Aprovechar el Covid-19 para ver lo que nos pasa siempre

El gobierno se apresta a anunciar un nuevo agravamiento del encierro para el área metropolitana.

Al mismo tiempo, desde Luis Barrionuevo hasta Mario Grinman, el secretario de la Cámara Argentina de Comercio, han advertido sobre las consecuencias devastadoras que está teniendo el confinamiento sobre el trabajo y la actividad de miles de comercios, de pequeñas empresas y de emprendimientos típicos del argentino emprendedor de clase media.

Ese personaje ha sido el blanco de la cuarentena. Y no me confundí: no dije que ha sido el blanco de la pandemia; ha sido el blanco de la cuarentena. A esa gente la mató o la está matando el encierro y las prohibiciones, no el virus.


La lógica de las autoridades es que la circulación debe limitarse a lo mínimo porque eso disminuye la interrelación humana, eso, a su vez, hacer caer los contagios y eso pone a salvo la disponibilidad del sistema de salud.

A su vez, la interrelación humana es la base del trabajo y de la generación de riqueza nueva sobre la cual gira toda la actividad productiva del país y su consecuencia lógica: la base imponible.

Hay una evidente contradicción entre el razonamiento del gobierno y lo que ha sido el manejo de las variables impositivas en tiempos de encierro. El gobierno por un lado prohíbe lo que genera la base de la tributación (esto es, el trabajo) pero no renuncia a su voracidad impositiva; no se ha conocido una sola iniciativa para eliminar impuestos, bajar alícuotas o diferir vencimientos.

La actividad privada entonces se halla en medio de un callejón sin salida en donde, encima, las paredes laterales se mueven en dirección del contribuyente, que solo espera ser aplastado. Nadie en el gobierno quiere ver eso.

Hasta ahora las señales han tenido más que ver con ir tirándole a ese pobre personaje preso, desde arriba de las paredes móviles del callejón, unas cuantas limosnas de alimento para que encima no muera de hambre antes de que las paredes lo aplasten. Pero eso solo estira su agonía.

Es absolutamente necesario idear un plan para sacar a ese hombre del callejón. Una medida inicial que, aún manteniéndolo preso, detendría el movimiento de las paredes es la eliminación de impuestos: un plan across the board de emergencia para eliminar de cuajo ciento cincuenta impuestos inútiles que determinan que una pyme tenga veintidós vencimientos en veintidós días hábiles.

La Argentina tiene 165 impuestos. Pero más del 90% de la recaudación total del país depende de 11. Es hora de eliminar los impuestos inútiles ya mismo.

Luego habría que diseñar un programa médico-económico, fruto del trabajo conjunto de los mejores especialistas en las dos áreas, para segmentar la cuarentena. Aislar (incluso si es preciso muy fuertemente a las personas que pertenecen a los grupos de riesgo) y permitir el libre desplazamiento bajo protocolos de seguridad de todo el resto de la población, para que vuelva a generarse interrelación y con ello comience a rehabilitarse la actividad.

De la misma forma deberían quedar suspendidas todas las leyes laborales aplicables a pymes y fundamentalmente a comercios, dando paso a que cada empleador y empleado celebren contratos puntuales y que los mismos sean ley para las partes, de acuerdo a las posibilidades de cada uno.

Es absolutamente paranoico pretender mantener un orden jurídico, que ya es de por sí esquizofrénico para tiempos normales, bajo circunstancias completamente excepcionales para todos. Tal como el Estado -en el caso de los impuestos- debe comprender que no se puede mantener una estructura impositiva (que incluso es ridícula en tiempos normales) en tiempos de emergencia, los sindicatos también deberán entender que la extravagancias cotidianas del orden jurídico laboral no pueden sostenerse cuando todo se está cayendo a pedazos.

De no implementar un programa inteligente y apostar todos los recursos a un encierro atroz y sin perspectivas, el país corre el riesgo de terminar mal en todos los frentes: el sanitario y el económico.

En el sanitario porque desbordados mentalmente por el encierro (que, digámoslo con todas las letras: los primeros en no cumplirlo han sido los funcionarios nacionales, que se la han pasado en mítines políticos a los abrazos y los besos, sacándose fotos entre gentíos amontonados, dando un ejemplo espantoso frente a lo que ellos mismos pregonan, empezando por el propio presidente) los argentinos saldrán de todos modos, poniendo en peligro el equilibrio del sistema de salud que tanto se busca preservar. Y en el económico por obvias razones: la prohibición de trabajar genera miseria y bancarrota.


De paso el país podría sacar una saludable conclusión colateral de todo esto: la norma general que lo rige -aún en tiempos normales, sin pandemia- es la prohibición: millones de actividades están prohibidas si no cuentan con algún tipo de permiso; otras miles están reguladas a niveles ridículos… En general la actividad económica está sepultada bajo una montaña de normas que la asfixian, la ponen en “cuarentena” y restringen el nivel de interrelaciones.

Ese es el cuadro normal de la Argentina. Es el que viene teniendo desde hace 80 años. En ese cuartel de cadenas y ataduras, la actividad se muere. Es como vivir en una eterna cuarentena. Quizás el Covid-19 haya servido para llevar nuestra realidad de siempre a un nivel de caricatura en donde todos los perfiles se exageran y donde todos los efectos no por ser peores, dejan de ser los mismos.

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