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Messi no le debe nada a la demagogia

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

En los últimos días se repitió hasta el cansancio una frase que, de tanto escucharla, parece haberse convertido en un dogma: “A Lionel Messi no le pedimos nada. Ya está. Con todo lo que hizo, es suficiente.”

¿De verdad es así? No exactamente.

Porque una parte del país sigue pidiéndole cosas. Y no hablamos de los extraterrestres futbolísticos que todavía creen tener autoridad para cuestionar cómo juega, dónde se para o qué decisión toma dentro de una cancha. Esos ya viven en una dimensión paralela donde la evidencia dejó de existir, para ellos, hace años.

Hablemos de los otros. De los que siguen reclamándole declaraciones “populares”, frases lacrimógenas, consignas políticamente correctas, discursos que les acaricien el alma. Como si no pudieran vivir sin un proveedor permanente de demagogia.

El miércoles, cuando a la salida del estadio Messi hizo una referencia a quienes no llegan a fin de mes, esa tribu de reclamadores profesionales estalló de felicidad. Casi como un orgasmo social. Sintieron que, por fin, el único argentino al que ya no pueden discutir había aceptado someterse a sus exigencias.

Qué poco conocen a Messi.

Ninguno de ellos sabe —ni siquiera lo sospecha— todo lo que hace, en silencio, por quienes más lo necesitan. Porque Messi nunca necesitó una cámara para ayudar, ni un micrófono para solidarizarse, ni un discurso para demostrar humanidad.

Pero los hechos nunca les interesaron demasiado. Prefieren las palabras. El barullo antes que la acción. El aplauso antes que el resultado.

Necesitan escuchar aquello que confirma sus prejuicios, aunque después el viento se lleve cada sílaba. Se alimentan de la emoción instantánea. Del regodeo demagógico. Y se asfixian si algún personaje público no les suministra periódicamente la dosis de frases que esperan consumir.

Por eso dejemos de repetir como loros que a Messi no le pedimos nada. Sí le pedimos. No todos, es cierto. Pero algunos siguen rompiéndole los huevos para que diga exactamente lo que ellos quieren escuchar.

Messi les viene cerrando la boca desde hace más de quince años. Sin embargo, insisten con la comparación, ya francamente estúpida, con Diego Maradona. El mismo Maradona que podía exhibir con orgullo un tatuaje del Che Guevara mientras posaba con una remera de Domingo Cavallo sin advertir —o sin importarle— la monumental contradicción que eso implicaba.

Pero las contradicciones nunca incomodaron a quienes viven enamorados del relato.

Durante décadas respaldaron políticos expertos en pronunciar exactamente las palabras que un sector de la sociedad necesitaba escuchar. Mientras los emocionaban con discursos, les robaban los ahorros, las oportunidades y buena parte del futuro.

La demagogia siempre fue un excelente anestésico. También una extraordinaria fábrica de frustraciones. Por eso conviene recordar la verdad completa. Sí, es cierto: Messi no le debe nada a nadie. Y mucho menos le debe algo a la demagogia.

Porque, si hubiera cedido a esa presión permanente por convertirse en un predicador de ocasión, probablemente habría terminado destruido por el mismo mecanismo que terminó deformando la cabeza de tantos que hoy todavía pretenden convertirlo en un portavoz de sus propias obsesiones.

Messi eligió otro camino. El de hablar cuando quiere. El de callar cuando considera que el silencio vale más. El de ayudar sin anunciarlo. El de demostrar antes que declamar.

Y esa, quizás, sea la diferencia más profunda entre un hombre verdaderamente grande y una sociedad demasiado acostumbrada a confundir los discursos con las virtudes.

Por suerte para él —y para los millones de argentinos que siempre lo entendieron— Lionel Messi jamás se rindió, tampoco, ante semejante pelotudez.

Por Carlos Mira
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