Es la ley, Rodriguez Larreta; no usted

El jefe de gobierno porteño debe transitar con cuidado estos tiempos. Enemistarse con las convicciones de gran parte de su base electoral no creo que sea un buen negocio para él.

Y está bordeando ese ligero límite entre los cuidados y la libertad.

Ayer se conocieron iniciativas para valerse de administradores y encargados de edificios para controlar las reuniones sociales en edificios de propiedad horizontal. No fueron pocos los que percibieron ese perfume a “jefe de manzana” peronista que delataba a sus vecinos sobre actividades de los “contreras” en los tiempos de Perón y Evita.

En aquellos años, la mujer del General había prometido trabajar incansablemente “hasta que no quedara un ladrillo que no fuera peronista”. Reclamaba “fanáticas” entre las mujeres, sean éstas maestras, enfermeras o policías. Eva decía: “No pediremos ni capacidad, ni inteligencia; seremos implacables y fanáticas. Solo Perón es el dueño de la verdad”.


Esa totalización de las ideas y del pensamiento había que imponerla y la vigilancia era una de las maneras de disciplinar a los disidentes.

El peronismo armó un ejército de delatores por manzana para que reportaran las actividades, pensamientos y conversaciones de los vecinos y de esa manera hacer tronar el escarmiento sobre los que no coincidían con los planes del régimen.

Se trataba de una operación típicamente nazifascista aprendida por Perón seguramente en sus años en la Italia de Mussolini previo a la guerra.

La iniciativa de Rodríguez Larreta se escuda en la pandemia. Pero la pandemia ha sido la excusa perfecta para anular libertades. La idea de utilizar a encargados y administradores de edificios para que les informen al gobierno quienes están utilizando sus propias casas para recibir personas es una intromisión en los derechos personalísimos de los ciudadanos de tal magnitud que el jefe de gobierno puede recibir un castigo contundente en su imagen y popularidad.

Rodríguez Larreta es en este momento el político con mejor imagen neta del país. La imagen neta es un guarismo que los encuestadores forman sobre la base de restarle a la imagen positiva, la imagen negativa. El coeficiente del jefe de gobierno es de +21.8. Quien lo sigue, que es el ex presidente Macri, tiene una imagen neta de -19.2. El presidente Fernández tiene un -25.9; Cristina Fernández, -27.5 y Axel Kicillof -37.

Ingresar en este camino puede no tener retorno. Son muchas las cuestiones que el electorado medio de la ciudad le perdona a su jefe de gobierno porque él, de alguna manera, representa una especie de valla de defensa contra los notorios ataques del gobierno nacional y de Cristina Fernández a la ciudad.

Pero Rodriguez Larreta debe ser consciente que su nivel de aceptación depende de que la gente lo siga percibiendo como un funcionario que representa al menos algo de las ideas diferentes a las del fascismo kirchnerista.

Si las acciones del jefe de gobierno, por el motivo que fuese, se van a ir pareciendo cada vez más a las de aquellos que vinieron a destruir las libertades públicas, el electorado cívicamente más exigente de la ciudad se lo va a facturar.

Rodríguez Larreta debería reflexionar seriamente sobre la posibilidad real de llevar adelante este tipo de medidas. Es más, debería escalar un eslabón más para no defender la escuela simplemente desde lo que nos hemos conformado en llamar “presencialidad”.

En efecto, con todo lo importante que es que los chicos vayan al colegio, el mero hecho de la asistencia (tomada ésta como una especie de estacionamiento de vástagos para que los padres puedan trabajar) no sirve para nada.

El gobierno de la Ciudad debería aspirar a más y verificar que en los establecimientos educativos se forme a futuros ciudadanos en los valores de la libertad, del pensamiento crítico y del discernimiento personal. Asistir a clases para recibir un mantra socialista es casi peor que quedarse en casa.

La naturalización a la que nos hemos acostumbrado prácticamente en todos los rubros de la vida nos hace sentir conformes con la “presencialidad”. Pero este es un concepto a lo sumo neutro de la cuestión escolar en la Argentina. Y si se verificase un proceso adoctrinante (como ha podido probarse con infinidad de material de lectura que se está utilizando en algunos colegios) la presencialidad sería más un problema que una solución.

Rodríguez Larreta es una persona que no termina de dar el pinet de la libertad. Es prolijo, ordenado, educado, respetuoso y jamás ha sido indicado como sospechoso de nada ilegal en el manejo de los fondos públicos.


Pero esa parte de la ciudadanía porteña que necesita un contraste furibundo con las fuerzas del fascismo no ve en el jefe de gobierno a una persona convencida de la supremacía de la libertad individual. Sospecha que el jefe de gobierno también adscribe a la teoría de la supremacía del Estado, solo que cree que un Estado encarnado por ellos será un Estado no solo honesto, sino también eficiente. La diferencia según esta idea son las personas no el orden jurídico ni las instituciones que surjan de él.

Y en realidad, esa parte del electorado porteño cree que la línea que divide las aguas de los sistemas no pasa por los nombres sino que pasa por el tipo de ley que los países tengan.

Si Rodríguez Larreta avanza con una legislación tan fascistamente parecida al fascismo kirchnerista como la que potencialmente involucra a administradores y porteros de edificios para informar sobre reuniones en casas de familia, habrá perdido definitivamente el apoyo de ese -por suerte- vasto sector social que hasta ahora lo apoya.

Por Carlos Mira
Si querés apoyar a The Post Argentina, podés hacerlo desde aquí.

Deja un comentario