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El arte de gobernar el tiempo

Si hay algo en lo que el kirchnerismo ha sido excelso es en borrar de la faz de Tierra franjas enteras de tiempo.

En efecto, más allá de su indudable poder corrosivo sobre los pilares fundamentales de la sociedad, de su capacidad para destruir la mente argentina y los valores más profundos de lo que está bien y lo que está mal, de su incomparable mala praxis económica que llevó a que la mitad del país sea pobre y los jóvenes emigren como nunca, el kirchnerismo ha sido superlativo en eliminar periodos completos de historia como si nunca hubieran existido.

Mediante el repiqueteo constante de un relato sistemático, repetido hasta el cansancio, al que se le ha agregado una mística escenográfica que decoró las palabras y agregó efectos especiales estratégicamente diseñados para fijar la mentira en la memoria, el kirchnerismo logró que porciones completas de la historia nacional se hayan evaporado y se haya producido un empalme entre períodos históricos no cronológicamente consecutivos pero cuya consecución resultaba (y resulta) conveniente a la venta de su épica.

El primer experimento en ese sentido fue el que se propuso eliminar todo el período democrático que corrió entre 1983 y 2003. Esos 20 años de evolución institucional debían ser borrados de la mente colectiva para que se produjera un empalme imaginario entre la dictadura y el primer gobierno de Néstor Kirchner.

El kirchnerismo montó entonces una escenografía mediática que impulsó la venta de una nueva verdad según la cual los restauradores democráticos pasaron a ser ellos y no Raúl Alfonsín ni, mucho menos claro está, Carlos Menem.

Con centro en los derechos humanos, el kirchnerismo se apropió de la retórica reivindicatoria de los guerrilleros de los ‘70 para generar la convicción colectiva de que aquellos extremismos finalmente habían vencido y habían llegado al poder.

La parodia de los cuadros descolgados en el edificio del ejército tuvo toda la simbología necesaria para apoyar con flashes visuales lo que se afirmaba a los gritos desde las tribunas políticas.

El pedido de “perdón” en nombre del Estado que Néstor Kirchner hizo en la ESMA; la revisión (con re-escritura del prólogo del Nunca Más incluida) de todo lo investigado por la CONADEP; la sanción de una ley provincial que convirtió en delito el hecho de controvertir la cifra de 30 mil desaparecidos, todo, en fin, estuvo meticulosamente diseñado para borrar de la memoria colectiva lo que había ocurrido en el país durante el gobierno militar y durante los primeros años de la restauración democrática para que la gente subrepticiamente se convenciera de que lo que en realidad había ocurrido entre 1983 y 2003 era un enorme puente de nada que mágicamente desembocó en las manos redentoras de Néstor Kirchner.

Esa capacidad para borrar el tiempo sigue intacta y se está poniendo en práctica nuevamente. El discurso de Cristina Fernández de Kirchner el viernes en un acto de la UOM viene a confirmar lo que ya era evidente por otras señales de la realidad.

La vicepresidente, en coincidencia con lo que viene haciendo todo el kirchnerismo, reafirmó la estrategia de desconocer todo lo que está ocurriendo en este cuarto gobierno kirchnerista como si el mismo directamente no existiera, como si nunca hubiera llegado al poder y como si quien estuviera en la presidencia fuera Mauricio Macri que, por supuesto, es el responsable de haber destruido la alegría que reinaba en el país hasta diciembre de 2015. Es como si la viuda de Kirchner estuviera construyendo otro puente que elimine todo el gobierno de Fernández y extienda el que para ellos fue el “desastre macrista” hasta diciembre de 2023.

Los zombies que acompañaban el acto del viernes cantaban “vamos a volver” como si quienes estuvieran en el gobierno no fueran ellos. Máximo Kirchner lanza llamaradas de fuego como si quien estuviera al mando de la Casa Rosada fuera un opositor.

La vicepresidente reivindica su gobierno (el mismo que multiplicó por 300 el número de villas miseria en el país, elevó el número de pobres al mismo tiempo que destruyó el instituto que llevaba las estadísticas públicas; el gobierno que quiso robar la fábrica de hacer billetes, desencadenó la inflación, aumentó los niveles de inseguridad y que la tiene a ella como procesada en diversas causas por defraudación pública por la que se habrían sustraído miles de millones de dólares de las arcas del Tesoro Público) como aquel en el que la gente “era feliz y podía ahorrar” repitiendo una mentira a ver si, a fuerza de martillazos, finalmente se incorpora como verdad al inconsciente colectivo.

De nuevo el esfuerzo sobrehumano por eliminar de la faz de la Tierra un período completo de la historia y por tergiversar lo que ocurrió en otro.

La vicepresidente dijo que los cuatro años de Macri habían significado tal debacle que todo se había destruido al punto que el país no se había podido recuperar.

¡Qué de barro habían de ser los pies de aquel proyecto sagrado de Néstor y de ella misma como para que un “vientito” de cuatro años fuera suficiente para tumbar una obra tan colosal como la epopeya kirchnerista!

Si de verdad el país va a creer que entre la dictadura y Néstor Kirchner no hubo nada; si en serio los argentinos se van a comer el verso de la “alegría” kirchnerista que está esperando volver porque quien está en el gobierno ahora es otro; si la sociedad está dispuesta a digerir la mentira de que, en un océano de gobiernos peronistas, una gota de oposición fue suficiente para contaminar lo que era un bálsamo de felicidad; si el país está dispuesto a comprar esta grosería no hay dudas de que merece lo que le pasa.

Por supuesto que no habrá nada que libere al kirchnerismo peronista de haber reeditado lo peor de aquel fascismo original de Perón y Eva Perón, pero la sociedad que ha prestado su idiotez para creer a aquellos que, delante de sus propias narices, le robaban franjas enteras de tiempo para venderle una realidad paralela no es inocente de lo que le ocurre.

Allí, en el seno de esas insondables insensateces, deben encontrarse las explicaciones de por qué estos nuevos vendedores de espejitos de colores, estos modernos encantadores de serpientes han tenido éxito y pueden seguir teniéndolo.

Por Carlos Mira
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