El fútbol, el carácter argentino y el Covid-19

El fútbol es para la Argentina algo así como la vida misma. En ese terreno el país hasta logra producir el milagro de la unión.

No hay otro escenario en donde el país se muestre representado por una idea común. Los mundiales son una prueba de ello. Allí el país vive al ritmo de la misma idea por todo el tiempo que nos toque durar.

El fútbol es la única actividad en la que el argentino reconoce que hay mejores y peores; es allí el único sitio en donde el país se rinde ante el mérito y donde, hasta en algunas ocasiones, reclama su imperio.

Es el fútbol la única actividad en donde, en general, el argentino se somete al resultado de algún tipo de competencia.


Y no podía ser otra cosa que el fútbol la que le mostrara a la Argentina la absoluta estratosfera en la que navega, la órbita extravagante en la que gira.

La Confederación Sudamericana de Fútbol (Conmebol) acaba de avisar que los torneos continentales empezarán en la región cuando ella lo determine y que, una vez establecida esa fecha, no se esperará a ningún país.

En otras palabras la Conmebol ha dicho que los torneos de la Copa Libertadores y la Copa Sudamericana comenzarán independientemente del hecho que los equipos de algún país estén o no debidamente preparados o, incluso, si algún país no haya abierto aún sus fronteras.

La palabra de la Confederación no se refiere a ningún país específicamente, pero no hay dudas que se dirige directamente a la Argentina.

Los demás países ya han dispuesto protocolos adecuados para que los equipos puedan entrenar. Hace rato.

Hay algunos en donde el fútbol ya se juega, sin público aún, pero se compite. Otros ya establecieron fechas de retorno.

La Argentina por su lado es el único país de la región que no tiene una fecha de regreso y en la que taxativamente se prohíbe a los equipos entrenar en sus clubes. Ni siquiera aquellos que residen en lugares en donde el virus no circula pueden entrenar.

Es como si la peste del socialismo mental que invade todos los otros campos de la vida nacional haya conquistado, finalmente, también al fútbol: donde no puede uno, no puede nadie, aunque haya algunos que podrían.

Los equipos representativos de la Argentina deberán competir, entonces, en las condiciones en las que se encuentren, estén o no en el punto óptimo de preparación. La Conmebol ya anunció que no los va a esperar.

Incluso si el país no hubiera abierto sus fronteras y no dejara salir a esos equipos o les impidiera entrar a los extranjeros, los argentinos quedarían eliminados al dársele por perdidos todos los partidos en los que no se presenten.

Estas decisiones que han tomado los distintos países nos llevan a analizar otro costado vidrioso del manejo de la pandemia.

Porque, efectivamente, llega un punto en el que lo que los países deciden pasa por una cuestión actitudinal frente a la adversidad.

La cuarentena y el aislamiento absoluto deberían haber sido una respuesta inicial mientras se diseñaba una estrategia superadora que le permitiera a la sociedad el regreso a una normalidad cuidada que no fulminara por inanición todas las actividades.

En lugar de plantear una estrategia de enfrentamiento al Covid-19 para que éste no obtuviera por otros medios lo que pretendía obtener por la infección, el gobierno se aferró a una estrategia temerosa y defensiva que está destruyendo todos los músculos vitales de la sociedad.

Supongamos por un momento que el virus sea, efectivamente, un “enemigo” (como más que metafóricamente siempre lo planteó el gobierno). Pues bien, ese enemigo que quería acabar con nosotros infectándonos, está logrando su objetivo de todos maneras, utilizando a su favor la cobardía argentina.

Al haber comprado el verso miedoso del gobierno, el país se está fundiendo -y en muchos casos, muriendo- sin siquiera pelear.

Porque está era una cuestión que, en alguna medida, también debía definirse en el terreno de la valentía. ¿Que allí hay costos? ¡Por supuesto que hay costos! Pero al menos los músculos vitales del país no hubieran muerto; el país hubiera peleado.

Y, quién sabe, de haber tenido líderes inteligentes, podría haber salido airoso de la contienda.

Si la cuarentena hubiera servido para segmentar las poblaciones de riesgo y cuidar de ellas (incluso aislándolas) pero permitiendo trabajar a quienes menos riesgo presentaban, hoy el país tendría otra energía competitiva.
Al no haber hecho eso, la Argentina está pereciendo de a poco, y el “enemigo” se sale con la suya.

Otros países han tenido más costos, sí. Brasil, Chile, EEUU, Perú… Todos han tenido que pasar por tristísimas experiencias.  Pero hoy están listos para competir, como lo harían -si la vida fuera solo fútbol- en un torneo organizado por la Conmebol.

Los equipos argentinos van a perder esos partidos si nadie les permite prepararse para la disputa. Si el aislamiento llega a no permitir siquiera su interacción con otros equipos perderán los puntos y quedarán fuera de la competencia.

Lo mismo le pasará al país en el resto de sus actividades. El fútbol nos está dando un aviso de lo que nos pasará en todo: si seguimos parados, sin “entrenar”, perderemos todos los partidos de ahora en más. Si seguimos encerrados sin siquiera entrar en contacto con los demás, el aislamiento nos matará, quedaremos eliminados de la competencia.

La estrategia argentina frente al Covid-19 nos puede ayudar mucho para seguir desentrañando nuestra personalidad nacional, aquella materia de la que estamos hechos.

Y es obvio que esa estrategia no nos deja bien parados, toda vez que permite entrever una actitud temerosa y floja. Detrás, muchas veces, de modales bravucones e impertinentes se esconde un espíritu endeble, lleno de dudas y miedos.

Hoy,  una ilustración muy significativa acompaña la portada del diario oficialista Página 12.

Allí se ve el clásico dibujo del virus detrás de una puerta entreabierta.  Dónde está el virus se ve la luz del día. De este lado de la puerta se ve la oscuridad de los ambientes cerrados.


El título del diario es “Cerrar la puerta”, en alusión al próximo paso que dará el gobierno cerrando, una vez más, lo poco que había abierto.

Si eso ocurre el “enemigo” se quedará con la luz y nosotros en las sombras. Los demás tendrán su clasificación y, nosotros, quedaremos eliminados, como en el fútbol.

La Argentina debe salir del miedo. Debe vivir. En la vida hay riesgos. Pero solo siendo inteligente frente a ellos se los avienta y se sale adelante. El temor acabará con nosotros. Como dijo Belgrano, para lo único que sirve el miedo es para perderlo todo.

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