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El verdadero excepcionalismo

Carlos Mira, The Post FMGN Press

Hay países que creen ser excepcionales porque lo proclaman. Y hay países que lo son porque construyen las instituciones que hacen posible esa excepción.

Durante décadas, la Argentina y Estados Unidos compartieron una misma convicción: ambos estaban llamados a desempeñar un papel singular en el mundo. Ambos recibieron millones de inmigrantes, ambos disponían de inmensos recursos naturales y ambos parecían destinados a convertirse en ejemplos de prosperidad y libertad.

Sin embargo, el tiempo demostró que no todos los excepcionalismos son iguales.

El excepcionalismo norteamericano nunca descansó únicamente sobre la riqueza de sus tierras, el tamaño de su mercado o el poder de su economía. Su verdadera singularidad residió —y sigue residiendo— en una idea. La convicción de que el individuo está por encima del Estado, que el poder debe estar limitado por la Constitución y que las reglas deben sobrevivir a los gobiernos.

Estados Unidos no fue excepcional porque se hizo rico. Se hizo rico porque apostó, con una consistencia pocas veces vista en la historia, por un conjunto de principios que protegieron la libertad, la propiedad privada, la iniciativa individual y la seguridad jurídica.

La Argentina también creyó en su propio destino excepcional.

Y tenía motivos para hacerlo. A comienzos del siglo XX figuraba entre las economías más prósperas del planeta. Su ingreso per cápita competía con el de las principales potencias, atraía inmigrantes de todos los rincones de Europa y alimentaba al mundo con la extraordinaria productividad de su campo.

Pero allí apareció una diferencia decisiva. Mientras los estadounidenses construían un relato basado en instituciones, los argentinos construimos uno basado en expectativas.

Creímos que la riqueza era permanente. Que la fertilidad de la tierra alcanzaba para garantizar el futuro. Que el talento natural podía reemplazar el esfuerzo institucional. Que el éxito era un derecho adquirido y no la consecuencia de respetar reglas estables.

La historia terminó desmintiendo esa ilusión. Porque los recursos pueden agotarse. Los precios internacionales pueden cambiar. Las ventajas comparativas pueden desaparecer. Lo único que permanece son las instituciones.

Por eso Estados Unidos atravesó guerras, depresiones, crisis financieras y profundas divisiones políticas sin perder el rumbo constitucional que le dio origen.

La Argentina, en cambio, convirtió cada crisis en una oportunidad para empezar de nuevo, cambiar las reglas, redefinir el modelo económico y reescribir el contrato entre el Estado y los ciudadanos.

Así fue diluyéndose aquel excepcionalismo que alguna vez nos distinguió.

La verdadera lección no consiste en admirar a Estados Unidos ni en idealizar su historia, que también conoció errores, contradicciones y conflictos. Consiste en comprender qué hizo posible que un país sostuviera durante casi dos siglos y medio un mismo proyecto institucional mientras otro fue reemplazando sus principios por coyunturas.

El excepcionalismo no es un privilegio que concede la geografía. Es una construcción política y cultural. No depende de la fertilidad del suelo, sino de la fortaleza de las instituciones. No nace de la abundancia de recursos, sino del respeto por las reglas. No se hereda. Se construye.

Quizás allí esté la diferencia más profunda entre ambas experiencias. Estados Unidos creyó que debía ser excepcional para defender la libertad. La Argentina creyó que era excepcional porque había sido rica.

Esa es, probablemente, la tragedia de nuestra historia. Confundimos patrimonio con destino, riqueza con grandeza y recursos con instituciones. Mientras otros consolidaban una cultura de la libertad y del respeto por la ley, nosotros aprendimos a esperar que una nueva cosecha, un nuevo ciclo económico o un nuevo líder resolvieran nuestros problemas.

Hoy, cuando la Argentina vuelve a discutir qué país quiere ser, vale la pena recuperar aquella pregunta fundacional. No se trata de volver a ser ricos. Se trata de volver a ser previsibles. No se trata de encontrar otro milagro económico. Se trata de reconstruir una República donde las reglas importen más que los gobernantes.

Los países excepcionales no son los que reciben un destino privilegiado. Son los que tienen la voluntad de construirlo. Y esa decisión, a diferencia de los recursos naturales o de las oportunidades históricas, sigue dependiendo exclusivamente de nosotros.

Por Carlos Mira
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