
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
El presidente acaba de decir que no piensa combatir al populismo haciendo populismo. La frase, tomada en su sentido estrictamente racional, resulta difícil de objetar. Si el populismo constituye uno de los grandes problemas que el peronismo —si no el principal, sí uno entre tantos— le ha legado a la Argentina, parecería bastante absurdo pretender terminar con él utilizando exactamente las mismas herramientas que se quieren desterrar.
Pero el asunto se vuelve bastante más curioso cuando se observa el fenómeno desde otro ángulo. Porque el peronismo le ha planteado a la Argentina algunas cuestiones paradójicas que, cada tanto, vuelven a aparecer y obligan a más de uno a quedarse pensando.
En principio, la lógica parece impecable: no se puede combatir una enfermedad reproduciendo sus síntomas. Si se pretende terminar con el populismo, no tendría demasiado sentido practicar populismo para conseguirlo.
Sin embargo, aparentemente, en otros terrenos el presidente y su partido parecen haber llegado a una conclusión diferente: que para erradicar al peronismo puede ser necesario utilizar algunas de las formas que históricamente caracterizaron al propio peronismo.
Y aquí aparece la paradoja. Porque nadie puede desconocer que la historia argentina ha estado atravesada por la discordia prácticamente desde el nacimiento de la República. Hubo barbarismos, enfrentamientos, violencia política, insultos y un lenguaje muchas veces subido de tono mucho antes de que existiera el peronismo.
Pero también parece difícil negar que, en los tiempos modernos, fue el peronismo el que volvió a instalar en la política argentina una suerte de barrabravismo que, después de la sanción y jura de la Constitución, había parecido atenuarse.
El peronismo convirtió en método político una forma de confrontación en la que el adversario no es simplemente alguien que piensa distinto, sino alguien que debe ser derrotado, humillado y, si fuera posible, expulsado del escenario.
Por eso, la primera reacción frente a la afirmación de Milei es la lógica pura: tiene razón. No se termina con algo haciendo exactamente lo mismo que aquello que se pretende reemplazar.
Pero un segundo pensamiento obliga a introducir una incómoda salvedad. El presidente y su espacio político han tomado muchas de las formas más execrables del peronismo con el propósito de doblegar al propio peronismo. Y lo más curioso —y hasta cierto punto cómico— es que, desde una perspectiva estrictamente táctica, hay que admitir que existe algo de verdad en esa estrategia.
Porque si uno no se planta frente al peronismo con cierta dosis de las mismas formas de arrabalero prepotente que utiliza su adversario, corre el riesgo de ser literalmente pasado por encima.
El problema es que, en el mundo de la política argentina, la urbanidad puede ser interpretada como debilidad. El caballero que conserva las formas, mide sus palabras y se resiste a entrar en la pelea de barro puede ser percibido por el barrabrava como alguien que está dispuesto a retroceder. Y cuando el barrabrava cree oler sangre, ataca. Hasta matar políticamente.
Algo de eso terminó ocurriendo con Mauricio Macri. Para buena parte de la sociedad, Macri representaba precisamente aquellos atributos de civilización, moderación y respeto por determinadas formas que —por suerte— todavía una parte importante de los argentinos desea preservar. Y, sin embargo, terminó sucumbiendo frente al aluvión arrabalero del torrente político peronista.
La conclusión, naturalmente, no es que haya que hacer populismo para vencer al populismo. Mucho menos en el terreno económico, donde las consecuencias de semejante estrategia serían todavía más evidentes y destructivas.
Tampoco se trata de reivindicar el populismo ni de estimularlo. Se trata simplemente de señalar las intrincadas curiosidades a las que el engendro peronista ha sometido a las demás ideas que pretenden competir con él. Porque uno de los daños más perniciosos que el peronismo le ha provocado a la Argentina quizá no consista solamente en sus políticas económicas, en sus mecanismos de poder o en sus concepciones institucionales.
También consiste en haber obligado a quienes quieren derrotarlo a preguntarse cuánto de sus propias formas deben adoptar para conseguir hacerlo.
Es una contradicción verdaderamente incómoda. Y quizá allí esté una de las mayores victorias culturales del peronismo: haber conseguido que quienes quieren terminar con él deban discutir si pueden darse el lujo de combatirlo exclusivamente con las armas de la civilización política.
Porque, seamos sinceros, en determinadas circunstancias, si no sos un poco vivo y un poco “plástico”, el que tiene el carnet profesional en esa materia probablemente te gane. No necesariamente porque tenga mejores argumentos. Sino porque sabe perfectamente dónde tocar.
La sensiblería demagógica, la apelación emocional y la explotación de una ignorancia demasiado extendida han sido durante décadas herramientas extraordinariamente eficaces de la política argentina.
Frente a eso, la razón puede ser superior. Pero la razón también necesita saber defenderse. Y esa es, quizá, la verdadera paradoja que el peronismo dejó instalada en la Argentina: para recuperar definitivamente la civilización política, primero hay que conseguir sobrevivir políticamente a quienes hicieron de la falta de civilización una especialidad.


Hola carlos!!! Como siempre brillante!!!
Ahora de lo q dijiste ayer en Rivad, no me quedó claro si pensás q existe una salida!!! La verdad es muy angustiante!!!
Muchísimas graciassssss
Carlos, Macri no sucumbió por el barbarismo peronista…En el fondo, fue porque tampoco pudo aprovechar el poder para gestionar un proyecto de país. No estaba a la altura y no tenía real conciencia de lo que necesitábamos. Y así le pasa a Milei, agregándole otros aditamentos asombrosos nunca vistos antes en Argentina. Yo siempre que la coherencia ha sido un valor para manejarse en la vida. Ese valor le da fuerza a los argumentos esgrimidos… Vos pensas lo mismo?