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Lo que hace posible a los “Fernández”

La rarísima habilidad que el peronismo en general y Alberto Fernández en particular tienen para deshacerse de las culpas por lo que ocurre y para cargar por las responsabilidades de eso a cualquier otro menos a ellos mismos, es francamente notable.

Es más, ni siquiera acusan recibo y se retractan cuando pasa el tiempo y una andanada de evidencias les fue expuesta para demostrar claramente que la culpa es exclusivamente de ellos. Eso jamás. Insisten sobre lo mismo como si nadie les hubiera dicho nada.

Hace ya tiempo, el presidente se levantó un día con la creencia de haber descubierto una tesis económica jamás desarrollada en el país y que era lo suficientemente útil -una vez más- como para eximir de responsabilidades a su partido y a él mismo por uno de los problemas más graves con los que debe lidiar el hombre común: la inflación.

Aquella mañana Fernández -un viejo versero del peronismo que siempre está dispuesto a sacar conejos de la galera para deshacerse de lo que no son otra cosa que las consecuencias de sus burradas- dijo, con un aire doctoral como si estuviera revelando algo que a nadie se le había ocurrido, que la inflación en la Argentina era un fenómeno “autoconstruido”, como dando a entender que, de la nada y como consecuencia de una rara variante del masoquismo, los argentinos eligen vivir bajo este flagelo simplemente porque sí.

Obviamente recibió una avalancha de pruebas que demostraban claramente que lo que estaba diciendo no solo era una soberana estupidez técnica sino que eran las acciones de su propio gobierno y la intrínseca mala praxis de sus ideas lo que hacía que el que país fuera una auténtica excepción en el mundo, porque sólo un puñado de cinco o seis naciones seguían hoy, en pleno siglo XXI, padeciendo ese problema.

Ayer, en una entrevista que le concedió al medio brasileño Band Jornalismo, volvió con la misma cantinela y dijo que gran parte de la inflación “es autoconstruida”, es decir, que “está en la cabeza de la gente”. En el mismo diálogo se quejó por la “fascinación de los argentinos por el dólar”.

En el razonamiento de Fernández, él y su pésimo gobierno (el peor de la historia por lejos) no tienen nada que ver en este completo desmadre sino que es “la gente” la responsable del problema. Es también “la gente” la que, disponiendo de un medio apto para transar, ahorrar y comprar como el peso argentino, sin que exista ninguna explicación, se siente fascinada por el dólar y recurre a él desdeñando la moneda nacional.

La verdad es que uno se pregunta en cuál de los anillos de Saturno vive el presidente. Desde que llegó al gobierno en 2003, el kirchnerismo multiplicó por dos el tamaño del Estado (el peso de las cuentas públicas respecto del PIB en 2003 era del 23%, hoy es del 48%).

Destruyó por completo el orden de la Convertibilidad (que había reducido a cero la inflación durante 10 años); multiplicó el gasto público a niveles siderales; llenó de regulaciones, prohibiciones y restricciones de toda naturaleza a la economía (lo que causó notorias dificultades a los generadores de oferta de bienes y servicios con la consecuente restricción frente a una demanda que, encima, era estimulada artificialmente por anabólicos financiados con emisión); cerró el comercio y la competencia internacional; creó bolsones de militantes a cargo del presupuesto público llevando la dotación de empleados públicos consolidados en todo el país a más de 12 millones de agentes (cuando la fuerza de trabajo activa en el sector privado no llega a 8 millones de personas); multiplicó casi por dos la base de jubilados estatizando las AFJP y concediendo beneficios a personas sin aportes; aumentó la presión tributaria a niveles directamente risibles por lo ridículos (la Argentina tiene más de 165 impuestos), y, como ahogó todas las variantes genuinas de financiación para semejante monstruo de gasto, comenzó una desenfrenada emisión que duplica por año la base monetaria completa.

Frente a todo este manual ideal de cómo generar inflación, el impresentable presidente que solo un país como la Argentina se puede dar el lujo de tener, se permite decir que la inflación es culpa de la cabeza de la gente y de su inexplicable fascinación por el dólar.

Frente a esto uno se pregunta cuándo fue que los argentinos empezaron a preferir voluntariamente lo peor para, con su voto, hacerlo llegar al gobierno.

Porque allí sí que hay una responsabilidad de la gente. Si bien ésta no tiene nada que ver con la inflación (que es un fenómeno económico de exclusiva creación estatal) sí tiene responsabilidad por sentar en los sillones del Estado a verdaderos burros que, además de no tener la menor idea sobre cómo funcionan los fundamentos más primarios de la economía, encima culpan a los ciudadanos de lo que no son otra cosa que las consecuencias de sus propias ignorancias.

Y no solo eso, sino que, incluso, cuando una andanada de demostraciones de toda clase le son tiradas literalmente por la cabeza al presidente para que cese con su inveterada costumbre de propagar sandeces, él insiste con lo mismo como si todo lo que se le dijo no hubiera servido para nada.

Aquel dicho que afirma que es preferible quedarse callado y pasar por tonto antes que abrir la boca y remover toda duda, le es aplicable a Fernández poco menos que todos los santos días.

Aun cuando, pensándolo bien, el mote de “tonto” es en realidad un regalo para Fernández, una forma de reducir a un nivel inocente de la maldad lo que en realidad es el presidente: Fernández es un impresentable cínico; un personaje para con el que no habría que tener ninguna misericordia. Ni siquiera aquella que supone considerarlo un “tonto”. El presidente no es un tonto que ignora el daño que provoca: provoca el daño aun a sabiendas de que lo provoca. Si su conducta no estuviera amparada por la no judicialización que protege las decisiones políticas podría hablarse tranquilamente de dolo en los términos del Código Penal.

Pero remover a los impresentables del gobierno que generan las peores condiciones de vida para el pueblo al que luego imputan lo que no son otra cosa que las responsabilidades de ellos, es una tarea que recae sobre el voto inteligente de los argentinos.

Mientras esa decisión personal que consiste en levantarse el día de las votaciones y dirigirse a tomar un pedazo de papel para introducirlo en una urna esté gobernada no por el raciocinio sino por impulsos bajos que responden a envidias, recelos y resentimientos que vienen desde el fondo de los tiempos, esto no tendrá solución y el propio sistema generado por ese voto permitirá que personajes como Fernández no solo sigan sometiendo a millones de la miseria de la inflación sino que, encima, los culpen por la existencia del problema.

Por Carlos Mira
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5 thoughts on “Lo que hace posible a los “Fernández”

  1. Andrés

    Buenas tardes Charly;
    Todos los días creo que no se puede superar el dislate que estamos viviendo, para el próximo vivir qué día a día superan la capacidad de mentir, de falsear, de sobrepasar el ridículo.

  2. Susana

    COINCIDO EN TODO LO QUE HE LEÍDO..ESTE GOBIERNO NO DA PARA MÁS..Y TODOS SUS MINISTROS SON EL HAZME REÍR DEL PUEBLO..NO DAN PIE CON BOLA,NI SON CAPACES DE TENER PENSAMIENTOS NI ACTITUDES COHERENTES…SÍNDROME DE LA PARANOIA..LA CULPA SIEMPRE,LA TIENE “EL OTRO”…

  3. Carlos

    Excelente extraño la epoca del $ convertible
    GRACIAS DR X ESCLARECER A QUIEN
    LEA SU EDITORIAL

  4. Matias

    El truco consiste en no decir nada genuino durante la campaña, y repetir las cantinelas propias de cada partido (para un peronista nada mejor que otro, todo tiempo feliz fue siempre peronista, etc, etc) y de esta manera, dejar por sentado solo que el candidato ES peronista. Al no haber prometido practicamente nada, luego se tiene via libre para hacer lo que se desee. Hasta ahí, digamos que es el manual promedio del politicuho argento. Lo mas misterioso del asunto, es que luego de haber mostrado las hilachas del caso, una parte importante, aunque minoritaria, de la sociedad, siga “bancando” al mequetrefe y su titiritera, como si fuesen estadistas de primer nivel. Este es un misterio que aun no he podido resolver, pero que tiene sus bases en el pensamiento mágico y en haber logrado dividir a la sociedad (mediante la grieta) en dos sectores: el “sintiente”, que se moviliza y actúa por emociones y discursos sensibleros y al que no le entran los datos, la información, la realidad, los hechos (Los K, las izquierdas y toda esa runfla); y el pensante que sólo juzga por hechos y no abraza dogmas, banderas y/o discursos sensibleros. Por eso es que la grieta es un mecanismo de control extraordinariamente eficaz para obtener una base de imbéciles irracionales, altamente emocionales y vagos que aplauden cualquier estupidez mientras lo que se les diga tenga la carga sentimental necesaria para llenar los vacíos y resentimientos de sus tristísimas, mediocres y frustradas vidas. Ojalá alguna vez un verdadero estadista se preocupe por trabajar en ilustrar genuinamente a estas hordas de sentimentales cuyos votos, de seguir ejerciéndose, no harán mas que continuar arruinando a nuestra sociedad.

  5. José A.D. Portaluri

    Una mentira cuando se la repite una y otra vez sin ser negada en eso que falsamente afirma, pasa a tener el valor de lo verdadero. Goebels, hizo de esta premisa una estrategia política. Hasta la vida de algunos, perdió valor por las mas variadas razones. El holocausto encontró justificación en esta línea de pensamiento colectivisado. La idiotes afirmada cómo conchuda verdad, sobre la TAXONOMIA inflacionaria, se elimina con la mejor arma que todo ciudadano tiene y debe ejercer al momento de ser convocado cómo cuarta potencia de un estado: es el voto. En lo inmediato, la idiotes que partió del máximo referente político, debe ser negada, ridiculizada por toda la sociedad NO LOBOTOMISADA, que es la única en capacidad de aceptar una idiotes de semejante calibre, como verdad.

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