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El clima que rodeó a Batakis en Washington

El presidente del BID, Claver Carone, escribió para The Wall Street Journal el real ambiente con que Silvina Batakis fue recibida en Washington: “antes de venir a pedir ayuda, la Argentina debe ayudarse a sí misma”.

La afirmación constituye toda una definición del ambiente que la ministra encontró en la capital norteamericana, más allá de las edulcoradas palabras que Kristalina Giorgieva volcó en un tweet luego de su reunión en la sede del Fondo Monetario.

Carone es el mismo funcionario que el entonces presidente Trump había enviado al acto de asunción de Fernández y que se quedó en el hotel cuando supo que en la Casa Rosada estaban los representantes de Venezuela y Nicaragua.

Batakis percibió el hartazgo que hay con la Argentina en el seno de los organismos multilaterales: ya están aburridos de un país que no logra dar muestras de una mínima civilización económica.

Tampoco necesitó demasiado tiempo para notar que todo el mundo le reclamaba evidencias sobre los apoyos internos con los que contaba. Y al pedir eso estaba claro que sus interlocutores no se referían al “apoyo”’del presidente sino al de la facción del gobierno que tiene la sartén por el mango, es decir, la que responde a la vicepresidente, Cristina Fernández de Kirchner.

En el mundo no se entiende muy bien la lógica de un país que castiga el éxito, que persigue declarativa e impositivamente a las empresas que lo consiguen y que expulsa del sistema a quienes les va mejor. Sencillamente no se comprende: esa pasión por el fracaso está fuera de los límites de su entendimiento.

Gran parte de los problemas que tiene la Argentina hoy se derivan del hecho de que no está plenamente vigente el artículo 17 de la Constitución que garantiza la inviolabilidad de la propiedad.

La principal escasez que tiene el país hoy -la escasez de dólares- se explica porque quienes los producen lícita y honestamente no tienen pleno acceso a ellos como debería tenerlo cualquiera al goce pleno del fruto de su trabajo.

En la Argentina se ha establecido y naturalizado un estrambótico sistema por el cual cuando alguien produce un bien cotizado en dólares que se vende en el mercado internacional, el fruto de esa venta (que es el fruto lícito del trabajo) no se transfiere a la CBU particular del vendedor sino que se transfieren a una “CBU” del gobierno.

Este, luego, por un esquema completamente artificioso de tipos de cambio se queda con el 75% del fruto del trabajo de quien efectivamente produjo el bien.

Ese atropello, rayano en el robo, tampoco es entendido en el mundo occidental y menos aún que el país se queje de una torpeza como esa y aspire a convencer a los demás de que los infortunios que padece se deben a un “mundo convulsionado” que le hace sufrir las consecuencias.

En el fondo ese es, junto a los consuetudinarios incumplimientos, el verdadero motivo del hartazgo que le han dejado en claro a Batakis.

En la Argentina se tiene a este esquema, sin embargo, como lo más natural del mundo. Si alguien explicara que lo normal sería que un productor recibiera en su cuenta corriente directamente del comprador el importe pleno de la transferencia por la mercadería vendida, muy probablemente sería tratado de loco o se lo miraría con la incredulidad del que no puede creer que lo que le están diciendo pueda ser posible.

Hasta esos límites ha sido destruido el cerebro argentino. 

Naturalizaciones como esas hacen posible que una consumada fascista como Juliana Di Tullio pueda decir que quiere ver un policía federal en la puerta de cada casa de cambio, olvidando, de paso, que las políticas que ella endosa han terminado con ese negocio y esa fuente de trabajo en la Argentina.

O, también, que una mayoría abrumadora de argentinos crea que “los dólares son del Estado” o “del gobierno” o “del Banco Central”.

Ninguna de esas extendidas creencias sociales existirían si el artículo 17 de la Constitución estuviera plenamente vigente en el país. Lo que ocurre es una demostración palmaria del indudable éxito que ha tenido el incesante repiqueteo confiscatorio que ha imperado en la Argentina por décadas.

Si a los propietarios se les permitiera gozar a pleno del fruto de su trabajo (que fue, dicho sea de paso, la promesa constitucional que la Argentina le hizo al mundo a mediados del siglo XIX y con la que consiguió que millones de brazos vinieran a trabajar aquí, a “hacerse la América”, y con ello a transformar un desierto de bárbaros en una potencia mundial) ninguna de las estrecheces por las que pasa el país estarían ocurriendo.

El Tesoro Público estaría financiado por un sistema impositivo razonable que se aplicaría sobre los resultados anuales lícitos de las operaciones realizadas por todos los agentes económicos y, con esos fondos, se atendería una estructura pública razonable que existiría para estar al servicio del ciudadano y no al revés, como ocurre ahora.

Este es el planteo de fondo que, se lo diga de frente o no, el mundo tiene para con la Argentina y es el que flota en el ambiente de cada reunión que protagonizan las Batakis de la vida.

La paciencia de esperar que un país que demoniza el éxito tenga éxito (y con ello pague lo que debe) se está agotando.

Es posible que a una desesperada vicepresidente -que ahora enarbola el ridículo argumento de la “proscripción”- todo esto no le importe porque su única obsesión sea salir airosa de los crímenes que cometió. 

Pero más tarde o más temprano el país deberá enfrentar ese problema de fondo que involucra la vigencia plena del derecho de propiedad.

Quizás a ello se vincule también la llamada “radicalización” del kirchnerismo, entendiendo por eso una supuesta profundización de la variante  cubano/soviética del sesgo del gobierno.

Pero ello no es más que otra amenaza dentro de las bravuconadas políticas de una mujer acorralada. 

Está claro que la formación intelectual de la vicepresidente no le da para sustentar ideológicamente ninguna radicalización porque su background no pasa de haber leído las solapas de un par de libros. De modo que ese giro no pasa por los tamices de ninguna “convicción”.

Si es que existe, repetimos, solo se debe a la desesperación que supone estar cada vez más cerca de ser declarada una consumada delincuente.

Eso también debe haber sido percibido por Batakis en su visita a Washington: el mundo tiene cada vez más pruritos en tratar con quienes no son otra cosa más que ladrones, que con aquellos que son simplemente insolventes.

Por Carlos Mira
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2 thoughts on “El clima que rodeó a Batakis en Washington

  1. Alberto

    Triste “enfermedad” descripta con cruda precisión, cuya cura no aparece a la vista, ni hoy, ni en el futuro, transcurrido el mandato de estos “científicos” cuyos conocimientos aún permanecen invisibles para la Patria. Todavía no me explico porqué hay que esperar que esté gobierno termine su mandato, siendo que en dicho lapso completará la destrucción total del país.

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