El modelo

Muchas veces las decisiones que toma un gobierno que, en principio, están desconectadas de la definición de un modelo social y que se refieren en apariencia a otras necesidades o urgencias, ocultan, sin embargo, las preferencias que ese gobierno tiene en cuanto al perfil social que persigue.

Algunas de estas pistas -si es que algún distraído las necesitaba- pudieron extraerse de las recientes medidas adoptadas como consecuencia de la llamada “segunda ola” de Covid.

Y quiero abrirme, en este caso, de la ya analizada cuestión de la educación, con todo lo grave que ella es, para meterme en otro campo.

Me refiero, ahora, al caso de los shopping centers.

Los shopping centers simbolizan un modelo de vida; un estilo. Son amplios, modernos, limpios, tienen un indudable sello norteamericano (porque fueron los Estados Unidos los que desarrollaron antes que nadie esa forma de retail, primero con las tiendas por departamento -que aún conservan- como Macy’s, Saks, JCPenney, Neiman Marcus, Sears  y tantas otras), representan el consumismo capitalista, muchos tienen letreros de ofertas en inglés, y trasmiten una imagen “importada”.


Esos centros comerciales recibieron la orden del mandamás de cerrar. Explicaron que, quizás como nadie, tenían protocolos estrictos de higiene y seguridad, que empleaban miles de personas, que eran la fuente de ingreso de cientos de comerciantes que ya vienen haciendo malabares para cumplir con los bandos de obediencia de la Corona. Pero no. Todo inútil. Los shoppings debían cerrar.

Pero cuando uno gira y dirige su mirada a lo que ocurre en el conurbano, se encuentra allí con la forma preferida de “retail” del pobrismo peronista: la toldería callejera, en negro, completamente informal, llena de mugre, inseguridad y basura; en muchos casos en connivencia con la policía que, en lugar de inspeccionar si se cumplen las normas de limpieza y distanciamiento, pasa para cobrar sus “comisiones”.

Esta observación también tiene que ver con el “modelo de país”. El gobierno ha privilegiado los malones de gente que deambulan sin ningún cuidado en ferias callejeras antes que los ambientes asépticos y modernos de los shopping centers.

Ahora bien, el análisis no termina allí.

La desgracia de la toldería te puede ocurrir como una consecuencia no querida de un mal momento económico, de un desastre natural, de un conflicto severo que le pega fuerte a un país determinado, pero que, claramente, el país rechaza y busca revertir.

Pero preferir voluntariamente la toldería al shopping, es una decisión que permite entrever una priorización de un modelo de vida sobre otro. Se trata de una elección consciente que castiga y descarta una modalidad y permite y estimula la otra.

La toldería congourbana como modelo de retail y la villa miseria como modelo urbanístico es un sello del pobrismo peronista, de esa fábrica incesante de carencias que hunde al pueblo en lo peor para embrutecerlo, enfermarlo, empobrecerlo y someterlo a la bota autoritaria de una casta que lo explota como esclavo.

Si uno proyecta las imágenes de pobrismo extremo que se han multiplicado por cientos de miles (en villas miseria, ferias clandestinas, cartoneros, gente que ha caído de la pobreza a la indigencia) desde que el kirchnerismo apareció en la vida pública argentina, no hay manera de no establecer un vínculo directo entre una cosa y la otra.

El kirchnerismo ha teledirigido al país a un modelo de pobreza y escasez hasta convertirlo en un gigantesco conventillo de antigüedad y penurias. Y lo ha hecho a propósito.

Su punto de destino es una igualdad pobre, casi analfabeta, dependiente de la dádiva de la nomenklatura y completamente anclada en el pasado, sin educación, sin posibilidad de ascenso social, presa y aislada de lo que ocurre en el mundo y solo atada a los mantras que bajan desde el poder.


Ese es el modelo, señores. Sus estribaciones de avanzada ya pueden verse con toda claridad en el conurbano bonaerense y en las periferias de los centros urbanos del interior. Es un modelo repetido. Una réplica de La Habana o Caracas: envilecimiento, mugre, falta de mantenimiento, fealdad, hacinamiento, los vestigios que causa la corrosión del tiempo.

El peronismo empezó a convertir hace 75 años a la joya más promisoria del Sur en una bolsa de pobreza enorme. El kirchnerismo en su fase superior de copamiento militar del poder llegó para profundizar y terminar ese proceso.

Las evidencias cotidianas nos superan. Y aun las decisiones que parecen completamente independizadas de la búsqueda de un modelo de hundimiento, son, por el contrario, las confirmaciones más simples que nos permiten tener la comprobación al alcance de la mano. 

Por Carlos Mira
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