El pequeño marxista y su triste ignorancia

Casi al mismo tiempo que a Kicillof se le hacia agua a la boca hablando sobre los empleos perdidos en EEUU -con un dejo de sonrisa que dejaba entrever su regocijo- el premarket norteamericano explotaba más de 600 puntos por la noticia de que la economía había recuperado más de 2.5 millones de puestos de trabajo.

El contraste de las realidades de la economía libre con las bajezas envidiosas del fascismo son casi una pincelada cómica, o quizás, más apropiadamente, trágica.

Resulta tan triste ver un gobierno aldeano, aislado del mundo y desconociendo completamente lo que ocurre en él, poniéndose feliz por las supuestas desgracias de los que odia -sin percibir la miseria a la que dirige al país que gobierna- que uno no sabe si sentir furia o lástima.

No es la primera vez que Kicillof queda patinando en el barro de su propio resentimiento. Verborrágico al divino botón, mal orador, pendenciero barato en horas en donde la gente precisa calma, cultivador de la insidia cuando todos necesitamos un poco de sentido común, el gobernador de Buenos Aires hace gala de todo lo que no hay que hacer.


No es la primera vez que busca pelea con Horacio Rodríguez Larreta haciendo referencia a números engañosos de la Ciudad de Buenos Aires, con el jefe de gobierno sentado a dos metros de él.

Uno se pregunta por qué el cristinismo más rancio está cortado por la misma tijera de sarcasmos desubicados, insidias a destiempo y bajezas rastreras que, encima, carecen de sustento.

Mientras el ridículo dirigismo económico está llevando al país a una destrucción casi completa de su aparato productivo, con una olla a presión sobre el mercado laboral y con caídas estrepitosas en casi todas las variables económicas, las economías más libres dan nuevas muestras de vigor, aunque para ello hayan debido enfrentar al enemigo silencioso del Covid-19 con las agallas de la valentía antes que con la pusilanimidad de los débiles.

Hoy el país, víctima de la que ya es, por lejos, la cuarentena más larga del mundo, no puede abrir su producción por temor a que los contagios desborden su sistema de salud.

Ese sistema de salud también fue el fruto del encierro mental y de una economía que solo produjo pobreza.

Difícil de sostener el “progresismo” peronista cuando se verifica que, pese a que fue el partido que gobernó el 80% del último tiempo democrático de la Argentina, no aumentó ni mejoró el sistema público de medicina, ya que tanto alaba todo lo que proviene del Estado.

Resulta muy triste ver un conjunto de dirigentes tan anclados en el pasado, ignorantes de lo que es el mundo de hoy y condenando a la Argentina a vivir un ostracismo y una antigüedad que no es la que luego padecen ellos en lo personal.

Porque esa es otra de las injusticias a las que nos condena este fascismo resentido: los aldeanos gobernantes que lo propugnan, luego no sufren ellos en lo personal las consecuencias de ese atraso: ellos seguirán viajando, ellos seguirán vistiéndose y comiendo bien, en los mejores lugares, mientras el pueblo, aislado, quedará condenado a tomar mate en la vereda.

Esa imagen pueblerina de la Argentina, desconectada del mundo, ajena a lo que ocurre más allá de sus fronteras, ignorante de cómo el mundo avanza en base a ideas muy diferentes a las que le venden a ella, da pena.

Ver cómo un país con las potencialidades del nuestro ha caído preso de una conjunto de vivos que le han vendido un verso monumental y que, quizás siguiendo un resentimiento y una envidia inexplicables, buena parte de la sociedad lo ha creído, debería hacernos reflexionar acerca de cómo hicimos las cosas.

Ver hoy a este altanero pero pequeño gobernador multiplicar un mensaje lesivo y encima mentiroso, que esconde la verdad de lo que ocurre en el mundo para seguir profundizando el mismo tipo de ideas que sirvieron para encumbrarlo a él pero para hundir al pueblo, también causa una enorme pena.

Y ver a una porción importante de la sociedad creerle y apoyarlo causa más tristeza aún. Se trata de gente que vive un ostensible encierro mental; personas a las que le han acercado durante toda su vida ideas falsas y que hoy reacciona en base a esa formación torcida y envenenada por la mentira y la claustrofobia.

En ese escenario, a aquellos a los que nos gusta la libertad, que creemos en la apertura y en la interconexión con el mundo, nos complace -no podemos negarlo- que un representante tan ominoso del fascismo quede tan expuesto en su envidia cómo quedó Kicillof ayer.

Ver que la libertad se sobrepone, que, no obstante las dificultades, sigue dando ejemplos de superioridad táctica, de eficiencia y de obtención de resultados concretos para beneficio de la gente, nos llena de satisfacción.
El contraste de la cara de regocijo del pequeño marxista (por lo que el creía era un fracaso de la libertad) con la que debe tener hoy al enterarse de que su anatema recuperó más de dos millones y medio de empleos, es, no lo niego, un motivo de alegría.

Eso en el mejor de los casos que su encierro aldeano le haya permitido enterarse de lo que ocurre en el mundo y no lo haya mantenido recalcitrado hirviéndose en su propio caldo de rencor.

Ojalá Dios ilumine a la Argentina para salir de este cono de sombras producido por la envidia y la ceguera. Ojalá pueda ver que mientras su resentimiento la ha condenado a la pobreza y a la antigüedad del encierro, otros países superan sus crisis confiando en la libertad, en la apertura (sobre todo mental) y en la creencia de que solo el intercambio aumenta la riqueza de todos.

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