Frente a una decisión

El tiempo se terminó. Miro por la ventana y veo brillar el sol y me pregunto si seguirá brillando a partir del lunes, aun cuando esté allí, presente en el cielo.

Me pregunto, también, cómo llegamos hasta aquí. Como es posible que en una increíble vuelta de campana el país esté por caer, una vez, más en manos de lo peor que su cultura política ha prohijado… En manos de delincuentes, de fascistas, de narcos. ¿Qué hemos hecho los argentinos que trabajamos para merecer este castigo?

Por supuesto que el partido aún no se jugó y que la esperanza es lo último que se pierde. Pero aquel resultado de las PASO, más allá de las “distracciones” de las que ha sido culpable el gobierno, fue una respuesta delictiva que muchos no esperaban.

Y digo “delictiva” porque ese fue el resultado de la aquiescencia con el delito, de “hacer la vista gorda” frente a los que roban, a los que corrompen, frente a los que dejan que los demás roben (si lo hacen “con códigos”, como dijo Guillermo Moreno) frente a los que envilecen a la sociedad con la droga y frente a los que no trepidan en matar para ocultar su maldad.

Parece mentira que el país que vio morir a un fiscal justo 24 horas antes de que debiera presentarse ante el Congreso para ratificar su denuncia contra la presidente de la República, actúe como si nada de eso hubiera ocurrido. ¿Será que la Argentina merece su destino?

Y es frente a preguntas como ésta en donde las respuestas comienzan a flaquear. ¿Qué es la Argentina? ¿El promedio de su mayoría? ¿Solo su mayoría? ¿La mayoría pero también la minoría?

¿Es justo que la minoría deba pagar los precios a los que la somete las decisiones del promedio de la mayoría? ¿Hay dos Argentinas? ¿Debería haberlas?

Por supuesto que es muy injusto que una connivencia de una mayoría con el crimen (o con el crimen aceptado) termine hundiendo a una minoría que no hace otra cosa que trabajar.

El país ha transformado al éxito en un pecado. O mejor aún: convirtió en pecado al éxito conseguido a través del trabajo lícito.

A ese personaje abnegado, que generalmente se abre camino solo en la vida, lo ha destruido. Lo ha señalado como una mácula indefendible y se ha propuesto hundirlo bajo una oleada colectivista.

Lo ha hecho con impuestos, con persecuciones, con envidias, con resentimientos. Lo ha hecho con maldiciones, con señalamientos, con odios, con rencores. El argentino nunca aceptó que alguien igual a él tuviera éxito bajo el mismo sistema de leyes que lo regía a él.

Cuando vio ese éxito prefirió atribuirlo a otra cosa. “Ése es un mafioso”, “algo habrá hecho”. “algún curro habrá encontrado”. La simple idea de que ese otro podía ser mejor que él aun cuando ambos estaban regidos por las mismas leyes, simplemente no fue una opción dentro del pensamiento masa.

Alguien nos convenció de que si vemos a alguien crecer más rápido que nosotros eso es atribuible a la trampa, pero nunca al esfuerzo, a la creatividad o a la inteligencia.

Todo el discurso (verso) político que se armó alrededor de esa repugnancia fue el que prendió en la Argentina; los argentinos prefirieron, libremente, creer eso.

De nuevo, una vez más: ¿qué argentinos?, ¿todos?, ¿una mayoría?, ¿una minoría prepotente y con modales de matón? No importa a esta altura.

En el país ha triunfado la ignominia. Ha triunfado la mentira, la demagogia, el facilismo. En el país ha triunfado el resentimiento, el rencor, el clasismo. Esa oleada de odio es potente. No piensa en el perjuicio propio. Piensa solo en el daño ajeno. No le importa el delito, el robo, la corrupción, el narcotráfico, la inseguridad, si todo eso sirve para no ver a nadie por encima de uno mismo, aun cuando el sistema necesariamente cree una casta de privilegiados que vivirán como garrapatas que les chupan la sangre a los que trabajan.

Esa servidumbre no le importa al argentino, siempre y cuando esa servidumbre sea igualitaria; no le importa comer mierda, con tal que el vecino la coma también. Si para eso es necesario encumbrar a una horda de salvajes a un escalón obscenamente desigual, no importa: mi problema no es a quién veo de lejos, sino a quien tengo al lado. Es a ése a quien no quiero ver separándose de mi. Y si lo hace, no es porque es mejor; es porque hizo trampa. Una trampa que un Supremo debe reparar. Un Supremo al que me someteré de buen grado si logra cortarle la cabeza a quien me superó.

¿Toda la Argentina es así?, ¿todos los argentinos son así?, ¿qué es la Argentina? Y allí comienza, una vez más, como una noria, la rueda de preguntas.

Repito: las respuestas ya no interesan a esta altura. Si así son todos los argentinos, una mayoría de ellos o una minoría con modales de matón, no importa. A los efectos prácticos el resultado es el mismo: rechazamos las desigualdades de la libertad y sin libertad habrá pobreza. Cada vez más. Sin libertad, habrá servidumbre. Cada vez más.

En el fondo la elección del domingo es entre la libertad y la servidumbre. Muchos argentinos ya eligieron. ¿Ustedes también? Deberíamos intentar ser libres. Por una vez en la vida. Intentar aceptar el riesgo de no ser iguales; intentar la aventura de progresar aun cuando otros progresen más que nosotros.

Nos hemos convertido en una sociedad fea; gobernada por valores horribles que nos conducen al barro y a la miseria. Rebelémonos contra el rastrerismo que supone no aceptar al otro. Rebelémonos contra el fascismo. Rebelémonos contra la mentira y los mantras colectivistas. Rebelémonos contra 75 años de decadencia. Intentemos algo diferente. Frenemos el disparate y la venganza; el sarcasmo y la ironía. Rebelémonos contra el resultado puesto. Saquémonos el miedo al fracaso personal, porque por tener miedo a fracasar personalmente hemos fracasado como país. Y como magistralmente ha dicho Osvaldo Bazán “seamos libres; lo demás se arregla”. 

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