Fe (sé que estoy siendo generoso con estos tiempos pero recordemos la brocha gorda para simplificar el análisis) el país tuvo una indudable vocación por la grandeza, por la abundancia, por la búsqueda lícita de la riqueza, por la innovación (los patentaron cientos de inventos a nivel mundial durante ese período), por la modernidad y por el progreso.

Esta última palabra, incluso, era muy común que formara parte del nombre de asociaciones civiles, de clubes y de instituciones que sentían una identificación innata con la idea de avanzar.


De la mano de una organización jurídica que incentivaba el crecimiento económico individual (según lo alcanzara cada uno) y que garantizaba la inviolabilidad del fruto del trabajo propio, la Argentina quemó etapas de desarrollo como probablemente ninguna otra nación sobre la Tierra.

El país atrajo millones de inmigrantes que venían, a cara descubierta, a “hacerse la América”, a hacerse ricos. Ese vendaval inmigratorio tenía una sola bala en el cargador. No había viaje de regreso; la ecuación era fácil: salir adelante con el sudor de la frente o fracasar.

Aquí los recibió un suelo vacío y una dirigencia con mentalidad ganadora, una elite iluminada que era consciente de estar dando a luz un fenómeno sociológico nuevo, inédito, con la probable sola excepción de los Estados Unidos y del menos conocido caso australiano.

Ese matrimonio entre gente jugada “a ganador” (porque la alternativa era poco menos que morir) y una dirigencia inteligente y generosa produjo 100 años de oro. Por supuesto, hubo barquinazos. Pero la regla general del período fue un esplendor iluminado por la primera vocación: la vocación de grandeza.

El PBI solitario de la Argentina era superior al PBI del resto de América Latina combinada, incluidos Brasil y México. Todos los días había una novedad positiva y hasta las inestabilidades políticas (que siempre estuvieron) eran como independientes del funcionamiento real del país que parecía correr por cuerdas bien separadas. La cotidianeidad del trabajo, de la industria (otra de las grandes mentiras era que el país no tenía industria en ese tiempo; sin embargo, el desarrollo industrial era proporcionalmente superior al de hoy, luego de 80 años de “protección” a la industria), del campo, de las ciencias y de la educación transcurrían completamente separados de los vaivenes políticos que, a su vez, el propio sistema se encargaba de absorber.  

Los segundos 100 años (recuerdo aquí mi generosidad con los tiempos al solo efecto de ser simbólicamente “redondo” con la partición de la historia) estuvieron dominados por la vocación opuesta: la vocación de pequeñez. Misteriosamente (aunque no tanto) el motor impulsor de la Argentina cambió rotundamente de brújula. De estar estimulado por el deseo de crecer, el país pasó a estar dominado por un enorme complejo de culpa por la opulencia, la abundancia y la riqueza.

Si uno compara los edificios públicos que se hacían en el siglo de la “grandeza” (el Colón, las estaciones de ferrocarril, los hospitales públicos, el correo -hoy CCK-) con los que se hicieron después, puede tener una idea metafórica de la enorme metamorfosis psicológica que se operó en el país respecto de “lo grande”.

Ustedes calculen que el Colón y el Correo se hicieron completos para los festejos del Centenario de la Revolución de Mayo. Cien años después, para el bicentenario, el gobierno no pudo terminar en tiempo y forma sus remodelaciones.

La llegada del peronismo inoculó ese bacilo de pusilanimidad. Pero no lo hizo por una concepción ascética de la vida o por estar convencido de que la vida monacal era moralmente superior al capitalismo económico. Lo hizo a propósito para vender, sí, ese mensaje falso de “humildad” (apoyándose en la pusilánime “Doctrina Social de la Iglesia” -todos espejitos de colores para la gilada-) y al mismo tiempo beneficiar políticamente a su movimiento y económicamente a sus jerarcas.

Transmitió exitosamente la culpa por la abundancia, por la opulencia y por la riqueza (de los demás, no la de ellos) y embarcó al país (para beneficio propio) en una visión pequeña de la realidad que lenta pero sistemáticamente llevó al inconsciente profundo de cada argentino la idea de que aspirar al progreso, a ser rico, a vivir mejor, a tener más, a vivir más cómodo, a escalar la pirámide social, era esencialmente pecaminoso (valiéndose para esto último del inveterado pobrismo católico).

Como las “pymes” el país pasó a ser “pequeño y mediano”. Los discursos políticos se llenaron de aclaraciones (cuando no había más remedio que referirse a los empresarios) que señalaban que la referencia a ellos era para los “pequeños y medianos”, como si ser “grande” fuera un sacrilegio.

El orden impositivo se identificó inmediatamente como el arma preferida para dibujar una realidad nueva: lo “grande” debía estar tributariamente castigado, triunfar en la vida pasaría a ser sinónimo de pecado y por lo tanto de castigo social y legal, la pobreza debía ser elevada a un altar de culto y mimetizada con la quintaesencia moral.

Frente a este ataque furibundo al corazón del progreso, el músculo social se ablandó. Los incentivos se invirtieron y la gente que aún era capaz de producir riqueza en condiciones cada vez más adversas se dedicó a encontrar maneras de protegerla, antes que buscar formas de multiplicarla aún más.


El trabajo como forma digna de avanzar en la escala social devino a “puestos de trabajo”, creándose un elefante jurídico de protecciones que ahogó la inventiva y la vocación por ampliar el personal. Los maestros pasaron a ser “trabajadores de la educación” y la estructura de mérito, esfuerzo y laboriosidad fue reemplazada por un igualitarismo miope y fracasado.

Este choque entre las vocaciones “de grandeza” y “de pequeñez” explica -repito, con brocha gorda- los dos últimos siglos de la Argentina.

Los contemporáneos de ambas son cada vez menos por las obvias razones de la edad. Cada vez son más los que han mamado solo la “vocación de pequeñez”. Saquen ustedes sus conclusiones.

Por Carlos Mira
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3 thoughts on “Un choque de vocaciones

  1. Anónimo

    Que triste ver a nuestra ARGENTINA así, después de tanto sacrificio realizado con alegría por nuestros ABUELOS!!!DOLOROSO!!!

  2. Marcelo Zocchi

    Brillante, Carlos…Más claro imposible!

  3. Miguel. A. Arroyo

    Excelente metafora de la brocha gorda. Muy buen articulo

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