La Argentina no es Venezuela pero va por buen camino

Por Loris Zanatta

La Argentina no es Venezuela, pero lo intenta. Hay semejanzas que dejan pensando. A ver si esta historia les sugiere algunas.

Hacia 2004, una ola de ocupaciones sacudió el campo venezolano. ¿Espontánea? Como abetos en los trópicos, palmeras en los polos. Hugo Chávez dirigía la orquesta, sus secuaces golpeaban el bombo. El grito de batalla aún no era “tierra, techo, trabajo”, el papa Francisco era monseñor Bergoglio, los “movimientos populares” no gozaban de fama mundial. Pero el fondo ya era eso: el “pueblo surgido de la oscuridad”, tronó el caudillo por cadena nacional, volverá a los campos de donde los ha expulsado el “neoliberalismo”, los campos exentos de la inmoralidad de las ciudades opulentas.

El chavismo banqueteaba con el petróleo, pero teorizaba una Arcadia rural. Prometió prosperidad, juró erradicar la pobreza: aguanta caballo.

Muy raro: tierra de inmigrantes, Venezuela es un país urbano. Pocos de esos improvisados ocupantes habían sido alguna vez campesinos, menos aún tenían la vocación de serlo: obtenida la tierra, muchos la abandonaban para regresar a la ciudad. No importa. Ante el “clamor popular”, Chávez anunció una reforma agraria: repartir la tierra, combatir el latifundio, ocupar los terrenos improductivos; música para oídos revolucionarios, bálsamo para corazones cristianos, Viagra para tiernos intelectuales.


¿Las invasiones, expropiaciones, requisas violaban la ley? ¿Infringían la Constitución que protegía la propiedad privada? ¿”Su” Constitución? Olvídenlo: ¡es la Constitución del pueblo, no de los “escuálidos”!

Se vio de todo: teatro político, espejuelos, acuerdos por la trastienda. Un gobernador se ensañó contra una reserva natural, modelo de eficiencia y destino turístico: ¡era propiedad privada, intolerable! La arruinó. Las ocupaciones se extendieron a los predios urbanos, ante el aplauso de los funcionarios. ¿Cómo medir la productividad de la tierra? La lógica de la tribu se impuso: los “latifundios” baldíos para incautar eran las tierras de los enemigos, los “productivos” eran los de los clientes del régimen. Los invasores solían quemar las cosechas: la tierra quemada parecía sin cultivar y el Estado enviaba a los militares a requisarla. La propiedad, se sabe, corrompe el alma: ¡créense cooperativas!, ordenó entonces Chávez.

Ábrete cielo: el gobierno les ordenó qué debían cultivar, pero no les brindó maquinaria ni asistencia técnica. Habilidades, productividad, legalidad: al macerador. Reinaban el caos, la corrupción, el clientelismo, la arbitrariedad. Especialmente la ineficiencia. Chávez se jactaba de repartir millones de hectáreas, pero era una patraña: no había demanda de tanta tierra y el Estado no sabría cómo hacerlo. “No le importa producir más”, señaló un diplomático, sino “controlar la cadena del suministro de alimentos”, capturar los votos rurales, hacerse el Cristo que redime a los pobres. ¿Soberanía? ¿O hambre?

La producción colapsó. Leche y maíz fueron los primeros en escasear; luego frijoles, trigo, huevos, pollo. El control de precios, arma letal, les dio el golpe de gracia. ¿De qué sorprenderse, si lo mismo le pasó incluso al sector petrolero, el ganso de oro venezolano ? ¿Si en pleno auge de los precios la petrolera estatal no lograba producir la cuota que le asignaba la OPEP?

La ineptitud estaba en todas partes, dorada por enfáticos llamamientos al pueblo, por vacuas peanas a los pobres: “Ninguna asociación con el capital privado -confió el presidente de Pdvsa-, solo expropiaciones”. ¡Enhorabuena!

Expuestos a la picota, señalados por pecadores culpables de producir y ganar, por codiciosos explotadores del pueblo, los propietarios estaban de espaldas a la pared: tanto los más grandes y poderosos como los más pequeños e indefensos. Ni lerdos ni perezosos, sumaron dos y dos: el chavismo usaba las instituciones estatales para apropiarse de sus tierras.

Algunos levantaron barricadas, otros intentaron acicalarse con el régimen, todos dejaron de invertir. Lógico, dadas las circunstancias. Muchos confiaron en los tribunales: ilusos. Sí, porque la “Justicia” ya había pasado por las horcas caudinas, ya era la Justicia chavista. Hacía tiempo que Hugo Chávez la había tomado por asalto: sus legisladores habían aumentado el número de jueces de la Corte Suprema, para llenarla de fieles chavistas. De ahí el efecto en cascada, la depuración de fiscales y procuradores, la ocupación política de los tribunales locales. En 2006, en la inauguración del año judicial, los jueces de la Corte entonaron a coro “Chávez no se va”. ¿Qué esperar de esa Justicia? Buscar protección allí era como meterse en la boca del lobo. Muchos empezaron a arrojar la esponja, a dejar el país.

La cruzada contra la propiedad privada, madre del egoísmo, cuna del individualismo, pecado original que corrompe al “pueblo” y contamina a los “pobres”, recién comenzaba. El Estado lanzó al ataque sus fanáticos misioneros: ¡arrepiéntanse, conviértanse, expíen! Una ley lo autorizó a intervenir en la producción y venta de todos los bienes y servicios que “mejoran la calidad de vida”. ¡Teléfonos celulares incluidos! En nombre de la “solidaridad”, no hace falta decirlo. ¿Resultado? La calidad de vida empezó a empeorar, para los ricos y para los pobres.


El siguiente paso se daba por sentado: ¿podrían no surgir el “hombre nuevo”, la armonía natural, la hermandad universal de las cenizas de Gomorra, de la expiación de la culpa “neoliberal”? El Ministerio de Educación tenía ideas claras: basta, decretó, con el respeto a todas las corrientes de pensamiento, el bolivarianismo iba a ser la única doctrina, el nuevo catecismo. Como decía Fidel Castro, “la escuela burguesa da mil explicaciones, la revolucionaria solo la verdadera”. El chavismo se reveló inepto incluso para eso.

Cuál fue el resultado de tanta furia redentora está a la vista: a que infierno han llevado tantas bellas intenciones, tanta “justicia social”. Para tener un poco de tierra, techo y trabajo, los venezolanos tuvieron que escaparse. ¡En su patria falta incluso la gasolina! La comida es importada y racionada, la agricultura desbandada: ¡felicidades por la reforma agraria! ¿Salarios y pensiones? Pocos dólares. La salud agoniza, la escuela se derrumba.

¿Moraleja? Pobrismo e ilegalidad, autoritarismo y paternalismo, estatismo y anticapitalismo, campaña contra ciudad, pueblo contra oligarquía, solidaridad contra propiedad: un déjà-vu, un disco rayado.

La Argentina no es Venezuela, es cierto. Pero lo intenta, y va por buen camino.

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