El plan sigue incólume, pese a todo

Más allá de las decisiones judiciales y del rotundo mensaje popular del lunes, el gobierno sigue adelante con su plan para remover a los jueces que entienden en los procesos de la vicepresidente, para imponer la así llamada reforma judicial y para sacar de su lugar al procurador general Eduardo Casal.

Ninguna de las graves circunstancias por las que atraviesa la Argentina desde el punto de vista económico y de la vida cotidiana de la gente (cómo lo que está ocurriendo en materia de seguridad, por ejemplo) resultan suficientes para detener la obsesión de la impunidad y la venganza.


Hoy todos los resortes de Estado (sustentados por los impuestos que paga la sociedad trabajadora y honrada) están dirigidos a construir una estructura que retire los innumerables cargos que pesan contra la Sra Fernández y que le allane a ella un camino de venganza de aquí hacia adelante para emprenderla contra todos aquellos a los que odia.

El odio personal de la Sra Fernández es la única brújula que tiene el gobierno. No hay ninguna otra bitácora que lo ilustre. Solo el resentimiento, el deseo de impunidad y el afán de devolver los golpes que cree que recibió ella, determinan las medidas que se toman y los proyectos que se envían al Congreso.

La contundente muestra del 17 de agosto, que ocurrió no sólo en las grandes ciudades sino en pueblos chicos y en las plazas de los barrios, fue una demostración que el gobierno no está dispuesto a escuchar.

Solo se escucharon, de parte de funcionarios oficiales y oficiosos, insultos e improperios contra los que se habían manifestado.

Se trata -la reacción frente a la voz del pueblo y la decisión de seguir adelante con su plan a como dé lugar- de un síntoma autoritario y de atropello muy serio que la sociedad debería tomar con todas las alarmas.

También, todo debería encaminarse a exigir una explicación profunda de lo que ha ocurrido aquí con la “pandemia”.

Todo huele muy mal en la Argentina. El tratamiento que ha tenido el Covid-19 merece una investigación muy profunda porque a esta altura va quedando claro que se trató de un intento por aprovechar determinadas circunstancias para sacar tajada respecto de un plan con el que ya se venía.

Hoy una vida relativamente normal está restituida en todo el mundo. Es cierto que aún se tienen precauciones que en muchos casos siguen pareciendo curiosas a la luz de lo que son las consecuencias prácticas del virus. Pero en general mucho de la vida normal se ha recuperado.

En la Argentina no. No hay más que mirar una pantalla de la aplicación “Flightradar24” para darse cuenta que, salvo el desierto del Sahara, el mundo es un hormiguero de aviones, salvo dos huecos llamativos: los que coinciden con la geografía de Venezuela y la Argentina.

Está claro que la integración mundial y la conectividad aérea usual y cotidiana es una polea de libertad y por ende un peligro para el fascismo aislacionista.

Que sigan prohibidos los vuelos, incluso los de cabotaje, es una señal horrible y muy compatible con un plan de dominación.

Esta segunda experiencia kirchnerista en el gobierno es muy diferente de la primera. En aquella, según sus propios protagonistas, se cometieron errores tácticos y de “blandura” en la aplicación del plan trazado que, en esta segunda etapa, no están dispuestos a cometer.

Por eso las manifestaciones de atropello y de desoír lo que una parte importante de la sociedad puede reclamar se van a hacer más cotidianas y ostensibles.

Es absolutamente urgente que la oposición formal tome nota de lo que está ocurriendo y, en consecuencia, diseñe un plan de acción que restaure las posibilidades de defender una sociedad libre.

En ese sentido resultaron bastante patéticas las declaraciones de algunos dirigentes opositores, como queriendo abrirse de ese clamor surgido en las redes.


Si esos dirigentes no toman conciencia de lo que está en juego y no diseñan un frente cívico cuya principal tarea sea la de restaurar los derechos civiles en la Argentina, dejando de lado eventuales diferencias que hoy lucen como menores a la luz del peligro que acecha, es muy probable que el camino de retorno de la Argentina a una República libre y democrática quede cerrado definitivamente y que la única verdadera opción para aquellos que no acepten ese yugo sea el destierro, conseguido cómo se pueda.

Los tiempos apremian. No estamos holgados en ese sentido. Si manifestaciones menores como el ego y los personalismos terminan imponiéndose por sobre el peligro del fascismo totalitario, de la Argentina de la Constitución no quedará nada.

También puede interesarte

Dejar comentario: