¿El presidente de la unidad?

El discurso de inauguración del presidente Fernández, ¿lo escribió él? Permítanme dudarlo. Al ritmo riguroso de quien lo vigilaba a su izquierda, leyó un manifiesto cristinista en los aspectos duros del gobierno.

Puede ser que él le haya dado unas formas más digeribles para una persona que se define como el “presidente de la unidad de los argentinos”, pero las aristas más crudas del mensaje tenían el sello de la multiprocesada vicepresidente.

Es obvio que el peronismo no puede evitar sentirse el dueño de todo. Vaya un botón como muestra: así como se apropia con murales con su propia simbología de los edificios públicos; así como su escudo pretende una simbiosis impropia con el escudo nacional, así también, a los pocos minutos de tomar el mando, se apoderó partidariamente de la cadena nacional calificando “oficialmente” a Fernández como “el presidente de la unidad de los argentinos”. Más allá de las buenas intenciones que ese mensaje pueda esconder, lo cierto es que es una ocurrencia propia que no debería invadir un instrumento que no le pertenece en soledad. Es solo una señal menor, pero que se produjo a los pocos instantes de asumir.

El presidente deberá trabajar mucho para su adentro para lograr que ese título que se autoadjudicó se materialice. No había más que mirar a su entorno para darse cuenta la tarea que le espera en ese sentido.

Si bien el traspaso nominal de los atributos pudo ser peor de lo que fue y de que él, en lo personal, hizo un ostensible esfuerzo para detener las barbaridades, Fernández no pudo lograr que su vicepresidente aplaudiera una sola vez al presidente saliente. Él sí lo hizo, a la vista de todos. Por eso su trabajo en ese campo será arduo y nadie sabe si tendrá éxito.

En una reproducción casi calcada de su famoso tuit “sábelo @alconada” dijo que se iban a terminar las operaciones de inteligencia en la justicia, los operadores judiciales y los operadores mediáticos. Allí tendrá que trabajar profundamente con su compañera de fórmula que infectó la Justicia con “Justicia Legítima” una agrupación partidaria que define como nada lo que el propio presidente definió como “el ingreso de la política por la puerta de los Tribunales” para que “la Justicia salga por la ventana”.

Sus referencias a la prensa se parecieron mucho a lo que reclamaron algunos sectores extremistas de su espacio, en lo que se conoció como una “Conadep del periodismo”. Tuvo referencias a un “nunca más a los sótanos oscuros del poder en la democracia”, olvidando, quizás, que durante el gobierno de su compañera murió un fiscal el día anterior a que se dispusiera a acusarla públicamente por encubrimiento ante el Congreso, sin que nunca se supiera qué ocurrió y siendo el homicidio la tesis más sólida que maneja la Justicia.

Se quejó de la propaganda política que, a su juicio, hizo el gobierno de Macri, cuando, claramente, si algún alivio sintió la sociedad en estos años, fue justamente el liberarse de los mensajes mecanizados y permanentes que en distintos formatos bombardeaban a la gente durante el gobierno de quien es hoy vicepresidente. No hace falta recordar lo que era la TV pública de aquellos años, el fútbol (incluso con su relator militante, que metía bocadillos políticos entre gambeta y gambeta) los dibujos animados de Paka Paka y la lluvia de metamensajes cotidianos que mechaban la presencia diaria de la señora en cadena nacional.

El presidente dejó entrever que se viene una enorme metida de mano en el bolsillo para la gente que cometió el infeliz crimen de ahorrar y pensar en el futuro familiar. Como el cuento de la cigarra y de la hormiga, Fernández prepara un enorme premio para la cigarra y un castigo de igual tamaño para la hormiga.

El mensaje es literalmente horrible y el ejemplo aun peor. “No critiques mi éxito si desconoces mi sudor” a veces se puede leer en la filigrana de algún colectivo o de algún vehículo de trabajo en las calles de la Argentina. El presidente se dirige directamente a desconocer ese mensaje, salvo que un formidable trabajo casuístico deje de lado a quienes tienen algo solo porque se lo ganaron trabajando duramente.

En un párrafo controvertido dijo que derivará los fondos de lo que él mismo llamó “propaganda oficial” a mensajes “educativos”. La cuestión estará en saber con qué clase de “educación” nos querrá instruir.

Hacia el final volvió a difundir la mentira de tracto sucesivo de que él, junto a Néstor Kirchner, levantó al país de las cenizas en 2003. Eso es falso. Ellos fabricaron, para beneficio personal, esa caricatura mentirosa. El desastre de 2002 los ayudó a que la gente lo creyera. Pero el país ya crecía a una tasa del 2% anual cuando Kirchner tomó el gobierno en 2003, fruto del trabajo sucio de Duhalde y Remes Lenicov que nos habían hecho morder el polvo de la pesificicación asimétrica y del corralón. Lo demuestran los datos y los números fríos, no el verso. Luego la soja a U$S 650 hizo el resto.

Fernández podrá haber asumido con los rasgos formales de la moderación. Para diferenciarse de la furia de su compañera no se necesita mucho esfuerzo, dicho sea de paso. Pero en el fondo de la cuestión deberá dar muestras de algo que hasta ahora se demostró como imposible: que el peronismo no se crea dueño de todo, no se mimetice con la Patria y no se adueñe de lo que no le pertenece.

Ha partido mal, en ese sentido. Tuvo la mala idea de llamar a su coalición “Frente de Todos”. Bueno, presidente Fernández, como usted le dijo a nuestro colega Hugo Alconada Mon “sépalo: ustedes no son todos”.

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