Kicillof, el pequeño marxista

Obviamente el balbuceo de Kicillof, su nervioso vaso de agua y su respuesta delirante frente al planteo de Virginia Gallardo respecto de los impuestos, la emisión monetaria y la inflación no hacen otra cosa que confirmar lo que venimos afirmando en esta columna desde que el pequeño marxista fue ministro de la jefa de la banda: que más allá de sus notas en la facultad y de sus diplomas de honor, el comunista -como todo comunista- es un burro.

Éste Kicillof que no puede responder una pregunta simple, es el mismo que dijo que la URSS había fracasado porque en su momento no existía el Excel.

Semejante burrada no tuvo la misma repercusión que su papelón con Virginia, pero fue mucho más profunda y mucho más significativa.

Al decir eso, el pequeño marxista dio por sentado que él cree que es efectivamente posible que un grupo pequeño de iluminados planifique las necesidades de consumo y producción de todo un país, de absolutamente todos sus insumos y que, luego, el Estado los produzca y los reparta de acuerdo a lo planificado.

En efecto, el comunismo cree -fuera del odio de clases, de la violencia, del asesinato, de las purgas, de la tortura y del resentimiento- en que la vida es susceptible de ser planificada. 

Y no me refiero al plan que una persona individual pueda darle a su vida, lo cual no solo es posible sino deseable. No. 

Me refiero a que el comunismo cree que es el Estado el que puede planificar la vida de todos a su antojo.

El pequeño marxista cree que esa premisa falló porque hubo una discrepancia cronológica con la tecnología y que si en su momento la URSS hubiera contado con los productos de Bill Gates su experimento habría triunfado.

Lo que olvida el bruto es preguntarse por qué la URSS no generó un Bill Gates.  Si su problema fue un mero desfase cronológico de la tecnología disponible,  ¿por qué su paradisíaco sistema no lo subsanó?

La respuesta obviamente es porque el comunismo mata la creatividad y la inventiva. Cree en un mundo mecánico, prefabricado. Y por lo tanto repetitivo, siempre igual. 

La variable disruptiva no está en sus coordenadas.

Sería interesante que el pequeño marxista, candidato ahora a gobernador, se entere de que la disrupción, sin embargo, es la característica humana por antonomasia.

Una buena lectura de “La Acción Humana” de Ludwig Von Mises podría ayudarlo para comenzar a ilustrarse, por ejemplo.

La acción humana es, justamente, básicamente impredecible. Asumir la soberbia que, desde un cuarto de 5×5, un conjunto de sabihondos podrá predecir cada una de las inclinaciones individuales de los seres humanos es, probablemente, el  mayor acto de altanería que haya concebido la historia humana.

Cómo pudo ocurrírsele a alguien una pelotudez semejante alguna vez es uno de los más profundos misterios humanos, solo explicable, quizás, cuando se hurga en los meandros mas siniestros de la envidia y del resentimiento.

Porque, en efecto, solo a alguien cuya envidia por las mentes brillantes lo lleve a diseñar un sistema que las destruya, puede haber imaginado alguna vez algo parecido al marxismo.

La gran paradoja nacional es que el pequeño comunista -ahora devenido a “bonaerense”- vine a confesar tácitamente que el sistema en el que cree fracasó porque no fue capaz de dar a luz ni siquiera UNA mente brillante que, en tiempo y forma, diseñará un simple Excel para evitar su fracaso.

Solo ahora, robándoselo al capitalismo, tendría, según él, una chance.

Kicillof da pena. Su burrez estremece. Su cara de piedra alarma. Su gestión fue un fracaso. Endeudó al país como nunca, atropelló derechos cuyo resarcimiento ahora deben pagar todos los trabajadores y contribuyentes, fundió actividades enteras, empobreció el salario con una devaluación descomunal, no generó un solo gramo de progreso. Es probablemente la mayor encarnación de una combinación mortal entre ignorancia, soberbia, mala información, resentimiento y mala leche de la que se tenga disponible. 

Obviamente la jefa de la banda lo supera ampliamente en todos esos ítems, pero ella tiene la ventaja de no presentarse como una “especialista”. Kicillof sí. 

El pequeño marxista habla desde el púlpito del experto, no desde la tribuna de la venganza. Aunque lo inspira el odio (como a todo comunista) igual que a Fernández, no es esa la carta que enarbola cuando habla.

En cada exposición suya quiere hacernos creer que habla un experto, alguien que sabe.

Pues que sepa que no sabe nada. Que, de nuevo, más allá de sus notas y sus diplomas, el sentido común de la vida lo señala como un burro. Una condición indispensable, aunque no necesariamente suficiente, para ser comunista.

Creo que él las cumple todas, pero esa, de seguro que no le falta.

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