Asumió el virrey

Las sospechas que se levantaron ayer mismo cuando el presidente leyó su discurso en el Congreso respecto de las posibilidades reales que tendrá de encarar un gobierno propio alejado del rencor, el odio, el resentimiento y la furia cristinista, se profundizaron hoy con la asunción en Buenos Aires del gobernador Kicillof.

No hay dudas que el pequeño economista marxista representa la sucesión que Cristina Fernández quisiera para ella misma. Y en esa misma proporción, ese anhelo contrasta fuertemente con la imagen que pretendió dar el “presidente de la unidad de los argentinos” 24hs antes.

Kicillof encarna el revanchismo político al que aspira la viuda de Kirchner, lo expresó hoy cuando leyó su extenso discurso en La Plata.

Allí había saña, enrostramiento de culpas, interpretación de ellos mismos como el “pueblo” de la provincia, es decir, todo lo que indican las líneas kirchneristas que Alberto Fernandez trató de gambetear cuando asumió.

Esta concepción dual de la realidad argentina no podrá convivir por mucho tiempo. Ayer Fernández dijo “tenemos que superar el muro del rencor y del odio entre argentinos” y “no cuenten conmigo para seguir transitando el camino del desencuentro”. Se saludó con Macri como un caballero y soportó con mala cara -junto al presidente saliente- que sus propios ministros y su propia vicepresidente cantaran la marcha peronista (kirchneristamente modificada en su letra original) solo minutos antes de él se preparara para leer una invitación a la concordia.

¿Cuál será la estrategia de Fernández para apagar el fuego del odio kirchnerista? En primer lugar debería poder identificar quien empezó a cavar la zanja que hoy se conoce como “grieta”; quien fue el responsable de poner a unos argentinos contra otros y quien inició el “camino del desencuentro” para el que él no se anota.

El desafío es complejo porque cuando arranque los borradores mentales de todos esos vericuetos la verdad histórica lo llevará sin desvíos a mirar a quien tiene al lado y a quien de alguna manera lo puso en el lugar en que hoy está.

Más allá de las cuestiones inexplicables de piel, raza y procedencia en los que el cristinismo basa inexplicablemente su rencor, también existen hechos concretos que tienen que ver con delitos que la hoy vicepresidente cometió en el ejercicio de su función anterior.

Las toneladas de pruebas incontrastables que se amontonan en los tribunales también ayudaron a conformar los casi 11 millones de votos que Fernández amagó (al menos desde las palabras) con comenzar respetando. Íntimamente sabe -quizás por eso se cuidó mucho de hablar de “pueblo”-que la mitad de la Argentina no soportaría la impunidad frente al torrente de pruebas que incriminan hasta las rejas a su compañera de fórmula.

Por eso Cristina Fernández quiso asegurarse el poder en Buenos Aires. Allí vive el 40% del electorado y los dos millones de personas que le dieron la diferencia a Fernández para poder ganar. Por eso eligió a su “delfín” -por sus maneras, por su mala educación, por su concepción económica, por su soberbia, y por el rencor que él también acumula en su pequeña estatura (dicho esto en todas las acepciones de la palabra)- para gobernar la principal provincia del país.

Considera que ese será su refugio y su carta de extorsión si es que el presidente realmente quiere truncar su proyecto de venganza y, más aun, dejar correr las acusaciones que la acercan a la cárcel.

Kicillof es un delegado. Un delegado del sectarismo y de la opción facciosa del gobierno. Y Cristina Fernández es su jefa y su directora de orquesta. Habrá que ver cómo el presidente maneja esta bolsa de gatos. Tiene a su favor una larga historia peronista de traiciones, incluyendo la que él, mismo junto a Néstor Kirchner, perfeccionó con Duhalde.

Pero la sola proyección de ese escenario causa escalofríos: un presidente que se plante ante el generalato cristinista y les diga que no solo no está dispuesto a atacar lo que esos “generales” llaman “enemigos” sino que no va a hacer nada para interrumpir los procesos de la ley cuando las pruebas corroboren los delitos, implica un horizonte de enfrentamiento al que otras veces también nos llevó el peronismo que tiene la mala costumbre de dirimir sus cuitas internas contagiándolas a todos los argentinos que, muchas veces, han pagado con su propia sangre esas locuras.

El cristinismo más rancio llevó a la gobernación de Buenos Aires a un delegado, a un virrey designado por Su Majestad, la reina del rencor. El rencor entre argentinos es, a su vez, el capítulo que el presidente dijo querer sepultar. Las dos aspiraciones no podrán convivir por mucho tiempo.

El rencor empieza su camino de encogimiento -incluyendo la admisión de las culpabilidades judiciales que en gran medida lo engendraron (porque al menos la mitad del país no está dispuesto a aceptar que el Tesoro Público se robe desde el poder)- o, al contrario, el plan “V de Venganza” se empieza a instrumentar. Este partido nos dará la pauta para saber de qué material está hecho el nuevo presidente.

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