
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Hay quienes creen que el fútbol es apenas un juego. Noventa minutos, una pelota, once contra once y un resultado. Se equivocan. El fútbol es una organización humana compleja, con reglas escritas y, sobre todo, con otras que jamás aparecen en un reglamento pero que todos conocen y respetan.
Esos códigos tienen algo de mafia. No necesariamente de la mafia delictiva —aunque en la Argentina abundan quienes aprovechan la pasión popular para robar, como ocurre no solo con el fútbol sino, sobre todo, con la política— sino de esa otra mafia hecha de lealtades, silencios y compromisos que nadie firma pero que todos honran.
Es una especie de omertá deportiva.
No hace falta haber jugado un Mundial para descubrirla. La conocí mucho antes. La vi en el fútbol del barrio, en la escuela, en el colegio y, finalmente, en la universidad. En el plantel universitario existían códigos de vestuario de los que jamás se hablaba con nadie. Ni siquiera con los compañeros de la facultad que no integraban el equipo y con quienes compartíamos aulas todas las semanas.
Lo que ocurría dentro del grupo quedaba dentro del grupo. Ese silencio no era casual. Servía para construir una identidad. Un “nosotros” frente a “ellos”. Una frontera invisible que fortalecía al equipo y que, paradójicamente, terminaba siendo casi tan importante como los entrenamientos.
En todos los planteles aparecen además las mismas figuras. Están los jugadores fuertes. Los que mandan por personalidad, por liderazgo o simplemente porque juegan mejor que el resto. Y están quienes descubren rápidamente que permanecer cerca de esos líderes aumenta sus posibilidades de jugar. Se forman amistades, alianzas, afinidades y equilibrios que pocas veces tienen relación exclusiva con el rendimiento futbolístico.
Así funciona. Y funciona igual en todos lados. Da exactamente lo mismo que se trate de una selección que disputa la final de un Mundial, de un equipo de la Primera C, del plantel de una universidad, de un grupo de amigos que juega los sábados en un campito o de un torneo de un country. El fútbol no distingue clases sociales cuando se trata de sus códigos internos. Algo parecido ocurre en el rugby, que, salvando las enormes diferencias entre ambos deportes, también ha construido una cultura de pertenencia y de silencios compartidos. Por supuesto, existen diferencias de intensidad, de profesionalismo y de consecuencias. Pero la lógica es idéntica. Esa armadura jamás permitirá conocer completamente las entrañas de un equipo.
Podrán filtrarse conversaciones. Podrán aparecer fragmentos de historias. Algún dirigente contará una parte. Un jugador retirado revelará otra. Un periodista asegurará que “un muchacho que sabe” le contó la verdad. Pero la verdad completa nunca aparecerá. En el rugby ocurre algo parecido.
Porque esa cavidad craneal colectiva está protegida por una coraza muchísimo más resistente que cualquier cráneo humano. Una estructura de silencios que nadie consigue perforar del todo.
Por eso conviene desconfiar de quienes viven anunciando que “conocen la interna”. Generalmente conocen apenas un pedazo de una historia que, al salir de ese círculo cerrado, ya llega deformada por intereses, interpretaciones o simples malentendidos. Son los eternos “bananas del barrio”, los que siempre tienen un dato exclusivo, un contacto infalible o una versión definitiva. En realidad, nadie conoce la película completa.
La interna de un equipo no la conoce nadie. Y probablemente nunca la conozca. Habrá que convivir entonces con preguntas sin respuesta.
¿Por qué un entrenador decidió utilizar apenas quince futbolistas cuando disponía de un plantel de veintiséis? ¿Por qué algunos jugadores llegaron lesionados al torneo y conservaron su lugar mientras otros, también recuperados o con molestias similares, quedaron afuera? ¿Qué conversaciones ocurrieron puertas adentro? ¿Qué compromisos, liderazgos, promesas o decisiones terminaron inclinando la balanza? ¿Qué razones explican determinadas convocatorias o determinadas ausencias?
Tal vez nunca lo sepamos. Y quizás sea mejor así. Porque quien pretenda explicar el fútbol únicamente con estadísticas, esquemas tácticos o estados físicos terminará frustrado. Hay un universo invisible que condiciona decisiones fundamentales y que jamás saldrá completamente a la luz.
Quien no acepte estas reglas no escritas difícilmente llegue a comprender este deporte.El fútbol vive de sus misterios. Y son precisamente esos misterios —esas zonas oscuras que nadie logra iluminar por completo— los que explican por qué sigue siendo el espectáculo más apasionante del mundo. Porque siempre habrá una decisión inexplicable, una historia jamás contada y una verdad que permanecerá encerrada para siempre detrás de la puerta de un vestuario.

