
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Mientras la inflación baja, el riesgo país retrocede, el crédito al sector privado vuelve a ocupar un lugar central en el sistema financiero y las actividades económicas en las que la Argentina tiene ventajas comparativas muestran un crecimiento sostenido, buena parte del debate público parece girar alrededor del último escándalo político, de la última torpeza oficial o del último barro en el que el gobierno decidió meterse para defender a uno de los suyos.
Hoy ese nombre es Manuel Adorni. Mañana será otro. Pero detrás de la anécdota aparece una pregunta mucho más profunda que el destino de un funcionario o el costo político de una equivocación.
¿Qué nivel de piedad tendrá la sociedad argentina con un gobierno cuya filosofía es exactamente la opuesta a la que predominó durante décadas?
Porque el debate no es, en realidad, entre gobiernos honestos y gobiernos deshonestos. La Argentina tiene una larga historia de administraciones con zonas grises, explicaciones insuficientes y episodios difíciles de justificar. La cuestión es otra: cómo juzga la sociedad los errores según el modelo de país que esos gobiernos representan.
Las concepciones políticas basadas en el poder del Estado parten de una promesa sencilla y atractiva: el Estado se ocupará de garantizar una determinada materialidad para todos. Trabajo, ingresos, subsidios, tarifas bajas, jubilaciones, beneficios y una larga lista de “derechos” que parecen llegar gratuitamente al ciudadano.
El detalle incómodo es que casi nunca explican cómo se financiarán esas promesas.
Durante muchos años, el desbarajuste monumental de la economía argentina permitió ocultar esa respuesta. El déficit se cubría con deuda o con emisión monetaria. La inflación hacía el resto. Mientras tanto, se instalaba la idea de que el Estado efectivamente había entregado una enorme cantidad de beneficios gratuitos.
Pero el balance final es devastador.
La porción de bienestar material que efectivamente recibió la gente resultó infinitesimal comparada con el costo de aquellos regalos. Inflación crónica, privilegios corporativos, corrupción, decadencia institucional, atraso productivo, pobreza estructural, aislamiento internacional y destrucción del ahorro fueron el verdadero precio de una fiesta cuyos organizadores jamás pagaron la cuenta.
Sin embargo, una parte importante de la sociedad sigue valorando aquella lógica.
Es curioso. El argentino suele mostrarse desafiante, combativo y hasta bravucón en las manifestaciones colectivas. Parece un pueblo dispuesto a enfrentar cualquier poder cuando se expresa en masa. Pero esa actitud parece evaporarse cuando llega el momento de enfrentar los obstáculos personales de la vida cotidiana.
Allí, la valentía cede paso a la expectativa de que alguien más resuelva el problema.
Es mucho más fácil reclamar que construir. Mucho más sencillo exigir que arriesgar. Mucho más cómodo esperar un beneficio otorgado desde arriba que asumir el desafío de progresar gracias al propio esfuerzo en un contexto de libertad.
La verdadera valentía, después de todo, no es la que se grita en una marcha. Es la que se ejerce silenciosamente cada mañana.
El programa económico actual, más allá de sus errores y de las torpezas políticas que pueda protagonizar, propone una lógica distinta. No promete entregar felicidad en un paquete llave en mano. No ofrece una vida resuelta por decreto. Lo que dice es algo mucho menos seductor pero probablemente más sostenible: el Estado se limitará a remover obstáculos para que cada individuo tenga la posibilidad de construir su propio destino.
Es una propuesta que exige más responsabilidad y menos dependencia.
Y justamente por eso enfrenta un examen social particularmente difícil.
¿Qué ocurrirá cuando a un gobierno que no promete regalos se le descubran chanchullos, errores o episodios que no puede explicar satisfactoriamente?
¿Recibirá el mismo trato que recibieron quienes prometían beneficios ilimitados mientras hipotecaban el futuro del país?
La historia argentina ofrece abundantes antecedentes de indulgencia con los vendedores de ilusiones. Se les perdonó la inflación, la corrupción, el despilfarro y hasta la destrucción del valor de la moneda porque, al mismo tiempo, mantenían viva la ficción de que alguien estaba regalando bienestar.
La gran incógnita es si esa misma sociedad tendrá la misma condescendencia con un gobierno que no promete regalar nada, sino apenas crear las condiciones para que cada persona alcance por sí misma aquello que desea.
Esa es la verdadera cuestión política de la Argentina contemporánea. No si un funcionario se equivocó o si un gobierno cometió una torpeza.
La pregunta es mucho más profunda.
¿Está la sociedad argentina dispuesta a perdonar los defectos de quienes le ofrecen libertad con la misma generosidad con la que durante décadas perdonó a quienes le ofrecían regalos? ¿O seguirá prefiriendo la seducción de las promesas imposibles antes que el desafío, mucho más exigente, de la responsabilidad individual?
De la respuesta a esa pregunta dependerá mucho más que el futuro de un gobierno. Dependerá el tipo de país que los argentinos decidan ser.

