Aruba

La peor herencia del Mundial

Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial

Si el único legado perdurable que el extraordinario Mundial que acaba de terminar —y particularmente extraordinario para la Argentina— va a ser un nacionalismo recrudecido que nos vuelva a encerrar en la vieja y cómoda creencia de que el mundo está contra nosotros, entonces la conclusión no podría ser más lamentable.

Es cierto que durante estas semanas hubo expresiones detestables de personajes que, además de exhibir una llamativa ignorancia, parecieran moverse en ámbitos donde uno supondría un nivel de formación y conocimiento del mundo bastante superior. Sus palabras fueron tan pobres como ofensivas. Pero también es cierto que se trató, en la enorme mayoría de los casos, de episodios aislados que adquirieron una dimensión completamente desproporcionada por la lógica perversa de una época en la que las redes sociales han logrado que la verosimilitud reemplace a la verdad.

Hoy basta con que una estupidez se viralice para que parezca representar el pensamiento de millones. No lo representa. Solo representa la capacidad de las plataformas para amplificar el ruido.

Y si vamos a ser intelectualmente honestos, también deberíamos decir que esa misma jungla digital estuvo repleta de mensajes de admiración hacia la Argentina, hacia su gente y hacia su cultura, provenientes de los rincones más diversos y exóticos del planeta. Hubo afecto, reconocimiento y respeto en una proporción infinitamente mayor que el desprecio de unos pocos.

Por eso sería un inmenso error que, como saldo de toda esta ensalada, concluyéramos que el mundo ha organizado una formidable conspiración antiargentina y que la única respuesta posible consiste en abrazar un nacionalismo ramplón que nos haga mirar exclusivamente nuestro propio ombligo.

Esa reacción no demostraría fortaleza. Demostraría exactamente lo contrario. Demostraría una sociedad primitiva que termina concediéndole a una minoría de imbéciles una importancia que jamás habría tenido sin nuestra propia sobreactuación.

Albert Einstein dejó una enseñanza que conserva intacta toda su vigencia: “La gente débil se venga; la gente fuerte perdona; la gente inteligente ignora.” Allí está la respuesta.

A los pocos idiotas que dijeron sandeces no hay que responderles con una cruzada patriótica ni con una epidemia de chauvinismo. Hay que responderles con indiferencia y con lástima. Indiferencia, siguiendo el consejo del sabio. Y lástima por el espectáculo desolador que produce contemplar semejante concentración de ignorancia.

Porque solo un ignorante como Samuel L. Jackson puede decir que la Argentina es racista porque en su seleccionado nacional de fútbol no hay negros.

¿No será, querido Samuel de mi vida, que en el seleccionado no hay negros porque prácticamente no los hay en el país? ¿No será que, a diferencia del tuyo —en donde hace apenas unas décadas ni tu padre ni tu abuelo podían subir al mismo colectivo que un blanco ni usar el mismo baño— la Argentina no se dedicó ni a cazar ni a comercializar negros como si fueran animales? ¿Y que los pocos que llegaron fueron libres por el solo hecho de pisar el suelo argentino y que, a partir de allí, como todo el resto del crisol de razas que llegó a estas costas, se fundieron en un caldero imaginario dando a luz a una piel nueva, ni completamente blanca ni completamente negra? ¿No será que una de las pocas cosas que este país hizo bien fue esa integración racial que el tuyo repudió hasta no hace mucho? You suck, little Sammy…

Pero justamente ese debería ser el sentimiento predominante entre nosotros. No el nacionalismo exaltado que convierte cualquier crítica en una declaración de guerra. No la tentación de responder con la venganza que Einstein identificaba como propia de la debilidad.

Sino la verdadera grandeza de un pueblo que nació precisamente de una fusión cultural irrepetible. Paradójicamente, pocas cosas resultan menos argentinas que la idea de encerrarnos en nosotros mismos, levantar murallas imaginarias y convertir el ombligo nacional en el centro del universo.

Quienes, desde adentro, sueñan con utilizar este clima para alimentar proyectos autoritarios, para instalar un Duce gritador y pretenden investir a un capitoste con la facultad de atropellar los derechos innatos de los ciudadanos, encontrarán en este barro el alimento que necesitan para mover su molino.

No deberíamos regalarles ese triunfo. La Argentina pujante y progresista no puede caer en esa trampa. Porque, probablemente, no haya país más internacionalista que la Argentina si por internacionalista entendemos una tierra que abrió sus brazos al mundo para invitarlo a venir a buscar aquí una vida mejor.

Hay una ironía imposible de pasar por alto. Todos —sin excepción— los que hoy convocan a una cruzada nacional de encierro, aislamiento y exaltación patriótica llevan apellidos que constituyen la prueba más contundente de que sus propias raíces crecieron en otras tierras. Son hijos, nietos o bisnietos de esa apertura que ahora parecen despreciar.

No defraudemos, entonces, lo que verdaderamente somos. No renunciemos a la extraordinaria riqueza de una identidad construida sobre la diversidad para caer en la pobreza intelectual de quienes creen que la mejor respuesta frente a la ignorancia consiste en parecerse a los ignorantes.

La mejor respuesta es otra. Ignorarlos. Y seguir adelante. Como dirían Messi y Scaloni. Porque, en el fondo, no saben un carajo.

Y una nación segura de sí misma jamás necesita gritar para demostrar quién es. Sólo necesita seguir siendo fiel a aquello que la hizo grande: su apertura al mundo, su capacidad para integrar diferencias y la inteligencia suficiente para no dejar que un puñado de imbéciles le dicte el rumbo de su historia.

Por Carlos Mira
Si quieres ayudarnos a respaldar nuestro trabajo haz click aquí
o podes comprarnos un Cafecito.
>Aruba

One thought on “La peor herencia del Mundial

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *