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Los dilemas de la oposición

Son interesantes los planteos que dividen la discusión, al menos dentro del PRO, en la coalición opositora.

Sabemos que el partido creado por Macri y presidido hoy por Patricia Bullrich es el que más inclinado está -dentro de JXC- a cambios dramáticos en la fisonomía económica y social de la Argentina. 

Los otros dos socios mayores, la UCR y la CC, se sabe que tienen posturas más “suaves” a la hora de modificar el tramado jurídico que se fue armando en el país en los últimos 75 años y que dio origen a una de las decadencias más notorias de un país en el mundo, sin que ese país hubiese estado afectado por una guerra o una catástrofe natural mayúscula.

El propio presidente de la UCR, el gobernador Gerardo Morales, acaba de decir que los “halcones son capaces de chocar un auto en una calesita” como dando a entender que los cambios que proponen son tan drásticos que el país no los aguantaría y que ese grupo es cuando menos ingenuo en sus posturas.

Cuando le preguntaron a Macri su opinión sobre esos dichos se la reservó y solo dijo que cada cual debía hacerse responsable de lo que decía. 

Que Morales se arrogue el monopolio de la “viveza” no parecería ser compatible con la actuación de cada uno en el sector privado en donde Macri puede dar cuenta de cierto éxito que no sé si es el caso del gobernador de Jujuy.

Tampoco queda claro qué es lo que Morales entiende por “aguantar” toda vez que lo que está “aguantando” la Argentina por no cambiar se mide por la cantidad de miles de argentinos jóvenes que se van del país.

Dentro del PRO y de la UCR también hay diferencias. Está claro que las posturas de Patricia Bullrich y de Horacio Rodríguez Larreta difieren en cuanto a la velocidad de los cambios, del mismo modo que hay diferencias entre Alfredo Cornejo y Morales.

Este último ha llegado tan lejos, por ejemplo, como para decir que no hay espacio en la Argentina para bajar los impuestos.

Entonces, Morales ¿cuál sería su cambio? ¿Obviedades como no perseguir gente por cómo piensa como hace el kirchnerismo?

El punto es que ese tipo de cambio, si bien absolutamente imprescindible, no será suficiente para sacar a la gente de la pobreza y detener el éxodo. Se necesita ir mucho más a fondo en la arquitectura económica del país. Si usted no se animaría siquiera a bajar impuestos ¿por qué habría de votarlo la gente?

Bullrich es la que más expone esa grieta. Según ella hay que enfrentar la situación con valentía y fundamentalmente, rápido. Algo similar dejó entrever el ex presidente Macri.

Está claro que más allá de lo que piensen los dirigentes hay que prestarle atención al sentido común y ver lo que éste indica.

Con una situación de menor deterioro que el actual, el llamado gradualismo ya fue ensayado entre 2015 y 2019 con los resultados por todos conocido.

Recrear un nuevo gobierno pálido que enfrente el tsunami que la Argentina tiene por delante con un par de remos de bote, eso sí, es de una ingenuidad pasmosa.

Creer que con un poco de maquillaje civilizatorio el país puede abandonar el sendero de decadencia y pobreza por el que transita desde mediados del siglo pasado, es creer en los reyes magos.

Horacio Rodríguez Larreta tiene una visión ambivalente: cree que los cambios deben ser profundos pero entiende que para que poder implementarlos se necesita un consenso muy amplio, cercano al 70% de la sociedad. 

Por eso su proyecto está basado en la construcción de ese consenso.

El problema es que el Jefe de Gobierno, en su afán por ampliar la base de sustentación torna cada vez más vagos los contornos del cambio que propone.

Supone que si es muy sincero algunos de los apoyos que consiguió se le escaparían.

El punto es que esa no es la pregunta que debería hacerse Larreta. La pregunta debería ser ¿de qué me servirían esos apoyos si, cuando realmente los necesite, me van a soltar la mano bajo el argumento de que lo que intento hacer no fue lo hablado?

Bullrich cree haber encontrado en Cornejo el “modelo mendocino” para proponerle al país. 

Está claro que, si se lo compara con lo que fue el país, Mendoza es una especie de Noruega para la Argentina.

Pero ese mismo modelo, contrastado contra lo que el país precisa para detener el proceso de decadencia y miseria, aparece como demasiado tibio e insuficiente.

A toda esta indecisión a nivel de los dirigentes se suma una posible complicación instrumental agregada maliciosamente por el gobierno que consiste en eliminar las PASO bajo el argumento de que son caras. 

Para un gobierno cuya vicepresidente -en medio de la escasez de fondos públicos que debe enfrentar Massa- acaba de pasar a planta permanente a todo el personal temporario del Senado, es bastante difícil hacerle tragar al país ese argumento. Está claro que se trata de una maniobra para complicar la manera en que la oposición deberá dilucidar sus intríngulis.

Las PASO pueden ser importantes en este aspecto porque es necesario saber cuál es la postura de la sociedad en todo esto: ¿hay espalda para producir un cambio brusco, rápido y profundo a cambio de detener la miseria o se prefiere mantener la mediocridad a cambio de no enfrentar lo desconocido?

Está claro que la oposición es un mosaico cuyo denominador más común es estar contra la locura kirchnerista del pensamiento único, el robo y la persecución. 

Pero cuando las ideas salen de esos extremos execrables y hay que entrar a sacarle punta al lápiz para definir políticas concretas aparecen las diferencias.

La mayor está representada por el nivel de libertad económica que el nuevo gobierno decida implementar. Por allí pasa el meridiano de la discordia. El problema es que por allí también pasa el meridiano de las soluciones.

Por Carlos Mira
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