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Santa ignorancia

Ayer, frente a un pasaje del intento de defensa del Dr. Carlos Beraldi a Cristina Fernández de Kirchner en donde el abogado hacía referencia a que el Poder Judicial es el menos democrático porque no es elegido por el pueblo y que desde ese lugar pretendía sustituir la voluntad popular, publiqué el siguiente tweet. “Por si Beraldi no se enteró le digo que, efectivamente, el Poder Judicial fue organizado por la Constitución, no para “sustituir la voluntad popular” como él dijo, sino para controlarla: se llama equilibrio del poder o, en otras palabras, Estado de Derecho. Estudie, Beraldi”.

La publicación tuvo una enorme repercusión casi de inmediato. Recibí muchísimas respuestas de apoyo y de consustanciación con el mensaje pero también una andanada de críticas por parte de simpatizantes kirchneristas que tenían dos denominadores comunes: la agresión personal y la llamativa convergencia en una ignorancia atroz sobre el sistema jurídico que supuestamente rige la vida del país en el que esas personas viven.

A las agresiones no voy a referirme porque hablan de ellos, no de mí. A muchos los invité, si querían, a discutir conmigo la arquitectura constitucional del equilibrio de los poderes, sin agresiones. Pero no respondieron. Son ametralladoras de insultos pero no tienen la menor idea del diseño que la Constitución previó para organizar institucionalmente a la Argentina.

Y es este segundo punto justamente el que me gustaría remarcar porque, más allá de la mala educación y de la incapacidad para hablar sin insultar de modo personal a quien tiene una idea distinta, el ignorar el modelo jurídico que los rige y, no solo eso, sino estar dispuestos a afirmar que en la Argentina rige otro modelo, supone una anomalía de tal magnitud que hasta que no esté resuelta va a ser difícil que el país encuentre un sendero de progreso y modernidad.

Sin excepciones, la idea que predominaba en estos mensajes kirchneristas es justamente coincidente con el pasaje de la defensa de Beraldi: que la voluntad popular no puede ser controlada porque eso no es “democrático”. Según estos mensajes lo que haga quien fue elegido por el pueblo (aunque su actuación durante el gobierno de Macri parecería indicar que eso que dicen lo dicen siempre y cuando sean ellos los que ganen) no puede ser verificado, controlado o, eventualmente anulado, por otro poder y menos por uno que no fue elegido por el pueblo.

Es obvio que hay aquí una notoria disrupción en lo que esta gente entiende por democracia. Si por ellos fuera, y siguiendo sus propios argumentos, nada podría achacarse a Hitler y Mussolini porque ambos llegaron al poder por el voto popular. Para ellos esos regímenes execrables que conoció el mundo han sido, seguramente, “democráticos”.

El punto es que la Constitución que, hasta donde sé, rige en la Argentina no organizó simplemente una “democracia” sino una república representativa caracterizada por el control del poder y el gobierno limitado en beneficio de la libertad individual de los ciudadanos. La Constitución no fue escrita para que el gobierno controle a las personas sino para que las personas controlen al gobierno.

El propio actual presidente, se lo recordaba a la entonces presidente Kirchner en junio de 2013, también usando Twitter:Si CFK no entiende por que la Corte es un “contrapoder” deberíamos averiguar quién la aprobó en Derecho Constitucional. Basta de sofismas!”

Esa función de control es la principal responsabilidad del poder judicial que fue organizado, a propósito, con ese fin. También fue adrede la decisión de que los miembros de ese poder fueran elegidos por un procedimiento distinto del que se utiliza para llenar los cargos políticos: si los jueces hubieran salido de las listas de los partidos habrían perdido la esencia de su imparcialidad y, con ello, se habría perdido toda la gracia del control.

Yo entiendo que este es un sistema sofisticado y que la primera reacción de alguien que no haya sido educado con los palotes constitucionales sea creer que la democracia consiste en entregarle todo el poder al que gana y que lo que haga el que gana es palabra santa porque es la voz de la voluntad popular o de la voluntad general.

El pequeño inconveniente que tiene esa grosería es que las mayorías que entregan el triunfo a unos y otros son siempre circunstanciales y, además, nunca son unánimes, de modo que concluir que quien gana es la encarnación misma del “pueblo” es un error fascista que impide la convivencia porque pavimenta el camino para que, quien gana, atropelle, sin control alguno, los derechos de las minorías que, entre paréntesis, son la verdadera gracia de las democracias reales.

Que haya cientos de miles de personas (quizás millones) que crean que viven en un país cuya Constitución le entrega todo el poder al que gana, es un hecho gravísimo porque supone que hay una enorme porción de argentinos que acepta el fascismo y el principio de la sumisión a una especie de Dios terrenal que no puede ser tocado, ni controlado, ni limitado. Y que además creen que eso es así porque lo dice la ley.

No entender que el esquema de control de constitucionalidad de las decisiones políticas que afecten derechos individuales o que supongan una utilización del poder en beneficio de quien detenta el gobierno, fue diseñado en defensa de esos mismos ciudadanos que descreen del control es estar enfrente de un galimatías inconcebible parecido al que se generaría cuando la víctima se transforma en la primera defensora del criminal.

Por supuesto todo se agrava cuando quien intenta explicar el funcionamiento de ese sistema recibe una andanada de insultos en lugar de una muestra de afecto por haber tratado de abrirles los ojos a quienes son explotados con el verso de la voluntad popular.

La Constitución argentina organiza un sistema de gobierno limitado. ¿Limitado por quién? Por los ciudadanos. ¿Con qué herramientas los ciudadanos controlan al gobierno? Con el Poder Judicial que no fue organizado para “sustituir” la voluntad popular sino para recordar que, quien fue investido por ella, no puede hacer lo que quiere bajo el simple y liviano argumento de que a ellos “los votó el pueblo”. Primero porque eso no es cierto: en la mayoría de las elecciones al partido que gana lo vota una cantidad de gente similar a la que vota a los que pierden. Eso demuestra que quien gana no puede arrogarse ser “el pueblo” porque hay casi tanto “pueblo” que lo votó como que no lo votó. Allí hay una primera falacia del argumento, digamos, de la “voluntad popular”.

Esta falacia proviene del concepto que Jean Jacques Rousseau logró venderle al mundo y que es el concepto de la “voluntad general”, entendiendo por eso que la voluntad de la mayoría debe ser interpretada como una manera de desentrañar lo que piensan “todos”. Nada hay más peligroso que eso para el futuro de la libertad. Y los regímenes que citamos más arriba lo prueban en exceso. Lo contrario sería admitir que los judíos murieron contentos en los hornos de gas nazis porque aquella era la “voluntad general” del pueblo alemán que, de alguna manera, los incluía a ellos también. Una aberración.

Parece mentira que en la Argentina haya tantas personas dispuestas a ser sodomizadas no solo con su propia venia sino casi alegremente bajo la idea de que una mayoría circunstancial (siempre que sea la de ellos) tiene derecho a todo.

Malas noticias para los que creen eso: la Constitución, sencillamente, dice otra cosa. Que haya millones de ignorantes que no lo sepan porque una educación armada para transmitir esa ignorancia no se los haya enseñado, no es culpa de la Constitución ni de los verdaderamente demócratas que, entre otras cosas, quieren proteger los derechos de esos mismos zombies.

Este episodio demuestra que por graves y severos que sean los problemas económicos del país, no son, ni de cerca los más serios. Esta oscuridad de base sobre el orden jurídico que rige institucionalmente a la Argentina es muchísimo más grave y explica, entre otras cosas, las penurias económicas, el atraso y la miseria. 

Por Carlos Mira
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4 thoughts on “Santa ignorancia

  1. Luis Manente

    Carlos, excelente tu artículo. No creo que la vicepresidenta desconozca cómo funcionan los tres poderes. Pero como todo fascista quiere que el poder judicial no la moleste en hacer y deshacer a su antojo. Es por ello que, si pudiera, lo eliminaría de la faz de la tierra. Tendría que haberlo pensado antes de meter la mano en la lata. Ahora, ella y el abogado Beraldi, ¿Piensan que por haber ganado las elecciones (olvidándose del resto que no los votaron) pueden hacer lo que quieran? Por otro lado, el desconocimiento de una gran parte de la ciudadanía de cómo funciona el sistema democrático se lo debemos a la pésima educación impartida durante años y años. Un cabeza de termo no va a entender el excelente artículo que escribiste. Mis atentos saludos. Luis

  2. Matias

    Impecable, Carlos, como siempre. Solo que esto lo leemos quienes no comulgamos con las filas del fascismo reinante. La magia del “Divide y Reinarás” les paga con rédito a los fascistas que nos gobiernan y mantienen en la mierda a los cabezas de termo que los votaron. Una lástima.

  3. ADOLFO

    Excelente artículo. Felicito al Señor Carlos Mira por la claridad de los conceptos. Es una pena que los que leemos artículos de este tenor seamos siempre los mismos y que a los que va dirigido ni siquiera demuestran interés alguno en conocer, sólo obedecer verticalmente la decisión de la cabeza que les provee de sus necesidades y los dirige como corderitos
    Nuevamente. Salud Señor!!

  4. Jorge Sangiine

    Me parece excelente el concepto de “Constitución” y el alcance que ella tiene sobre los 3 poderes. Aquél que gana las elecciones no debe creer que tiene libertad de mandar a su antojo. Es quien más debe respetar sus límites.

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