Las dos Argentinas

El viernes nos preguntábamos aquí qué era la Argentina; cuántas Argentinas había, cuál era la verdadera.

Probablemente la elección del domingo no haya sido capaz de responder esa pregunta. El 48% de la gente prefirió ignorar el robo, la corrupción, el crimen, el fascismo, y la concepción autoritaria de la vida y votar al kirchnerismo. El 40% de la sociedad pese a las carencias económicas, la falta de trabajo, el desplome de muchas actividades y la inflación eligieron respaldar al presidente Macri.

¿Hay un conjunto de valores moralmente superiores en este choque de realidades? Para mí sí. El gobernador electo de la Provincia de Buenos Aires había dicho durante la campaña -con tono de justificación- que mucha gente se había vuelto dealer de la droga por la falta de trabajo.

¿Justifica la privación económica la preferencia por el crimen? Esta es una duda que va al fondo de la moralidad nacional y del tipo de respuesta que obtengamos probablemente podamos discernir el tipo de futuro que nos espera.

El voto de ayer parecería que nos entrega una respuesta afirmativa a esa pregunta. Por lo menos una parte sólida de la sociedad (48%) nos dijo que debido a la situación económica ha decidido hacer la vista gorda frente al robo, al envilecimiento moral, al crimen y a la corrupción con tal de ilusionarse con la idea de que los ladrones nos entreguen una economía mejor.

Otra parte de la sociedad  -por escaso margen, casi igual a la anterior- nos dijo que no; que prefiere aguantar las privaciones antes de entregarle el gobierno a un conjunto de mafiosos. En algunos carteles de las marchas del “Sí, se puede” se leía: “Los errores se corrigen, la inmoralidad no”.

Entonces, ¿hay una mitad del país moralmente superior a la otra mitad? ¡Qué pregunta incisiva! ¡Qué interrogante duro!  Pero déjenme arriesgar una respuesta: Sí: hay una mitad del país moralmente superior a la otra mitad. Las elecciones nos lo dijeron claramente: a una mitad de la sociedad no le importa el que robó si al mismo tiempo se cree que, ese que robó, es capaz de hacerlos vivir mejor; no le importa endosar a quien justifica hacerse dealer porque no se tiene trabajo.

Y aquí viene otro drama. Porque el hecho es que los ladrones no hicieron vivir mejor a esa porción de la sociedad. La engañaron. Durante años les dijeron que la luz valía $20, el gas $15, el agua $10. Le hicieron creer una mentira que emborrachara sus sentidos para que esa alcoholemia les impidiera ver el latrocinio del Tesoro Público. La pobreza creció. La población en villas se multiplicó por 300. Los índices que lo hubieran puesto de manifiesto se destruyeron a la vista de todo el mundo. Se dijeron cosas que hoy, con la perspectiva del tiempo, resultan increíbles, como que medir la pobreza resultaba “estigmatizante”.

Fuera del poder, el fascismo se comportó como lo que es: una fuerza facinerosa. En muchos aspectos el fascismo es genial. Usando una metáfora deportiva podríamos decir que te acusa de que “vos jugás al fútbol”; luego, por la vía de su fuerza bruta, te obliga a “jugar al rugby”. Y termina acusándote de que “por jugar al fútbol” causaste los desastres que causaste.

Esa metáfora es particularmente visible con la cantinela del “neoliberalismo”. En primer lugar pone de manifiesto una ignorancia esparcida: el neoliberalismo no existe. Ninguna corriente de la filosofía mundial se conoce con ese nombre. Lo que existe es el liberalismo. Por lo tanto, cada vez que escuche “neoliberalismo” entenderé qué es lo que un ignorante quiere entender por liberalismo.

Muy bien: el fascismo kirchnerista acusa a Macri de hacer liberalismo. Con su fuerza bruta impide la puesta en marcha de cualquier medida liberal. Y luego acusa al liberalismo de ser el responsable de la situación creada. Se aprovecha del lavado de cerebro gramsciano al que la sociedad fue sometida en ese sentido durante los últimos 80 años y sigue machacando sobre el punto para terminar de asesinar a quién sabe es su verdadero enemigo: la libertad.

Ayer, la verdadera jefa del nuevo gobierno, la multiprocesada Cristina Fernández, ninguneó públicamente al presidente electo y encumbró al nuevo gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, en una clara señal de cuál son sus verdaderas intenciones. Se animó incluso a marcar la cancha de lo que sería el encuentro de esta mañana entre los dos presidentes, el saliente y el entrante. Esa usina de poder fascista esta en cabeza de la ex presidente.

Si Alberto Fernández de verdad está inspirado por las buenas intenciones deberá ensayar una obra maestra del maquiavelismo político: encontrar la manera de deshacerse de la otra Fernández y del fascismo kirchnerista.

El presidente Macri por su lado se ha encontrado con una situación inesperada. Ha remontado una elección increíble. Perdió por 2 millones de votos una elección que antes había perdido por 8. Recuperó seis millones de votos en un mes y medio. Recortó a la mitad la ventaja que Fernández le había sacado en las PASO y demostró ser un caballero felicitando al ganador e invitándolo a desayunar hoy, algo muy distinto de lo que hicieron con él.

¿Qué hubiera ocurrido si se desdoblaban las elecciones de Buenos Aires?, ¿qué habría pasado si se hubieran tomado las primarias con responsabilidad?, ¿qué habría sucedido si el marketing político de Marcos Peña y Durán Barba se hubiera reemplazado por los contactos personales con la gente, como ocurrió con las marchas del “sí, se puede”? Nadie puede saberlo ahora.

¿Seguirá existiendo Cambiemos? ¿Será Macri su jefe? ¿Ha aparecido en el horizonte presidencial el nombre de Horacio Rodriguez Larreta? ¿Se ha abierto una herida entre el presidente y la gobernadora de Buenos Aires?

Son preguntas que no tienen respuesta por ahora. Como tampoco la tienen si volverá la cleptocracia al poder, si la sociedad volverá a dejarse engañar; a dejarse invadir por el narcotráfico y si permitirá que el país se encolumne detrás de los impresentables de la Tierra.

Son interrogantes de cuya respuesta depende que la Argentina tenga una nueva oportunidad o caiga para siempre en la servidumbre.

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