Lo que está en juego

¿Qué es lo que está en juego en la Argentina? ¿Qué es lo que el kirchnerismo pone en peligro?

Por supuesto que respuestas “grandes”, casi épicas, surgen cuando se plantean estos interrogantes. “La Libertad”, “la Justicia”, “la seguridad”, “la propiedad privada”, “los derechos civiles”. Y podríamos seguir…

Todas esas respuestas son ciertas. Completamente ciertas. Pero tratemos de bajar un poco la vara. Tratemos de llevar a una terminología un poco más mundana lo que vayamos a responder.

Cuando hacemos ese esfuerzo advertimos que, incluso, la conclusión puede ser más grave que la que queríamos dar apelando a los elevados valores que comentamos antes.


En efecto, esa respuesta, menos pulida, más de entrecasa, más coloquial y de todos los días, nos lleva a la conclusión de que lo que está en juego en la Argentina, aquello a lo que el kirchnerismo le ha declarado la guerra y pone, en consecuencia, en peligro, es un estilo de vida.

Exactamente: un estilo de vida. La idea mismísima idea de que el trabajo honrado, creativo y esforzado es la vía del progreso social y de que ese progreso social es algo bueno en sí mismo (porque es del todo lícito querer alcanzar mayores niveles de riqueza, de confort, de comodidad, de querer tener una casa mejor, un auto mejor, una vacación mejor; de poder viajar, educar a los hijos en los mejores colegios, vivir tranquilo y en paz; en armonía con la familia, los amigos y en concordia con el resto de la sociedad) es, justamente, lo que el kirchnerismo está queriendo controvertir y -eventualmente- anular y reemplazar por otro sistema en donde básicamente no haya ascenso social sino una paridad material de bajos ingresos, iguales en las carencias y en la pobreza; en donde la subsistencia -aún en esa atmósfera decadente- dependa, no ya del “Estado”, sino de la concesión graciosa de un jerarca poderoso que decidirá en función de obediencias y sometimientos políticos.

Lo que está en juego es la existencia de una sociedad multicolor, armónica, desigual en el ascenso, pero siempre ascendiendo siempre; vivaz, movida, siempre optimista, convencida de que lo mejor está por venir y de que el mayor porcentaje del diseño del horizonte individual está en las manos de cada uno.

Una sociedad creativa, ágil, integrada por individuos, que cuando parecen tenerlo todo en un lugar, levantan su campamento y deciden ir a conquistar otro lugar.

Ese perfil desafiante (pero no el sentido bravucón del barrabrava de cuarta, sino en el de los espíritus inquietos que siempre buscan algo mejor) pretende ser reemplazado por una estructura rígida, similar al de una barraca militar, en donde todos seamos iguales, uniformados,  obedientes a la voz cantante de un comandante.

El kirchnerismo es, en ese sentido, algo así como de la “etapa superior del peronismo”, una especie de perfeccionamiento de la génesis del movimiento creado por el Coronel Perón -lógicamente a imagen y semejanza de su cultura  militar que, para colmo, perfeccionó en la Italia de Mussolini- en la que los individuos se convierten en una suerte de soldados o engranajes, tal como los combatientes eran para las organizaciones guerrilleras de los ’70.

Para el logro de este objetivo es fundamental, por ejemplo, derribar la idea del mérito como mecanismo de mejora. Por eso se está haciendo ahora todo un trabajo sincronizado y casi sistemático sobre esa cuestión en menciones y comentarios casi cotidianos con los que se bombardea a la sociedad sin descanso.

También es preciso desmoralizar a la sociedad abatiéndola todos los días con acosos criminales o ataques que la dejen estupefacta (como los robos, las tomas de tierras hechas ante la vista de todos, de prepo y con el aval de las autoridades que se ponen del lado de los okupas y expresamente en contra de los derechos de los propietarios). Esas arbitrariedades reciben el endoso expreso de los funcionarios con lo que la buena gente queda como colgada de la palmera, sin entender demasiado cómo todos los valores que ellos conocieron de la vida pasan a estar dados vuelta como una media.

Ese retorcimiento cruel de los cimientos fundacionales de una cultura causan un tremendo desasosiego en lo más profundo de las personas honradas que quedan como paralizadas, sin poder creer lo que sus ojos ven y lo que sus oídos escuchan.

Esa parálisis, a su vez, es utilizada en provecho del objetivo perseguido que consiste, justamente, en doblegar esas convicciones hasta lograr cambiarlas por sus contrarias.

Una sociedad debe estar muy fuerte alrededor de un cuadro axiológico firme para lograr salir indemne de este embate. Y obviamente la sociedad argentina está muy lejos de ostentar esa firmeza.

Al contrario, existen muchísimas dudas sobre lo que está bien y lo que está mal, algo que, de por sí, constituye un aclamado triunfo del bombardeo gramsciano al que la educación viene siendo sometida desde hace décadas.


Los chicos argentinos fueron objeto de un experimento bastante exitoso que consistió, justamente, en relativizar los valores de sus padres y abuelos (los que hicieron lo que alguna vez fue la Argentina opulenta, con perdón de la palabra). Ese proceso, además de estar elevado hoy a la enésima potencia, está acompañado por otra serie de herramientas cuyo objetivo es la destrucción final del molde occidental de la Argentina.

Se necesita un cimbronazo fuerte para detener este mecanismo diabólico de destrucción de un estilo de vida (ya no estoy muy seguro de decir nuestro estilo de vida). Si el plan se completa y la destrucción se materializa ya no seremos personas, sino zombies a las órdenes de un jerarca.

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