La Capital, la policía bonaerense y una sospecha

Cristina Elisabet Fernandez consiguió añadir otro eslabón en la larga cadena de venganzas que se había propuesto.

Desde antes de las elecciones viene machacando con su discurso resentido en contra de la ciudad en la que vive con palabras llenas de furia y envidia clasista. Habló de la “injustica” que conlleva el hecho de que en Buenos Aires “hasta los helechos tengan luz y agua” y en el conurbano la gente viva hacinada.

Probablemente nunca se preguntó por qué esas dos realidades son diferentes. Quizás no recuerda que ese cinturón bonaerense que rodea a la Capital viene siendo gobernado por el peronismo desde hace más de 30 años, mientras que la ciudad, desde que es autónoma, nunca conoció una administración del color que ella representa. Coincidencias nomás. Quizás por allí la vicepresidente podría encontrar un indicio para resolver una diferencia que ella pretende terminar por la vía del rencor, como hace con todo..


En su odioso fuero íntimo “se la tenía jurada” a la ciudad. Como venimos diciendo aquí hace bastante tiempo, su plan no solo es pretensioso en materia de impunidad, también lo es en materia de venganza. Just for the sake of it, como diría un inglés, “solo porque se le canta”. No se conforma con salir indemne de las causas que tiene abiertas en la Justicia. Además quiere ver a sus enemigos de rodillas. Y no va a parar hasta conseguirlo.

En ese sentido, desde que estalló la pandemia del coronavirus, viene dinamitando la relación que su marioneta entabló con el Jefe de Gobierno de la ciudad. Hace rato que le dio la orden de que termine con ella y que le saque a Buenos Aires los fondos que Macri había reconocido como consecuencia del traspaso de la policía.

Hace días que Fernández comenzó a insinuar algo cuando habló de la culpa y la vergüenza que siente cuando ve a Buenos Aires “tan bella y rica”. En línea con lo ordenado por su jefa, el presidente sobreactúo la idea del oprobio que le causaba la ciudad con la manifestación estética de su éxito, algo que, según él no podía continuar.

En ese marco, misteriosamente, casi de repente, surgieron los levantamientos policiales de la provincia de Buenos Aires. Inmersos en un escenario “tragable” (porque los policías realmente ganan una miseria) el movimiento de los polis se expandió como un reguero de pólvora y en menos de 48hs llegaron hasta las puertas mismas de la casa del presidente.

Recogiendo incluso la solidaridad de la oposición (que cuando fue gobierno no recibió la conmiseración peronista ni en una sola de las tantas afrentas a las que estuvo expuesta) el gobierno -manejado por la comandante de El Calafate- citó a Olivos para un mensaje del presidente.

Allí Fernández comenzó a delinear el discurso del igualitarismo socialista, mendicante, envidioso y resentido que le pavimentaría el camino hacia el perfeccionamiento de un nuevo robo.

El presidente llegó hasta comparar los kilómetros cuadrados de superficie de la ciudad de Buenos Aires con los de la provincia de Buenos Aires. Estuvo a punto de hacer revisionismo cuando habló de que la provincia había tenido el “gesto” de ceder parte de su territorio para la constitución de la capital. Y, como era de esperarse, cayó en el lugar común de la plata, del dinero.

Fernández habló de la “epopeya de hacer de la Argentina un país más equilibrado”. El problema es que él y su jefa quieren hacerla más equilibrada en la mugre de la miseria y no en el brillo de la opulencia que tanto parece avergonzarlos (siempre que sea una opulencia ajena y no de sus propios bolsillos, claro está).

El presidente se refirió al ingreso medio de la ciudad y al ingreso medio de la provincia. Y se quejó de que el ingreso de la ciudad sea el doble del de la provincia. Pero frente a ello lo único que se le ocurre es tomar medidas para arrastrar a la ciudad al nivel miserable de la provincia y no hacer algo para conseguir lo contrario, es decir, que los bonaerenses alcancen la abundancia de la ciudad.

El conflicto de la policía de la provincia de Buenos Aires, termina con un manotazo a los bolsillos de los porteños, que, como todo exitoso, paga el pato en la Argentina por el mero hecho de serlo.

El peronismo vuelve a demostrar que aprovecha cualquier vicisitud para atacar a quienes ellos consideran sus enemigos y a quienes la comandante les juró venganza.

En un acto de completa hipocresía, Fernández se definió como “un hombre de dialogo” cuando no habían pasado aun 24 hs desde que había rechazado una invitación de Juntos por el Cambio, justamente para sentarse a conversar.

En este contexto, me permito dudar de todo lo que vimos. Capaces de hacer cualquier cosa para  causar daño a todo lo que no sea peronista, los creo con creces. De modo que no me resultaría muy fantasioso suponer que lo del movimiento de la policía fue una jugada armada para catalizar el golpe de gracia a la ciudad.


Ayer ya circulaban por las redes fotos del policía que se subió a una torre en La Matanza en las que aparece con Verónica Magario cuando ésta era concejal y también compartiendo un estudio de radio con Luis D’Elía.

La Argentina es una víctima de la calamidad peronista. Hasta los borregos que creen salir beneficiados por acogerse a su protección estarían inmensamente mejor si en el país imperara la libertad y la Constitución. Los únicos que estarían peor en ese caso, serían los jerarcas; los que el sistema convirtió en una especie de corte feudal que vive como reyes del sacrificio del pueblo y a la que no le importa nada más que el poder y el dinero que pueda robar de aquellos que lo producen con licitud y honradez.

¡Viva Perón!

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