
Carlos Mira, The Post FMGN Press, Editorial
Hay cosas que deberían ser imposibles de arruinar. La despedida de Lionel Messi de la Selección Argentina era una de ellas. Y nadie puede desconocer que hubo momentos emocionantes, de esos que esperábamos: Messi llorando, sus compañeros abrazándolo, sus hijos en la cancha, el Monumental ovacionándolo, el penal, las asistencias, sus palabras, la camiseta argentina puesta por última vez en nuestro país. Todo eso tuvo la emoción y la grandeza que correspondían. Precisamente por eso resulta todavía más inexplicable que, en medio de una ceremonia que debía quedar grabada como uno de los grandes momentos de la historia del deporte argentino, apareciera otra vez esa vieja marca en el orillo que parece acompañarnos hasta en las circunstancias más sublimes: la falta de categoría, la improvisación y esa necesidad casi patológica de convertir cualquier cosa en una oportunidad para sacar unos pesos.
Terminó el partido y Messi, sus compañeros y el público quedaron esperando. Era el momento perfecto para construir una despedida inolvidable, sencilla y emocionante. Pero no. Había que explotar comercialmente hasta el último centímetro del acontecimiento. Entonces apareció el show de drones y, antes que cualquier homenaje, apareció una marca comercial. ¿Era realmente necesario poner publicidad en ese preciso instante? ¿No alcanzaba con Messi? ¿No alcanzaba con la Selección, con su historia y con la emoción de millones de personas que estaban siguiendo la ceremonia en todo el mundo? Parece que no. Y como si eso fuera poco, el espectáculo intentó reproducir en el cielo la figura de Messi pateando una pelota con la pierna derecha. Con la derecha. A Messi. Es difícil imaginar una imagen más absurda para homenajear al futbolista cuya zurda es, precisamente, una de las características que lo convirtió en leyenda. El resultado fue un espectáculo de drones que, lejos de elevar la ceremonia, terminó pareciendo una parodia tecnológica, una explotación idiota e innecesaria de los recursos generados por el propio equipo y, fundamentalmente, por Messi.
Quizás quienes estaban en la cancha no pudieron percibir toda la dimensión del ridículo en medio de la confusión, las luces y la espera. Pero lo vieron millones de personas en todo el mundo. Y lo verdaderamente llamativo es que quienes pagaron fortunas para estar en el Monumental terminaron siendo, en algunos aspectos, los menos privilegiados. Los que estaban en sus casas frente al televisor pudieron seguir cada detalle, mientras que dentro del estadio miles de espectadores tuvieron que preguntarse qué estaba pasando. La presentación de Soledad Pastorutti fue otro ejemplo. La artista apareció para cantar “Brindis”, en uno de los momentos que debían formar parte del homenaje, pero no hubo una puesta en escena acorde con la magnitud del acontecimiento. Apenas se la pudo divisar desde lejos y luego se produjo el hermoso gesto de acercarse a saludar a Messi. Y ahí aparece nuevamente la pregunta inevitable: ¿cómo es posible que no se haya preparado un escenario en el centro de la cancha? Con toda la tecnología disponible, con semejante cantidad de tiempo entre las distintas actividades y con una organización que sabía desde hacía meses que estaba preparando la despedida del jugador más importante de la historia argentina, perfectamente se podría haber armado una ceremonia mucho más digna. No hacía falta inventar nada: bastaba con mirar cómo se organizan las grandes ceremonias deportivas del mundo o, sin ir demasiado lejos, los Juegos Sudamericanos de Santa Fe.
El problema, entonces, no es que haya sponsors, ni que existan drones, ni que se quiera ofrecer un espectáculo. El fútbol profesional vive de sus sponsors y nadie discute que una organización necesita recursos. El problema es la incapacidad de entender cuándo hay que correrse a un costado. Hay momentos en los que una marca puede ocupar un espacio y hay otros en los que la marca debería desaparecer para dejar lugar a la emoción. La despedida de Messi era uno de esos momentos. Messi no necesitaba drones, ni una figura digital en el cielo, ni una catarata de recursos tecnológicos. Necesitaba simplemente estar ahí, rodeado de sus compañeros, de su familia y de la gente que lo acompañó durante más de veinte años. Y nosotros necesitábamos estar a la altura. Eso era todo.
Pero una vez más la conducción del fútbol argentino, encabezada por su presidente, consiguió poner su firma sobre algo que parecía inarruinable. Porque alguien decidió poner una publicidad antes que el homenaje, alguien aprobó un show de drones que terminó siendo más ridículo que emocionante, alguien resolvió que no hacía falta un escenario para una artista de la dimensión de Soledad y alguien aceptó que miles de personas quedaran dentro del Monumental esperando sin saber exactamente qué estaba ocurriendo. No estamos hablando de un partido cualquiera ni de una fiesta improvisada de un club de barrio. Estamos hablando de la despedida de Lionel Messi de la Selección Argentina, un acontecimiento que probablemente no vuelva a repetirse jamás. Messi no va a volver a despedirse. No habrá otra última noche de Messi con la camiseta argentina. No habrá otra oportunidad para hacerlo bien.
Y ahí aparece la verdadera tristeza. Argentina tiene al mejor jugador de todos los tiempos, una Selección campeona del mundo, una historia futbolística que genera admiración en todo el planeta y una capacidad extraordinaria para emocionar. Pero cuando llega el momento de organizar algo a la altura de esa grandeza, parece que siempre aparece alguien dispuesto a convertir la fiesta en una feria, la emoción en una oportunidad comercial y lo sublime en una sucesión de parches. Es una cuestión de categoría. De saber cuándo hay que hacer algo y, sobre todo, cuándo hay que dejar de hacer cosas.
Messi hizo durante más de veinte años lo imposible. Soportó derrotas, críticas, frustraciones, renuncias y hasta la estupidez de quienes durante años cuestionaron su compromiso con la Selección. Finalmente consiguió todo. Y cuando llegó el momento de despedirlo, cuando había que devolverle apenas una mínima parte de todo lo que le dio al país, la Argentina volvió a dejar su marca en el orillo: esa condición de país rata que parece no poder evitar explotar hasta el último recurso, incluso cuando tiene delante uno de los momentos más sublimes de su propia historia.
Como en el campo se yerra a los animales, nosotros también parecemos tener la necesidad de marcar todo lo que tocamos. Hasta la despedida del más grande quedó teñida por esa marca de rata cruel que parece estar fundida en la piel del país. Messi hizo lo imposible. Nosotros solamente teníamos que organizar una despedida.
Y, una vez más, hasta eso nos quedó grande.


Hola Carlitos, 100% de acuerdo con tu critica, el «show» fue una clara muestra de MEDIOCRIDAD, inmerecido para todos, una vergüenza atroz, si lo ubiesen planeado mas berreta, les salia peor, productores de
Cuarta, insultaron a MESSI y al 0ais entero