
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Ayer terminó algo más que un Mundial. Terminó una ilusión. Y terminó un disimulo.
Los campeonatos del mundo tienen una virtud extraordinaria que ninguna otra competencia deportiva consigue reproducir con la misma intensidad: fabrican ilusiones colectivas. Durante un mes entero millones de personas viven suspendidas en una expectativa común. Algunos países la pierden en la primera semana; otros la conservan durante más tiempo; unos pocos tienen el privilegio de llegar hasta el último día convencidos de que la gloria todavía es posible.
Mientras esa ilusión permanece viva, ocurre un fenómeno psicológico igualmente poderoso: el Mundial disimula la realidad. No la cambia. No la mejora. Simplemente la oculta por un instante.
Cada preocupación cotidiana encuentra un rival formidable en el partido que viene. La inflación, el trabajo, las discusiones familiares, la incertidumbre económica, la inseguridad o los problemas personales quedan relegados por noventa minutos que, en realidad, se extienden durante semanas enteras. Apenas aparece una preocupación, la mente la reemplaza por la imagen del próximo encuentro. El Mundial funciona como una inmensa válvula de escape emocional.
Pero toda ilusión tiene fecha de vencimiento. Cuando el torneo termina, también termina esa anestesia colectiva. Y si el final no llega acompañado por la dulzura de la victoria, el regreso a la realidad suele resultar todavía más brusco.
En la Argentina ese efecto puede ser particularmente intenso. Las circunstancias emocionales eran irrepetibles. Lionel Messi, a los 39 años, jugando acaso el mejor fútbol de toda su carrera y disputando su último Mundial. Una sucesión de remontadas épicas. El triunfo frente a Inglaterra en una semifinal cargada de historia. Todo parecía conducir a un desenlace cinematográfico.
Sin embargo, la final ofreció otra historia. La derrota frente a España dejó una sensación más amarga que la simple pérdida de una copa. La Argentina ni siquiera pudo competir como le gusta hacerlo. Obligada a defenderse durante casi todo el partido, físicamente disminuida y lejos de la intensidad que había caracterizado su recorrido, terminó entregando una imagen de impotencia que profundizó la frustración.
Los argentinos solemos describirnos como una sociedad emocionalmente extrema. Pasamos con una facilidad asombrosa de la euforia a la depresión, del entusiasmo ilimitado al desencanto absoluto. Es como si el país entero necesitara periódicamente una sesión colectiva de psicología para tratar una bipolaridad nacional que parece acompañarnos desde hace décadas.
Por eso el verdadero desafío empieza ahora.
Y curiosamente, una de las señales políticas más interesantes de las últimas horas no provino del fútbol sino del Gobierno. El Presidente anunció que habrá feriado nacional el día que los jugadores decidan reencontrarse con la gente para celebrar el desempeño del seleccionado. Muchos interpretaron esa declaración como un simple gesto de simpatía hacia el plantel. En realidad contiene una metáfora cultural mucho más profunda.
El Presidente no decidió cuándo será el feriado. Tampoco decidió cuándo habrá festejos. Ni siquiera decidió si los habrá.
Entregó esa facultad a un conjunto de personas privadas. Serán los jugadores quienes resuelvan qué quieren hacer. Sólo después de esa decisión el Estado actuará, organizando aquello que le corresponde organizar: el operativo de seguridad, la logística y las medidas administrativas necesarias.
Parece un detalle. No lo es. Durante generaciones, la cultura política argentina se acostumbró a otra lógica. Esperó siempre que existiera un conductor, un caudillo, un líder, un Duce que resolviera por todos no solamente cuándo había que festejar sino, muchas veces, cómo debía vivirse. Una sociedad que espera instrucciones termina trasladando esa expectativa a todos los aspectos de la existencia.
La señal del Gobierno apunta exactamente en sentido contrario. No es el Estado el que dispone cómo debe desarrollarse la vida de las personas. Son las personas quienes toman las decisiones relevantes y el Estado quien elimina los obstáculos para que esas decisiones puedan ejecutarse.
Esa diferencia parece pequeña. Es gigantesca. Representa dos concepciones completamente distintas de la libertad. Una supone que los gobiernos deben producir la felicidad de la población. La otra entiende que esa tarea pertenece exclusivamente a cada individuo. Los gobiernos no fabrican ilusiones. No pueden hacerlo.
Lo que sí pueden hacer es construir el marco institucional, económico y jurídico dentro del cual esas ilusiones puedan nacer. Pueden garantizar estabilidad, proteger derechos, remover regulaciones absurdas, crear incentivos para producir, invertir y trabajar. En otras palabras, pueden preparar el terreno.
Pero el sueño siempre pertenece a alguien.
Si el terreno está disponible y las ilusiones no aparecen, la explicación del fracaso ya no deberá buscarse en la Casa Rosada sino en una sociedad resignada, incapaz de proponerse metas propias y acostumbrada a esperar que la felicidad llegue envuelta en un paquete llave en mano entregado por el poder político.
El Mundial acaba de cerrar una de las fábricas de ilusiones más extraordinarias que conoce la humanidad. La Argentina ya no contará, al menos por cuatro años, con esa enorme válvula de escape emocional que permitió postergar tantas angustias.
Es precisamente ahora cuando comienza la prueba más difícil. Para la sociedad, porque deberá volver a construir millones de proyectos personales allí donde hasta ayer existía una única ilusión colectiva. Y para el Gobierno, porque tendrá que acelerar las reformas capaces de convertir esas aspiraciones individuales en oportunidades reales.
El éxito de un país no consiste en que todos persigan el mismo sueño. Consiste en que cada ciudadano tenga la libertad de perseguir el suyo. Si eso ocurre, el próximo Mundial volverá a ser lo que siempre debió haber sido: una extraordinaria fiesta deportiva.
No el refugio emocional de una sociedad que necesita desesperadamente olvidar, durante un mes, las frustraciones acumuladas durante cuatro años.


Más allá de lo acertado de su análisis, con el cual coincido, no estoy para nada de acuerdo con la declaración de feriado para un probable festejo. Es una medida demagógica propia del kirchnerismo.
buen razonamiento coincido con Raúl por el feriado