La encrucijada del gobierno

Mientras el gobierno se apresta a avanzar con restricciones de circulación, trabajo y nocturnidad, el país es consciente de que, dependiendo del alcance de esas decisiones, se puede generar una situación conflictiva que puede escalar hasta niveles desconocidos de rebelión.

En Formosa, hace un mes, el gobernador fascista de esa provincia, Gildo Insfrán, creyendo que conservaba su poder y que podía seguir manejando a sus ciudadanos como esclavos, dispuso una profundización del aislamiento en sus centros de concentración, especialmente en la localidad de Clorinda, y la gente, con éxito, desafió su autoridad, se rebeló y desoyó olímpicamente lo dispuesto por el Duce.

Las imágenes de aquella sociedad en la calle pese a la vigencia de un virtual toque de queda, recorrieron el país y el mundo.


De modo que el gobierno aquí debería medir muy bien lo que va a hacer. Ya dijimos ayer que lo que ocurre hoy en materia económica y sanitaria es la consecuencia del desastroso manejo que el kirchnerismo ha tenido de la administración, ocupado, como está, únicamente de tramitar la libertad de la señora Fernández.

Cuando la pandemia apareció en el mundo hace un año, el castrochavismo kirchnerista creyó haber recibido un regalo del cielo. Como ya resulta muy claro, su plan era avanzar en el sentido de un cercenamiento de las libertades públicas, los derechos civiles y toda la arquitectura jurídica diseñada por el modelo de la Constitución de 1853. Siempre tuvieron ese plan en mente y, naturalmente lo siguen teniendo.

Desde 1987 en que Néstor Kirchner accedió por primera vez a la intendencia de Río Gallegos, el plan fue consistente y permanente: utilizar la política como máscara legítima para encubrir una organización criminal dedicada a saquear el Tesoro Público, ascender la pirámide política primero en la provincia y luego en la Nación para multiplicar las ganancias de la banda.

El correr del tiempo obligó a la utilización de distintos camuflajes y a producir metamorfosis que fueran funcionales a los objetivos de la organización. Así, por ejemplo, Menem fue “el mejor presidente que pisó la Patagonia, desde Sebastián Caboto” mientras les transfería recursos petroleros extraordinarios cuyos fondos nunca más aparecieron, o el más deleznable personaje bajo las estrellas cuando Kirchner descubrió el formidable negocio de “la izquierda”.

A caballo de la furia popular por la crisis de 2001 y bajo las condiciones que todos conocemos respecto de cómo llegó al poder, el capo santacruceño se rodeó del revolucionismo de los ’70 porque rápidamente advirtió que -en sus propias palabras- “la izquierda te da fueros”.

Como fueros era lo que precisaba para robar sin ser perseguido por la Justicia, abrazó el izquierdismo populista para darle una pátina de épica revolucionaria a su gesta de apropiación de los fondos públicos.

Ya sabemos que ese verso trabaja sobre la supresión de la libertad individual y de los derechos civiles y sobre la idea última de suprimir la noción de la propiedad privada. De modo que para seguir manteniendo “los fueros de la izquierda” el kirchnerismo, primero con Néstor y luego con su viuda, profundizó la construcción de un muñeco socialista que le diera sustento ideológico a su actividad delictiva.

Desde que advirtieron que haciéndose pasar por revolucionarios de izquierda tendrían un salvoconducto legitimador para robar, su propio plan pasó a incluir la idea de avanzar sobre la libertad y sobre los derechos individuales.

Cuando la pandemia estalló creyeron estar en presencia de un formidable motor acelerador de su proyecto: después de todo, avanzar sobre los derechos civiles iba a ser más fácil y más rápido de lo pensado; incluso hasta iban a contar con el apoyo de aquellos a quienes los derechos se le quitaban… “Es por la salud de los argentinos…”, dirían.

Seguramente creyeron que, como siempre, el capitalismo democrático descubriría rápidamente la forma de salir del problema aunque ellos ya no volverían atrás con la restauración de las libertades perdidas: el empome estaría consumado, casi sin costo y con toda ganancia para ellos.

Pero los hechos terminaron desarrollándose de otra manera. La solución al problema del Covid fue más compleja, incluso para los avances científicos del capitalismo democrático. El tiempo pasó y las penurias económicas, de la mano de las prohibiciones y de las restricciones a los derechos, se profundizaron.


Para colmo prometieron vacunas (en otro capítulo de su relato épico) que no llegaron y que, cuando lo hicieron en escasa cantidad, no tuvieron mejor idea que robarlas para aplicárselas ellos mismos. La paciencia estalló.

Es en este escenario de “paciencia estallada” en que el gobierno debe tomar decisiones que probablemente le vayan a impactar en el único campo que les preocupa: el resultado de las elecciones de octubre.

Para seguir sentados en los sillones que le dan acceso al botín público, deben ganar. Es más, la “señora” particularmente debe ganar para aspirar a seguir presionando a la Justicia para salir absuelta de los múltiples cargos por los que está procesada.

Ver cómo el gobierno resolverá esta encrucijada plantea un interesante análisis para hacer con la perspectiva que da la distancia. Claro que la perspectiva de la distancia no se lleva muy bien con las privaciones que padecen los argentinos.

Por Carlos Mira
Si querés apoyar a The Post Argentina, podés hacerlo desde aquí.

Deja un comentario