El cínico

No sé muy bien cómo lo hace, pero el presidente siempre encuentra una manera para superarse a sí mismo en el campeonato de cinismo. Su aparición ayer para anunciar nuevas restricciones por el Covid-19 fue un compendio de descaros y desvergüenzas.

Dijo que suspendía las clases porque él era quien más se ocupaba de cuidar la salud de los ciudadanos de la Capital Federal, en una horrible manifestación sarcástica de la grieta para seguir cavando las divisiones sociales y políticas con el jefe de gobierno. Así fue la respuesta que recibió desde los balcones de todos los barrios, sin excepción, en una explosión de cacerolas y algo más cuando todavía no había terminado su mensaje.

El gobernador marxista de la provincia de Buenos Aires había estado fogoneando esa medida desde hacía varios días con el estímulo y la presión de los gremios de la misma extracción política que dominan la dirigencia docente y con el apoyo explícito de Cristina Fernández que ve en el embrutecimiento de las futuras generaciones una pieza táctica clave para la eternización de su proyecto dictatorial.


Kicillof había mentido públicamente al decir que estaba dispuesto a asumir el costo político de las medidas aislacionistas cuando la realidad prueba que hizo lo imposible y más para que fuera otro el que pusiera la cara.

El gobernador de Buenos Aires es el comunista típico; comunista del estilo bien soviético: se desvive por ver a la gente encerrada y con sus derechos restringidos. Además cumple con la condición número uno para ser comunista: es un vago; no le gusta trabajar.

El caso de las escuelas es un caso típico en donde el problema de la pandemia –si es tal en los colegios- se puede desagregar según las circunstancias puntuales de cada caso.

En efecto, como hay escuelas que pueden estar en condiciones más precarias para brindar un ambiente seguro, hay otras que exceden los límites de seguridad. Distinguir entre unas y otras podría haber sido una manera de mantener la presencialidad en aquellas que reunían las condiciones mínimas para hacerlo, mientras se volvía a la virtualidad en las restantes.

Pero para eso hay que trabajar: arremangarse, afinar el lápiz y estudiar escuela por escuela. Eso es mucho trabajo para un comunista: la brocha gruesa de la prohibición para le aliviana la tarea, al mismo tiempo que le garantiza la profundización de la ignorancia.

El presidente rompió ayer con una de las escasas diferencias que aún distinguían los regímenes venezolano y argentino. En la República bolivariana gobierna una dictadura cívico-militar. El compromiso castrense con el régimen es completo y total. En la Argentina, en cambio, más allá del intento con Milani durante la gestión de Cristina Fernández (no hay dudas que el modelo se encaminaba hacia eso) todavía la conexión entre los militares y el gobierno es casi nula.

Ayer el presidente comenzó el camino para que esa división se estreche. Dijo que controlará el encierro de los ciudadanos con las Fuerzas Armadas. Un hito importante acaba de nacer: una vez más la concepción del “Ejército Nacional y Popular” al servicio de un gobierno que anula libertades.

El presidente mintió cuando dijo que todos los días profundiza los esfuerzos para “conseguir vacunas de donde sea”. Eso no es cierto. Por la presión de los lazos rusos y chinos de Cristina Fernández, la Argentina se ató a la suerte de la Sputnik V en primer lugar y a la Sinopharm en segundo término. No hay ningún registro de negociaciones con otros laboratorios.

No se sabe si es una casualidad pero la mayoría de esas industrias son de origen norteamericano. En efecto Pfizer, Moderna, Johnson & Johnson (más allá de los inconvenientes que está presentando este fármaco) son compañías estadounidenses. Fernández aun no explicó con los detalles que debería un funcionario que le debe la información completa a sus ciudadanos, qué pasó con Pfizer.

El evasivo argumento de “condiciones inaceptables” todavía resuena en los incrédulos oídos argentinos. ¿Condiciones inaceptables? ¿Qué condiciones inaceptables? Nunca lo dijo; nunca lo explicó.

Pfizer es un laboratorio que opera hace más de 60 años en la Argentina. El país había sido seleccionado para llevar adelante las pruebas de fase tres con voluntarios. Gracias a eso, se había asegurado una importantísima dotación de dosis a precios de saldos en cuanto la versión final de la vacuna estuviera lista. Luego apareció Fernández de Kirchner y todo terminó en Moscú.


La referencia al relajamiento del personal médico fue otro de los párrafos que prueba la maestría que el presidente tiene inducir el rechazo de todo el mundo. La comunidad de la salud se lo quería comer crudo anoche mismo. Hoy tuvo que recurrir a los medios de Cristóbal López para intentar explicar lo que había querido decir.

No hay dudas que la Argentina está en manos de gente que tiene un plan. Es mentira que el gobierno no tenga un plan. Que sean un conjunto de incapaces no quiere decir que no tengan un propósito para su horizonte político. Ese horizonte se llama “instalación de una dictadura de nomenklatura” que se eternice dinástica o jerárquicamente en el poder (como en Corea del Norte, como en Cuba, como en China, como en Rusia o como en Irán).

La pandemia les viene ofreciendo un servicio inestimable a estos totalitarios. Si una mezcla de miedo, ignorancia, ausencia de mentalidad republicana y una pavorosa dependencia del clientelismo estatal hacen que una parte decisiva de la sociedad endose este proyecto, la Argentina, tal como fue pensada por sus fundadores, se habrá acabado.

Por Carlos Mira
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