Desde Rusia con amor

El kirchnerismo ha entregado la suerte sanitaria del pueblo argentino a una dictadura. Movida sólo por razones de una envidia y un resentimiento inexplicables, la Sra. Fernández no dudó en atar la suerte de la salud de todo un país, a un gobierno opaco, a un país lleno de oscuridades, a un líder que envenena opositores y a una nación que no ha vivido un solo minuto de su vida histórica bajo un sistema en donde el hombre sea libre y dueño de su propia vida.

En efecto, Rusia es, para desgracia de su propia gente antes que nada, el resumen de una vida sometida al yugo. Vivió bajo zares sanguinarios y, no conforme con eso, generó una banda de facinerosos liderados por un delincuente -Lenin- que, tomando el ropaje de la política y la ideología, construyó una mentira para tomar el poder y edificar un régimen mil veces más sanguinario que el anterior.

Basado en ideas (si es que podemos ofender esa palabra utilizándola aquí para referirnos a ese conjunto de pelotudeces llamadas “comunismo”) que no fueron capaces de producir una docena de huevos en tiempo y forma, dirigió a ese pueblo a una hambruna jamás vista, seguida por purgas y fusilamientos sin la más mínima aplicación de la justicia.


El resultado fue un desmoronamiento humillante 70 años después. Luego de haber hecho gala de una petulancia de la que el mundo tenía pocos antecedentes, el comunismo de URSS (y el país completo) se derrumbó como una inservible montaña de arena, teniendo que pedir la escupidera de Occidente para sobrevivir.

La bondad occidental los ayudó, solo para descubrir, años después, que lo único que se había construido era una fábrica de mafiosos que, con las “habilidades” para el mal enseñadas por el comunismo, se habían apropiado de los medios de producción del país y habían construido una autocracia en manos de unos pocos ex jerarcas de la nomenklatura fascista.

A ese engendro, la Sra. Fernández le entregó la suerte sanitaria de la Argentina, solo porque ella, por un resentimiento que vaya a saber uno de dónde le viene, no soporta nada que tenga en su ADN un perfume occidental y, menos aún, norteamericano.

Por supuesto que nadie es tan inocente como para no suponer (conociendo sus propios antecedentes de corrupción criminal) que la vicepresidente a cargo del gobierno cerró esos acuerdos para llevar una tajada económica a sus propios bolsillos.

Nadie sabrá -probablemente nunca- lo que embolsó por entregar a la soberanía china parte del territorio nacional en lo que antes era una porción de la provincia argentina de Neuquén.

Ese arreglo le concedió ese territorio al Ejército Rojo Chino, bajo las órdenes del Partido Comunista de ese país, para que se instalara una base de “investigación espacial”. Lo cierto es que nadie puede entrar allí sin una autorización expresa del ejército chino y que lo que muchos presumen que se hace allí dista mucho de estar limitado a la inocente observación del espacio, sino que está más conectado al uso satelital de vigilancia y recolección de datos de países de la región e incluso de los Estados Unidos.

Ahora se sospecha que la Sra. Fernández negoció un acuerdo similar con el eliminador serial de opositores, Vladimir Putin, para que sea Rusia la que instale en el país una base de recolección de datos similar a la de China.

Como parte de ese acuerdo, Putin habría autorizado la expedición de unas cuantas miles de dosis de la vacuna Sputnik V aun cuando en su propio país ese fármaco despierta dudas aún no aclaradas por la comunidad científica.

Aun así lo que se está trayendo al país no alcanza más que para una ínfima parte de la población. Es más, en el último cargamento se están trayendo menos de la mitad de las dosis prometidas por el autócrata (unas 220 mil contra 600 mil).

El presidente y la Sra. Fernández hicieron el consabido show público para mostrar cómo se vacunaban, lo que demuestra (en el mejor de los casos de que lo inoculado sea realmente la Sputnik V) que ellos son diferentes a nosotros porque ellos tienen acceso a lo que nosotros no tenemos, como ya venía sucediendo con un abanico interminable de goces de la vida, aún antes de la pandemia.


Sin embargo, somos muchos los que, frente a las inseguridades científicas que presenta el fármaco ruso, sospechamos que lo que entró en los organismos de los dos Fernández pudo haber sido una simple gamaglobulina o, a lo sumo, una dosis de la vacuna tradicional contra la gripe común. No sería nada extraño dado el comportamiento del conjunto de mafiosos mentirosos que tenemos como gobernantes.

Lo cierto es que las necesidades básicas de la salud argentina distan mucho de estar cubiertas con estas estrategias. Debería constar seriamente en los anales de la historia el precio que la Argentina -que el pueblo argentino- está pagando para que la Sra. Fernández se dé el gusto de dar rienda suelta a su envidia ideológica y, probablemente (dados sus antecedentes delictivos), a sus negocios personales.

¿Quién le cobrará estos saldos a la Sra. Fernández? ¿Qué justificación épica tienen preparada los militantes para explicar estos disparates?

Mientras algunos ríen, como siempre, otros no tienen otra alternativa más que llorar.

Por Carlos Mira
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